Mi amigo Raúl Pomares

Su última pelea con la Muerte duró muchos rounds. Quizá, al final, cuando ella lo tenía en la lona, ya sin aliento, él le sonrió: “Te jodiste, socia, porque más nunca te vas a librar de mí”.

Hablo de mi hermano, y de mi maestro, Raúl Pomares, el que sin poses de profesor ni de esteta, me abrió los caminos de la verdadera cultura popular.


Escena de la película Una mujer, un hombre y una ciudad
Foto: Cortesía de la revista Cine Cubano 
 

Los noticieros y los diarios dirán o no dirán, pero si hay un actor que expresó con acierto una síntesis de esa entelequia a la que muchos llamamos “lo cubano”, en el teatro, el cine y la TV,  ese es Raúl Pomares.

Y que los puristas no se equivoquen: tenía una cultura casi enciclopédica y una mente brillante.

Confieso que hoy estoy llorando y no puedo inventar nada más. Les remito algo que escribí —y leí delante de él, ante mucha gente— en ocasión de un homenaje, hace unos años:

Si me preguntaran qué me ha unido a ese ser de apariencia desaliñada que es Raúl Pomares, respondería sin pensarlo que me complace ser amigo de una de las personas mejor aliñadas de este mundo: su picante burla de la solemnidad, el frescor de sus ideas y la aguda salsa de su palabra, son elementos constitutivos de una personalidad criollísima, olorosa a finas especias y —como el ajiaco— presentada en lujosa cazuela de las que se reservan para caldos de suculento espesor.

Metáforas culinarias aparte, 43 años al lado de Raúl me han permitido conocer la fijeza de sus proyectos más íntimos, saborear sus prístinas ocurrencias y gozar como nadie de su magisterio actoral, avalado por ser uno de los intérpretes cubanos de más fecunda filmografía. Pero, alerta, amigos: no reduzcan a Pomares sólo a su carismática proyección y a su excelencia como artista escénico. Nuestro hombre ha sido siempre un espíritu fundacional, realizador de originalísimas propuestas culturales y un versátil interlocutor del que nadie quisiera despegarse nunca.

Nacido en Las Parras, paraje perdido en las sabanas tuneras y devenido santiaguero reyoyo por su amor al lomerío serpenteante, los sones matamorinos y el más caliente ron del universo, el lustre que Pomares ha dado a la cultura nacional se advierte en los delitos de haber pertenecido a la Sociedad Nuestro Tiempo, ser fundador de los Conjuntos Folclórico y Dramático de Oriente, los Cabildos de Santiago y Guantánamo, la Casa del Caribe y la Casa de las Tradiciones, confesarse escriba de ese clásico que es De cómo Santiago Apóstol puso los pies en la tierra, y ser señor del humor donde mayorea en ese género, reinventado por él, de "la conversada". Inventor, más valedera que creador, es la palabra que lo define.

Palabras y enumeraciones me faltan, pero no quiero aburrir a los lectores y mucho menos granjearme la afilada ojeriza del amigo más remiso a los homenajes. Sólo quiero desearle al muy bien aliñado Papi, ese cubanazo, que continúe de andarín e inventor por esos mundos que le envidio.