Midori y la memoria de los hibakusha

Kiyoshi Kimura me hizo los honores en su casa en noviembre de 2003: un tazón de té verde servido sobre una pequeña mesa de apenas un pie de altura. Al darme albergue por un día quería evocar la amistad que estableció con un grupo de ingenieros y técnicos cubanos mientras compartían la construcción de una represa en Mozambique poco después de la descolonización de ese país africano. Aprendió entonces una mezcla de español y portugués que actualizó durante sus intercambios conmigo.


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Esto que refiero no sería más que una página únicamente trascedente en nuestras bitácoras personales —la de un periodista cubano de paso por Japón y la de un ingeniero retirado japonés que se ofreció como anfitrión de alguien llegado de una distante geografía—, si no fuera por el lugar donde se produjo y la presencia de Midori, la esposa de Kiyoshi, en la conversación.

Estábamos en las afueras de Hiroshima, en una urbanización de casas pequeñas, pero acogedoras, en cuyos espacios libres abundaban los cerezos en flor. Al preguntar a Kiyoshi de quién había sido la idea de residir allí, dirigió su mirada a Midori, sentada sobre una esterilla a su lado. “Déjeme que le cuente por qué”.

En 1945 Midori habitó una pequeña hacienda ubicada al este de Hiroshima, en ruta hacia Mihara, muy próxima al enclave del actual núcleo residencial. Había sido llevada por sus padres para mantenerla alejada de las privaciones de una población urbana hambreada por los rigores de la guerra.

El final de la aventura militarista nipona y sus ansias de dominación en Asia y el Pacífico se veía llegar. Los padres de Midori trabajaban de 10 a 12 horas diarias en el servicio ferroviario puesto en función de los movimientos de tropas cada vez más escuálidas y desanimadas. Hiroshima ya era una ciudad bien distinta a aquella donde las jóvenes parejas paseaban al aire libre en bicicletas durante los días cálidos del verano.

Desde la terraza de la casa de campo, el 6 de agosto de 1945 Midori vio una luz a lo lejos y una enorme nube que se elevó al cielo. De ello no tuvo clara conciencia, pues apenas tenía cuatro años de edad. Fue después, al crecer, cuando supo que sus padres no iban a regresar por ella. Como tampoco sus primos y hermanos mayores. Ni los niños que en la ciudad jugaron alguna vez con ella. Entre el silencio de los abuelos y los escasos vecinos, poco sacó en limpio hasta la adolescencia.  

Entonces escuchó una palabra que nunca ha dejado de estremecerla: hibakusha. Es un vocablo compuesto: “hibaku” significa bomba y “sha” persona. Persona bombardeada. A las más de 246 000 víctimas mortales directas de los bombardeos contra Hiroshima y Nagasaki ordenados por el presidente Harry S. Truman, en un innecesario acto de prepotencia criminal, deben añadirse unas 360 000 marcadas por la radiación. Esos son los hibakusha. Por miedo, ignorancia y vergüenza fueron marginadas en la postguerra. Tardó mucho tiempo para que se rompiera el mito sobre sus existencias y obtuvieran reconocimiento social y protección oficial.

Cuando conocí a Kiyoshi y Midori en los primeros años del actual siglo, cobraba auge el proceso de dar a los hibakusha el lugar que merecían. Durante buena parte de su vida adulta Midori se debatió entre la compasión hacia las víctimas sobrevivientes y la necesidad de hacerlos visibles ante la opinión pública. “Hibakusha, no dream”, dijo tres veces mientras su esposo me contaba las razones de por qué habían escogido ese lugar para vivir en la ancianidad. “Ella todos los domingos reúne en el campo deportivo que ve usted a poca distancia de aquí, a decenas de hibakusha. Les hace vivir nuevas esperanzas. Cuando le dice no dream, quiere señalar que para ellos los sueños quedaron rotos”.

Una contribución notable a la vindicación de los hibakusha se debió a la faena conjunta emprendida por el japonés Kaouru Ogura y el austriaco Robert Jungk, autores de un libro revelador publicado en 1959, Hijos de las cenizas. Muy poco se comprendía acerca de los efectos de la radiación atómica en ese momento, y los sobrevivientes enfrentaban inmensos prejuicios, incluso entre sus propias familias. “A menudo no se permitió honras fúnebres para las cenizas de las víctimas de la bomba”, escribió Ogura. Entre 1956 y 1958 Ogura envió 213 cartas a las víctimas y sus familiares, cuyas respuestas totalizaron 836 páginas de documentación que entregó a Jungk.

No he sabido más de Kiyoshi y Midori, salvo algún que otro mensaje de salutación por Año Nuevo. Pero si aún viven en las inmediaciones de Hiroshima, estoy seguro suscribirán el reclamo que el alcalde de Hiroshima hará a su gobierno este 6 de agosto, a 72 años del holocausto atómico, a fin de que promueva que la prohibición del arsenal nuclear se convierta en una norma internacional de obligatorio cumplimiento.

Al anunciar su decisión, el alcalde Kazumi Matsui expresó: “El infierno de Hiroshima no es cosa del pasado. Mientras existan armas nucleares, y los responsables políticos amenacen con su uso, el horror podría saltar a nuestro presente en cualquier momento”.