Mi río: mi caballo ciego

Aunque soy “individual”, como todo el mundo, no suelo “personalizar” mi trabajo profesional. Siendo mi vida misma, quisiera mantenerlo aparte del intenso itinerario que recorro y no mezclar el “sonido de todas las esferas”. Sin embargo, la lectura de El caballo ciego, de Iben Nagel Rasmussen, me ha suscitado una serie de inevitables relaciones con experiencias de los últimos días que solo puedo contar desde el yo.


Portada edición Tablas-Alarcos, Cuba. Foto: Internet


La Casa Editorial Tablas-Alarcos despidió el año 2013 hace escasas semanas, con la conclusión de la campaña 100 más 100, que fue el centro de trabajo nuestro el año pasado: el arribo al volumen 100 de la revista tablas y al título 100 de Ediciones Alarcos que correspondió, precisamente y de manera singular, a la multimedia tablas. 30 años. Fue el mejor compendio posible para culminar la celebración, porque la revista tablas es la madre de todo el afán cultural de la Casa Editorial, porque fue un proyecto desmesurado de acuerdo con sus necesidades que abarcó cuatro años, y porque su resultado es notable y casi inédito entre nosotros: reúne en formato digital esos 100 volúmenes de la revista de manera íntegra, asistido por un navegador que permite encontrar la información con suma facilidad.

Como yo tengo cierta creencia en las cábalas, en medio de la alegría, también le percibí cierta aureola negativa a esos números tan significativos, encajados unos en otros de manera tan perfecta. Podía significar el término de una etapa, traducirse en una pérdida de energía.

Cavilaba en torno a esas posibles revelaciones, cuando el 6 de enero asistí en Gibara a la proyección del documental Humberto, de Carlos Barba. Gibara es una cautivadora ciudad pueblerina de Holguín, en la costa norte oriental, donde el notable cineasta cubano Humberto Solás fundó el Festival Internacional del Cine Pobre. Con dicho evento redescubrió la ciudad a los ojos de Cuba y del mundo, así como le devolvió a sus habitantes toda su alta autoestima. En medio de la emocionada recepción de esos espectadores allí, ante la luz de Humberto, yo me detenía, sobre todo, en lo que considero la columna vertebral del documental: la denodada guerra de un artista, a lo largo de 50 años, por hacer y salvar su arte frente a obstáculos y circunstancias de todo tipo. Por cierto, ese artista centró  su cine en la mujer y a él debemos, entre otras, Manuela, Lucía, Un día de noviembre, Cecilia, Amada, Un hombre de éxito, El siglo de las luces y Miel para Oshún, desde las cuales se puede repasar el lugar y la pelea de la mujer en Cuba, y la historia toda de nuestra isla, lo que conecta su obra, sin dudas, con el espíritu de Magdalena sin fronteras.

Aquel estímulo ya estaba ahí, aunque tal vez sin darme cuenta. El miércoles 8 de enero reuní a mi equipo con cierto desaliento y planes más modestos ante los imperativos de las malas noticias económicas, logísticas y financieras para la editorial en este 2014.

Pero esa noche Alexis Leyva Machado, Kcho, me invitó a la inauguración de su nuevo estudio en el Romerillo, un barrio que conozco bien porque colinda con el Instituto Superior de Arte, el ISA de mis estudios, de mis labores profesorales y de mis amores. Kcho, un gran artista plástico cubano, polémico a veces, envidiado otras, transformó unas viejas naves de una base de transporte en un fenomenal sitio desde el que establece una interacción con ese barrio desfavorecido, gracias a su voluntad y desprendimiento, al reinvertir sus ganancias y su prestigio en favor de una parte pobre de La Habana.

Allí recordé mucho las palabras de un amigo que me dice: aquí y en este momento los soñadores tenemos que construir pequeñas trincheras para defender esto haciendo cosas concretas. Esto debe traducirse como la cultura, la nación, la patria, la Revolución, el Socialismo, en fin, como Cuba. La trinchera de Kcho no es tan pequeña, pero yo tengo la mía, que es Tablas-Alarcos.

En medio del jolgorio inaugural y atravesado por esos pensamientos, llegó Fidel. Y en eso llegó Fidel, como dice la canción. Fue la apoteosis y no se las voy a contar. Ese día se conmemoraba su entrada a La Habana 55 años atrás como un adalid de la libertad. Este 8 de enero se había suspendido el acto para recordar la fecha por circunstancias climáticas, lo cual, de seguro, fue un aguijonazo para su espíritu guerrillero y motivó con más fuerza la visita a Kcho. A mí me cautivó que al adalid de entonces no le importara exhibirse ante la multitud como un anciano con las limitaciones de sus 87 años: otro síntoma de su grandeza. Hay que ir adonde se quiere ir, hay que batallar contra toda limitación para llegar adonde se sueña, me recordó una vez más Fidel.

A lo largo de todos esos días, desde el fin de año, leía afanoso El caballo ciego. Diálogo con Eugenio Barba y otros escritos, de una actriz clave del Odin Teatret, Iben Nagel Rasmussen. Organizados con brillantez editorial por Mirella Schino y Ferdinando Taviani, la actriz y el director cruzan sus respectivas memorias deteniéndose en cada uno de los montajes, periodos y hechos compartidos a lo largo de casi medio siglo de trabajo en común. Cada cual recuerda desde su lado en el proceso y se revelan con inusual claridad complementos, búsquedas y contradicciones del universo todo, profesional y vital, del Odin.

Ningún libro, de los muchos que he leído de y sobre la agrupación danesa abre de tal modo el corazón, y no solo la mente, del Odin Teatret. Recomiendo, igualmente, la posible lectura de El caballo ciego en paralelo con el volumen IV de nuestras Obras escogidas de Eugenio Barba, que también por eso he traído hasta aquí (al que sumamos la tablas 1 de 2013, que actualiza sobre la última producción del Odin Teatret y dedica buena parte de sus páginas al maestro Vicente Revuelta, de quien se cumplen por estos días 2 años de su muerte).


 Iben Nagel Rasmussen. Foto: Internet


El caballo ciego es un libro de extraordinario saber técnico, pero yo no diría que es un libro sobre la técnica, sino sobre el impulso, sobre cómo derrotar todas las barreras internas y externas que surgen en el camino de la creación, en el camino de vidas dedicadas a dejar una huella en la tierra. Es, en definitiva, y sé que me arriesgo a una afirmación cursi, un libro de amor, de la confianza, el respeto y la admiración mutua entre una mujer y un hombre. Es el mejor libro que Tablas-Alarcos podía traer a este Magdalena sin fronteras, también en señal humana de respeto y admiración por el sentido de este encuentro, hecho por mujeres y hombres del teatro. Y en salutación a los 50 años del Odin Teatret en este 2014, la mitad de ellos compartidos, de manera febril, amistosa, generosa, con Cuba, pues se cumplen 5 lustros de la presencia en La Habana de Judith, con Roberta Carreri.

Para mí, este libro ha sido, en resumen, un enorme estímulo, sobre todo, porque lo he leído en el momento justo en que necesitaba acicatear mi caballo ciego. La poeta cubana Dulce María Loynaz odiaba la palabra acicate, pero aquí es inmejorable, ya que el término procede de ese aditamento con que el jinete pincha al caballo para que acelere el paso.

El caballo ciego, define Eugenio, es ese afán incontenible, la energía pura, la terca intuición que nos manda hacia adelante, que podemos asociar en varios planos a la necesidad permanente de revolucionarnos. Esa es mi comprensión, mi testimonio de estos días, que he tenido la impiedad de compartir con ustedes. Como han visto, he mezclado todo, porque seguramente de mi río, que une todos mis ríos, el teatro, mi trinchera, mis amores, Cuba —y aquí voy a citar en positivo a Dulce María Loynaz—, “yo no diré que sea el más hermoso, pero es río, mi país, mi sangre”.

 

Texto publicado en La Jiribilla en el año 2014