Michel Portela: “No hubiera sido cantautor sin La Trovuntivitis”

Michel Portela tiene los ojos azules, el cutis terso, el pelo ensortijado cual mozo renacentista y el cuerpo de un muchacho de 20 y tantos años. Pero Michel no canta pop barato, porque los estereotipos físicos o visualmente atractivos no siempre encarnan preferencias facilistas. Escogió la canción de autor desde que aún vestía el uniforme azul y asistía a los icónicos concursos de informática en la escuela vocacional Che Guevara.


Foto: Yariel Valdés González


Michel Portela le entró con ganas a La Trovuntivitis. Grabó, puso a bailar a medio Mejunje y se convirtió en un cantautor imprescindible para cerrar las noches de los jueves. Luego se marchó a Argentina. La gente lo extrañó. Los que vivimos aquella etapa anterior a la diáspora de algunos de los integrantes de este movimiento, también recordamos con cierto anhelo la presencia de Yunior Navarrete, Karel Fleites, Irina González… Para suerte del público, de vez en cuando retornan hasta el árbol del centro.

En cuanto a Portela, fueron muchos los que añoraron en estos cinco años pegar saltos en la escena con Aquí todo tiene sentido”, o corear a toda garganta el estribillo de su famosa ranchera: “Ella no me dejó, es un presentimiento, solo necesitaba un poco de tiempo (…) No puede ser, venga ese tequila, brindemos por su querer, esa mujer me dejó una herida, pero un día lo vas a ver”.

Desde su estancia en el cono sur, ha incorporado especies del folclor argentino en sus creaciones y, a su vez, se percibe en él un reencuentro con las raíces cubanas.

Michel es un trovador bien dotado en cuanto a oído armónico y con una subrayada facilidad para hacer voces. Su obra se distingue por cierta influencia rockera en el estilo. Desde su estancia en el cono sur, ha incorporado especies del folclor argentino en sus creaciones y, a su vez, se percibe en él un reencuentro con las raíces cubanas.

¿Cómo llega el estudiante de preuniversitario a formar parte de la bohemia santaclareña?

En la Vocacional se hacían algunas peñas en la biblioteca. Una de esas noches fue Oscar La Guardia a tocar. Estaba aprendiendo por esos días. Me contaron del espacio La Trovuntivitis y ahí empecé a dar mis primeros pasos, con 17 años. Al año siguiente, Santiago Feliú nos invitó a su concierto en el Teatro La Caridad. En aquella época hacíamos canciones medio raras. Creo que solo nosotros las entendíamos.


Foto: Yariel Valdés González
 

En la Universidad te incorporas un poco más al movimiento de cantautores en solitario.

Yo empecé a estudiar Cibernética, pero no la terminé. Recuerdo que había un festival en Ciego de Ávila y necesitaban un tresero. Me acerqué a Alain Garrido y le dije: “Yo sé tocar el tres”. “¿Estás seguro?”, me preguntó. Me lo dio, me fui una semana para la casa y regresé tocándolo. Recuerdo que en aquellos días, mientras estaba ensayando, supe que no iba a seguir en la carrera porque me di cuenta de que lo mío era la música. Entonces me fui a El Mejunje.

Despuntaste muy rápido y enseguida te hicieron proyecto nacional. También grabaste la canción Raspadura con ajonjolí, incluida en el CD del mismo nombre. Ese tema está basado en un conocido pregón de la ciudad.

Julio, el pregonero de la raspadura, pasaba todos los días por la casa muy temprano en la mañana y me despertaba. Se escuchaba a tres cuadras de distancia. En una de esas ocasiones tenía la guitarra al lado y me puse a sacar el estribillo. A manera de broma, le escribí un texto para hacer una canción que iba a enseñar a los amigos, nunca con la intención de cantarla en la peña. Pero me la empezaron a pedir muchas veces. Antes de la antología Raspadura con ajonjolí había grabado algunas cosas en la CMHW, pero no salieron mucho a la luz. No sé ni si existen todavía.

Fue muy gracioso, porque a Julio le dijeron que había un muchachito que estaba cantando eso en El Mejunje. Él tenía algunos prejuicios con el lugar, pero una vez entró y no lo pudimos sacar jamás. Lo invité incluso en 2011 a un concierto en el teatro. Fue una historia muy linda.

Ese es un tema más de las descargas, por decirlo así. Sin embargo, tienes otros que tocan más la sensibilidad, que hablan del amor; de esos que callan al público y que, a veces, no cantas en muchos espacios. ¿Qué te motiva a la hora de componer esos otros temas?

El factor común de mi creación es el amor. Siempre se le compone a las cosas que te mueven dentro.

El factor común de mi creación es el amor. Siempre se le compone a las cosas que te mueven dentro. Por supuesto, se vive en sociedad y tienes la necesidad de hablar de lo que te pasa a ti y a los demás. Últimamente estoy tratando de ver un poco más allá de la superficie, de tocar a fondo sentimientos que parecen un rompecabezas, pero que mueven maquinarias. Hablo del ser humano.

Aunque te presentas en Argentina en solitario, no te has desligado de La Trovuntivitis.

Sería traicionarme a mí mismo de alguna manera. No hubiera sido cantautor sin La Trovuntivitis. Desde lejos me da alegría todo lo que hacen, aunque no esté con ellos. Tenía una banda en Buenos Aires y el baterista se me acercó cuando estuvo La Trovuntivitis por allá y me dijo: “Yo nunca te había visto tan feliz como esta noche”. Esto es una familia.

¿Cómo haces para circular como cantautor en Argentina?

Cuando me fui para allá, María Santucho me dio una lista de varios contactos. Son lugares a los que los trovadores saben que pueden acudir. Con el tiempo también he conocido muchos otros cantautores que me ayudan a buscar sitios para presentarme. Ahora estoy viviendo en el oeste y existe un circuito donde se pueden hacer shows. Los lugares donde tocar van apareciendo.

¿Qué te seduce de esos ritmos latinoamericanos que has incorporado a tu obra?

El músico llega a ser una imagen de lo que vive. A mí me gusta mucho hacer rock, pero lo mezclo con la música cubana. Estando allá, por ejemplo, la samba que compuse surgió de una gira que estaba haciendo. También hice dos tangos, versionados a lo cubano. Es parte de la vivencia que uno tiene con la música.


Concierto de Michel Portela en la Sala Margarita Casallas del Mejunje. Foto: Y. Malú Vilasa Trujillo


Cuando un trovador se marcha del espacio por tanto tiempo, siempre teme no encontrar un público que conozca su obra. ¿Qué has percibido a tu regreso?

Mi padre me había dicho que no tuviera muchas expectativas, que habían pasado años. Llegué allí y me di cuenta de que había mucha gente que cantaba mis canciones y otros que se sentaban delante y coreaban un poquito. No era lo que yo había dejado. El otro jueves ocurrió parecido; al siguiente, parecía como si no me hubiera ido. El público volvió a bailar, a levantar copas; no tenía ni que cantar. Fue la felicidad.

¿Añoras estar en Cuba, en El Mejunje?

Yo partí sabiendo que no iba a regresar en un tiempo. El gorrión iba creciendo por día. Los amigos que tengo acá me escriben y me envían videos, y se me aprieta el corazón cada vez que recibo noticias de que hay muchachos jóvenes tocando mis canciones. A todos allá les hablo de El Mejunje, de Silverio, de La Trovuntivitis, porque esa es mi vida, porque los llevo en la sangre.