Miguel Barnet desde El Alhambra

“Ay, Galleguíviri…”. “Ay, Macuntíbiri…”. Quiso el talento de Villoch y Anckermann que así se saludaran, en 1923, Muñeira y Tango, es decir, el gallego y el negrito, dos tipos clásicos de la escena alhambresca. “Ay, Galleguíviri…”. “Ay, Macuntíbiri…” repitieron en 1989, cuando la gracia de Enrique Pineda Barnet y la de su primo Miguel pudieron más que la miopía. Por entonces La Bella del Alhambra contagió a todo un pueblo con una invitación para cantar y bailar en cubano.

Acúsenle de superficial, de caricaturesca; échenle en cara no haber llegado a fondo en materia de compromiso; táchenla de vulgar y pornográfica; pero vuelvan los ojos al primer tercio de nuestro siglo XX y notarán que aquella temporada teatral —la que durante 35 años llenó la sala de Consulado y Virtudes— era históricamente inevitable. Por eso, al ver que algunos sabihondos la emprenden contra ese capítulo del teatro nacional, recuerdo cierta anécdota de cuando el presidente Estrada Palma. Ante el proyecto de convertir a Cuba en “la Suiza de América”, estalló una pregunta: “¿De dónde vamos a sacar a los suizos?”.


Foto: Ilustración del libro Cimarrón, Editorial Gente Nueva, 1967. 
 

Miguel Barnet —que ha batallado en su escritura por empujar un país, por convertir esta Isla en la Cuba de Cuba— miró al Alhambra con ojos justicieros, y hoy los héroes y mártires que dejaron su vida sobre aquel escenario se levantan del olvido para darle las gracias. No solo por su Canción de Rachel, donde revive el coliseo con las varias Racheles que comienzan en Amalia Sorg. No solo por el encanto de una mujer contradictoria que desprecia a los rebeldes del 12, pero improvisa un altar para Mariana Grajales. Cuando tantos artistas mal sepultos saludan a Miguel, no lo hacen nada más por La Bella del Alhambra. Es que en novelas como Biografía de un cimarrón y Gallego viven culturalmente, de un modo más orgánico y profundo, los tipos del vernáculo, en canto y llanto de africano y de español.

En novelas como Biografía de un cimarrón y Gallego viven culturalmente, de un modo más orgánico y profundo, los tipos del vernáculo, en canto y llanto de africano y de español.

¿Y qué otra cosa podíamos esperar de Barnet? ¿Hay en el mundo de los vivos otro hijo legítimo que venga al mismo tiempo de don Fernando, de don Alejo y de don Nicolás?

Ya se sabe también que Guillén mismo recitaba de memoria el romancero anónimo de España y tuvo el tino de no bautizar sus poemas como negristas, sino como mulatos. Y que, desde las páginas de su esencial West indies…, cantaba a nuestros dos abuelos en una muestra insuperable de magia afectiva, pasión por la justicia y sentido de la síntesis:

Don Federico me grita
y taita Facundo calla;
los dos en la noche sueñan
y andan, andan.
Yo los junto.
—¡Federico!
¡Facundo! Los dos se abrazan.
Los dos suspiran. Los dos
las fuertes cabezas alzan;
los dos del mismo tamaño,
bajo las estrellas altas;
los dos del mismo tamaño,
ansia negra y ansia blanca,
los dos del mismo tamaño,
gritan, sueñan, lloran, cantan.
Sueñan, lloran, cantan.
Lloran, cantan.
¡Cantan! [1]

Luego de un poema-resumen como este, habría que dejar a sus dos grandes personajes tranquilos para la poesía: tendrían que irse a llorar y a cantar bajo la arquitectura de otros géneros literarios.

Pero no se podía acallar ese argumento apasionante que se narra en nuestro álbum familiar: la complejísima plática de lo español con lo africano. A mi entender, tal contrapunto halló en la última centuria sus dos mejores expresiones en la poesía del Nicolás inolvidable y en las novelas-testimonio de Miguel Barnet.

Después de haber llorado, cantado y bailado a la manera ligera del Alhambra, don Federico y taita Facundo soñaron, lloraron y cantaron mucho más hondamente en las páginas de Gallego y Biografía de un cimarrón.

Claro que, antropológicamente hablando, ni don Federico ni taita Facundo son arquetipos de una sola pieza. En ese libro donde parece que el escritor es Barnet y el antropólogo, Esteban Montejo, el cimarrón-mambí distingue física y moralmente entre los congos asesinos y los “lucumises” laboriosos; entre los congos pequeños y los grandes mandingas. Del mismo modo, Manuel Ruiz nos incita a diferenciar a sus coterráneos de los canarios, asturianos, catalanes y, sobre todo, de los andaluces. Para él, en magistral acto de desquite, un cubano no era más que un andaluz con sombrero de pajilla.


Foto: Ilustración del libro Cimarrón, Editorial Gente Nueva, 1967. 


Los dos del mismo tamaño, Esteban Montejo y Manuel Ruiz fueron picados por los insectos de la Isla. Bajo este sol amaron y sufrieron. Manuel se autocalifica como “personalista”, sin que ello tenga nada que ver con ninguna escuela filosófica. Esteban se dice “separatista”, lo que no guarda conexión con la corriente política del independentismo. Manuel refuta la hipótesis de una “raza gallega” cicatera y bruta, y Esteban exalta la sabiduría de los africanos. Eso sí: Manuel no ve el costado heroico de la guerra, se considera a sí mismo “poco histórico”, mientras que Esteban es historia pura. Manuel se siente ateo; pero hay en Esteban tanta fe religiosa que él vive aún en las praderas del mito. Los dos del mismo tamaño… Manuel ve un negro en el tranvía y se pregunta si no tiznará la ropa; en cambio, pronto se identifica con ese otro más discriminado que él y, “quemando petróleo”, cae para siempre bajo el embrujo de nuestras bellas negras y mulatas. Esteban, por su lado, aunque un gallego le quiso disparar durante la batalla de Mal Tiempo, termina prefiriendo los gallegos a los isleños y, en general, los españoles a los yanquis. 

Cimarrón tuvo la ventaja de nacer primero y llevarse las palmas como texto renovador. Dice Sacha que en la narrativa cubana posrevolucionaria han surgido dos géneros: la novela-testimonio, con Barnet, y la memoria novelada, con el maestro Cintio. 

A Cimarrón, por llegar temprano, le tocó el mérito de remover los conceptos de lo que hasta entonces entendíamos como relato etnográfico o biografía o novela. ¿Y por qué no añadimos a la lista el realismo mágico y lo real maravilloso? ¿Se nos olvida que Carpentier definió este libro como el complemento testimonial de El reino de este mundo? ¿Se nos olvidan los musindis que volaban de regreso a su África? ¿Se nos olvida que en Canción de Rachel las embarazadas parieron niños con cola porque habían visto el cometa Halley, y que en Gallego tenemos una vaca que amamanta a un majá?


Foto: Yander Zamora
 

Cincuenta años después de su primera edición, Cimarrón no se agota. Sigue en pie la profecía de Graham Greene: jamás habrá otro libro como este. Sigue en pie la frescura y exactitud de su palabra. Miguel sabía que todo acto de fundación comienza en el lenguaje; pero se resistió a caer en el vacío de un tipicismo exteriorista. Cincuenta años después, frente a este abarcador paisaje humano, agradecemos el privilegio de haber visto por separado, una última vez, los principales ingredientes del ajiaco de Ortiz, ya que Miguel logró llegar a tiempo.

Cincuenta años después de su primera edición, Cimarrón no se agota. Sigue en pie la profecía de Graham Greene: jamás habrá otro libro como este. Sigue en pie la frescura y exactitud de su palabra.

Pero no soslayemos aquellas otras narraciones barnetianas que buscan con igual intensidad, desde la esquina de los preteridos, desentrañar el enigma de Cuba. No olvide nadie que Gallego tiene algo de El viejo y el mar: es tal vez el mejor de nuestros cantos a la grandeza del hombre frente a la adversidad y un eficaz acto de desagravio de nuestro pueblo al inmigrante gallego, tan fustigado por cierta variante de racismo y xenofobia que no ha escaseado dentro del folclor. Tal vez se halle en Gallego, entre los frescos narrativos de la historia de Cuba, el que mejor nos recuerde que, para individuos y pueblos, el crisol donde se forja la definitiva capacidad de resistencia no está en la política ni en la filosofía sino, sencillamente, en la moral.

A libros como la deliciosa Canción de Rachel, Gallego, La vida real y Oficio de ángel les tocó el infortunio de ser, en un sentido cronológico, los hermanos menores de Biografía de un cimarrón. Con su fama mundial, sus más de 70 ediciones, sus decenas de traducciones y su morral lleno de elogios envidiables, Cimarrón acortó la ovación que merecían sus hermanos de sangre.

Pero ya es hora de alinear las obras de Miguel, de hacer balance. Saltarán a la vista cardinales virtudes, que vuelven estas páginas más trascendentes que otras páginas: es fácil ser populachero; difícil, solo alcanzable para los artistas indudables, resulta la expresión de lo auténticamente popular. Es fácil, facilísimo, escribir propaganda; lo arduo y doloroso es generar ideología.

Es más o menos fácil hallar la propia voz; lo excepcional se da, en cambio, cuando un día nos asomamos a la obra de un autor y allí encontramos un eco misterioso de nosotros mismos.

“Ay, Galleguíviri”, saludó Esteban Montejo a Manuel Ruiz. “Ay, Macuntíbiri”, le respondió Manuel. En ese ay se resumen los siglos más dramáticos de la Isla; ese ay es el suspiro de taita Facundo y de don Federico. En ese ay sin retórica, le da Cuba las gracias a Miguel Barnet por una obra que nos obliga a reconocernos como seres del mismo tamaño, bajo las altas estrellas que alumbran los destinos de nuestra nación.

Notas:
1. Nicolás Guillén: “Balada de los dos abuelos”, Obra poética, t. I, Instituto Cubano del Libro, col. Letras Cubanas, La Habana, 1972, sin ISBN, p. 139. El poema pertenece a su libro West indiesltd. (1934).