Memorias de un historiador

La vida de Paco Ignacio Taibo II, marcada por la herencia española y la crianza mexicana, ha sido probablemente el afluente más certero en su pasión por la historia. Pero esa vida ha sido también el escenario de su ideal dividido entre literatura e historiografía. Esas dos zonas conflictuales que confunden sus límites en las obras de Taibo II también centraron los análisis en las jornadas que le dedicara la Casa de las Américas durante su Semana de Autor. Hasta los resquicios y las zonas más ambiguas de su obra, así como a las dotes de historiador que nunca le faltan, llegaron Pedro Pablo Rodríguez, de Cuba, y Fracisco Pérez Arce, de México, quienes coincidieron, además, en las amplias técnicas investigativas que hacen de la obra de Paco una valiosa historiografía transmutada en literatura.


Semana de Autor 2016. Fotos: Abel Calmenate
 

Pedro Pablo Rodríguez

Todo esto es una gran puesta en escena, muy propia de los libros de Paco Ignacio Taibo II. Pero creo que aún hay algo más importante: ¡Qué buen espíritu guevariano nos están regalando los libros!

Quiero evadir el conflicto sobre qué es Paco Ignacio, si es un historiador, si no lo es, si es un narrador de historias o no… Yo no me siento en ese conflicto porque desde que se empezó a escribir lo que después se llamó historia, siempre se partía de una narración. Pero el desarrollo de lo que luego se fue llamando historiografía, el gran conflicto creado en el siglo XIX sobre si la Ciencia era Historia o Arte, y las reglas que los positivistas empezaron a fijar en el quehacer historiográfico, fueron creando una separación absoluta entre el escribir y el historiar. Entonces surgió ese mundo de la llamada Academia, que da prestigio, y la Academia se tiene que proteger, sobre todo de la intrusión y desenfado que suele tener el mundo de las letras.

Por ello se empezó a trazar una línea divisoria, una frontera tremenda custodiada por policías, radares, militares…entre una cosa y la otra. Sin embargo, uno se pone a pensar como cubano en algunos de los mejores historiadores de nuestro paísy se da cuenta de que variosde ellos fueron grandes escritores en toda la extensión de la palabra. Voy a poner un solo ejemplo y sé que algunos me acusarán de pensar siempre en la misma persona, en José Martí. Él no suele aparecer en la historia de la historiografía cubana y escribió muchosobre la Historia de Cuba, de una manera que movió a todauna generación a actuar en la vida cubana y que aún releemos.

Digo todo esto de inicio porque, precisamente, desde hace un tiempo me había leído algunos trabajos de Paco Ignacio y tuve la suerte de presentar en la última Feria del Libro la edición cubana de su obraDel álamo. La lectura para presentar el libro me llevó a darme cuenta de algunos de sus trucos como historiador para entregarnos un volumensumamente atractivo. Al mismo tiempo, me percaté revisando otros libros de que había ciertas constantes en la manera de presentarnos los resultados de su investigación.

Paco Ignacio Taibo es un investigador extraordinario, porque se mueve con una cantidad de fuentes que a primera vista resultan fenomenales y casi incomprensibles, para entregar un relato que nos agarra de principio a fin. 

Paco Ignacio Taibo es un investigador extraordinario, porque se mueve con una cantidad de fuentes que a primera vista resultan fenomenales y casi incomprensibles, para entregar un relato que nos agarra de principio a fin. Estaba pensando en su libro sobre Pancho Villa y en el de memorias sobre el 68.

Sucede también otra cosa: cuando hablamos de un libro de historia, algunas personas dentro del campo de los historiadores pensamos que solo aquel que coloca muy bien sus notas a pie de página, debate de un modo u otro y explica cuáles fueronsus fuentes de una formaadecuaday correcta,es un buen historiador. Otros nos preguntamos de qué manera se puede evaluar la capacidad de investigación de una persona que se mueve con una diversidad de fuentes notable yque abarca testimonios orales hasta de épocas que no vivió. Es verdad que desde hace rato los historiadores han ido desterrando poco a poco el mito del documento; no estoy en contra de él, pero tampoco pensemos que la historia es la que uno escribe. La historia es la que fue, la que es y la que la gente está viviendo. 

Hace poco estuve en un debate donde había dos campos: el de los estudios literarios y el de los historiadores, y yo decía: “¿Qué pinto aquí?”, porque estaba discutiendo qué cosa era la historia, si era un relato o no. Los historiadores estaban horrorizados. Muchas veces se confunde la historia con la historiografía, con el ejercicio profesional de quienes se dedican a hurgar, estudiar, explicar y tratarnos de dar la mayor cantidad de elementos para entender una época, un proceso, un acontecimiento, la vida de una persona o de un grupo social. Desde luego, el hecho de que usted seleccione algo para historiarlo y convertirlo en un material que le va a entregar a las personas para que entiendan lo mejor posible aquello que sucedió, nunca podemos confundirlo con aquello que efectivamente sucedió.

La historia se hace cotidianamente, la hacemos todos, en la medida en que estamos viviendo una época dada. Esa es la historia. El historiador trata de darle una mejor comprensión y mientras más alejado esté del período histórico del cual está hablando, más complicado le resulta hacerle llegar a las personas que no lo han vivido una compresión del mismo con la mayor riqueza de matices posible.

Esto nos lleva de la mano a otro asunto: el de que la historia no es necesariamente la que se cuenta. También está la historia que no ocurrió. Yo soy defensor de esa historia que no ocurrió, que son las posibilidades históricas que hubo en un momento dado y que, sin embargo, no pudieron plasmarse, como la Revolución del 30 en Cuba, por ejemplo, las profundas luchas sociales de México en medio de la Revolución mexicana, los movimientos de Villa y Zapata… ¿Realmente lo que pasó después se ajustaba a lo que ellos pretendieron?


Semana de Autor 2016


A veces se cree como verdad absoluta aquello de que el historiador tiene que decir solo lo que fue y no puede especular. Es ahí donde puede estar el error; no se especula cuando se estudia, se habla y se piensa, con elementos suficientes para argumentarlos, de lo que no fue, pero que estuvo en la cabeza de mucha gente. Por ahí se mueve, en buena medida, el terreno de Paco Ignacio como historiador. 

Paco Ignacio, por lo general, está enfocando procesos, elementos y personas de la historia que no fue; de alguna manera —voy a usar el título de aquel libro fabuloso—, es la visión de los vencidos. Y eso es lo que hay que agradecerle, porque necesitamos mucho esa visión de los vencidos, la cual, por lo general, es la que queda aplastada y ocultada.

Le doy la bienvenida a Paco Ignacio a este gremio del que formamos parte los historiadores, porque es hora de que cada vez más rompamos este terrible problema que nos han creado las profesiones y las especializaciones, aunque no estoy en contra de que usted sepa más de una cosa y se dedique a esa mucho más que a otra. Lo que quiero decir con esto es que si alguna profesión académica exige una mayor cantidad de elementos para trabajar, es justamente la del historiador. El buen historiador es, por lo general, aquel que es capaz de tratar la mayor cantidad de intereses, puntos de vista, opiniones y acciones que se están viviendo en el proceso histórico que está narrando. La manera de acercarse a la historia pasa inevitablemente por esa narración, y yo creo que esto es lo que nos entrega Paco Ignacio. 

 

Francisco Pérez Arce (México)

Me interesa mucho destacar por qué Paco se convirtió en historiador. Creo que hay una razón muy profunda vinculada a su historia individual, por lo menos, la adolescencia. En 1965 Paco entró a la Escuela Nacional Preparatoria, la Preparatoria No. 1 en la Ciudad de México, que está a una cuadra del Zócalo, del centro de la Ciudad de México. Es un edifico colonial extraordinario, con unas arcadas hermosas alrededor de los tres patios. Él venía de una secundaria pública, pero sobre todo venía de España. Nació allí, provenía de una familia radical que había participado de muchas maneras en la Guerra Civil Española. Paco traía consigo la herencia de la guerra con todas sus canciones y sus tragedias. Caminaba por los pasillos de la preparatoria y contagiaba a sus compañeros con esa historia que él contaba.

Teníamos un compañero judío y parte de su familia había sufrido la persecución, la detención y la muerte en los campos de concentración. Allí estaban los murales de José Clemente Orozco que retratan de una manera muy especial las escenas de la revolución y de la conquista; también los de Diego Rivera y de Siqueiros, de tal manera que había una carga grande de la historia reciente en aquel grupo que se reunía en la prepa. Estaba también la influencia de la Revolución cubana; para nosotros la imagen de Cuba era la gran luz, la gran esperanza. Nuestros héroes eran Fidel y el Che. La Revolución cubana era nuestra también.

En esas circunstancias, con aquella gran carga histórica, Paco nos convocó a formar un grupo político radical, subversivo y clandestino, por supuesto. Este grupo de adolescentes se llamó GRFC (Grupo Revolucionario Fidel Castro) y lo que hacía era escribir volantes y repartirlos secretamente. Hablábamos de la Revolución cubana, de Fidel Castro, de Vietnam y de los movimientos que se sucedían en otras universidades. Se trataba de promover el pensamiento socialista. Paco fue el dirigente de ese grupo durante tres años; nos íbamos a los cafés del centro de la ciudad a conspirar, a hablar de las revoluciones del mundo y de la que íbamos a hacer sin ninguna duda en México, una revolución socialista, aunque nunca llegamos a hacerla.

En 1968 Paco entró a la facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, y los demás del grupo también entramos a otras facultades de la ciudad universitaria. Desde allí también organizamos círculos de estudios de marxismo leninismo; eran pequeños grupos, no llegaba a ser un movimiento de masas. Pero en ese año de pronto hubo una explosión que sacudió al país. El movimiento estudiantil prácticamente movilizó a todos los universitarios, fue una verdadera sacudida. El movimiento empezó el 26 de julio, tiene una gran significación. El antecedente fue una manifestación por grupos de izquierda, en su mayoría universitarios, para defender a la Revolución cubana y condenar al imperialismo yanqui, que fue violentamente reprimida por la policía. Allí nació el movimiento y se desarrolló en todas las escuelas y universidades con enormes manifestaciones como nunca había habido en el país. El Zócalo fue iluminado muchas veces por las antorchas de los cientos de miles de estudiantes que marchaban. El movimiento pedía  libertades democráticas, porque el gobierno era autoritario, aunque decía ser heredero de la Revolución mexicana.

Los jóvenes de aquellas manifestaciones llevábamos como iconos las efigies del Che Guevara, de Fidel y de Ho Chi Minh. Ese movimiento fue amenazado en el informe presidencial de aquel año; el presidente Díaz Ordaz dijo casi explícitamente que el movimiento sería reprimido, y dijo también que los estudiantes le estaban haciendo el juego al comunismo, a los países extranjeros, y que estaban siendo manipulados por las naciones comunistas. La muestra, según ellos, de que estábamos siendo pagados por otros países, era que llevábamos efigies de líderes extranjeros y no de líderes mexicanos.

El movimiento tuvo que responder a esas amenazas con una manifestación  muy sorprendente el 13 de septiembre que se conoció como la manifestación del silencio porque su respuesta, aunque Paco y yo no estuvimos muy de acuerdo, fue la de marchar en silencio. Fue impresionante el silencio de cien mil personas marchando, un silencio que sacudió al país. Entonces guardamos los iconos de Fidel y del Che y sacamos las imágenes de héroes mexicanos, de Zapata, de Pancho Villa y de muchos otros. Menciono esto porque este fue el momento en que Paco Ignacio se diocuenta de la importancia que tiene la historia para el presente y la política inmediata, para la acción y la comprensión de lo que estaba pasando en el país. Aquel movimiento terminó en la tragedia de Tlatelolco: el 2 de octubre el ejército disparó contra una manifestación pacífica, asesinó a varios cientos de estudiantes que estaban ahí y el movimiento se fue apagando en los siguientes meses hasta desaparecer; fue derrotado y aplastado militarmente, pero no políticamente, al contrario, se convirtió en una victoria moral.

El gobierno después fue recordado como los asesinos de Tlatelolco y provocó también muchas transformaciones posteriores en la vida social del país. Hasta antes, los que nos reuníamos en esos grupos hablábamos de la Revolución cubana, de Rusia, de China, pero nunca de la historia mexicana porque, hasta entonces, había estado capturada y era casi propiedad del Estado. Esos héroes, incluso Villa y Zapata, eran parte de una galería de lo que llamamos la historia de bronce, estaban medio encartonados y entumidos. Paco se daría cuenta después de la importancia de conocer esa historia desde otro punto de vista, no el del gobierno ni el del Estado, que lo que hacen es utilizar el discurso para legitimarse a sí mismos, sino desde el punto de vista de los derrotados.

En su paso hacia la edad adulta, Paco estaba destinado a estudiar la historia. Él no lo sabía entonces ni lo hizo de inmediato, más bien lo que hizo incorporarse al movimiento obrero, tratar de organizar el movimiento sindical y convertirse en novelista. A través de la novela vuelve a conectarse con la historia, en particular con una novela, La lejanía del tesoro, que cuenta una historia real, pero también tiene una parte de ficción. Paco inventa un diario de un personaje real, Guillerno Prieto, que además de ser importante en la política del momento, es un gran cronista. Y lo que cuenta es la historia del gobierno de Benito Juárez, que sale de la ciudad de México y se va con todo su gobierno, e incluso el archivo de la nación, hacia el norte. Al escribir esa novela Paco tuvo que realizar una gran investigación, para hacer ficcional el diario de Guillermo Prieto, porque la ficción a veces requiere mucho más conocimiento que para contar una simple historiografía.

Paco se conecta con la historia porque estaba casi decidido históricamente que sucediera así. Después de eso, Paco también es periodista y hace algunas cosas inesperadas, raras; trabaja para la televisión y la radio. Realiza programas de cultura y dirige una revista de deportes muy difícil de hacer que se llamaba Deportecolor. Pero también hizo una telenovela que era nada más y nada menos que la adaptación de Dorian Grey, y que no está firmada por Paco. 

Fue todas esas cosas, pero ya era también un historiador, por lo que entra a trabajar en un centro de historia obrera, donde empieza a hacer una investigación muy formal, muy dentro de los cánones de la academia, y por supuesto lo corren, porque no les gustaba mucho el tono de las investigaciones que hacía. Pero el estudio que Paco efectuó ahí lo condujo a la escritura de un libro: Bolcheviques, la historia de los comunistas mexicanos en la década del 20. Fue una obra extraordinaria, reconocida por todo el mundo y que lo hizo merecedor del premio nacional de historia. Era ya un historiador para todos, incluso para los que no les gustaba reconocerlo.

A partir de ahí, Paco ha hecho muchas investigaciones históricas, menciono solo algunas: Miguel Hidalgo y sus amigos, un libro que ha ido creciendo; La lejanía del tesoro; Los libres no reconocen rivales, una historia de la batalla de Puebla contra el ejército francés; El general orejón ese; El álamo; Yaquis; Pancho Villa; Tiempo de Zopilotes, Bolcheviques.

Dice Paco en uno de sus libros: “Desde el México de hoy Taibo cuenta episodios de la historia de México de manera apasionada, investiga obsesivamente los siglos XIX y XX, su interés parece centrarse en los avatares de la construcción de un país, de una nacionalidad, de una patria. Sus libros se refieren a los periodos críticos, conflictivos, religiosos. La guerra de independencia, la defensa de la república, la lucha contra las invasiones extranjeras, la revolución mexicana. Es historiador de la guerra y de sus guerreros, adopta siempre el punto de vista de los oprimidos, es una opción ética”. 


Semana de Autor 2016

 

En Paco Ignacio Taibo se da el extraño caso, no conozco otro, de que es al mismo tiempo investigador a tiempo completo, escritor a tiempo completo, lector a tiempo completo y militante a tiempo completo. Y también duerme y se levanta tarde. En sus tiempos libres conduce programas de Telesur y de History Channel, da conferencias en plazas públicas, viaja a otros países para presentar sus libros, coordina mesas redondas y, cuando hace falta, escribe artículos en el periódico.

Paco indaga hechos y los expone debatiendo implícita o explícitamente con otras versiones, otros sesgos, otras interpretaciones de los mismos acontecimientos. No oculta sus simpatías. Sus investigaciones acuciosas buscan la objetividad, que no es lo mismo que imparcialidad. El relato histórico se mezcla con las dificultades que el investigador va encontrando, las lagunas, las mentiras de otros relatos, los hechos que pudieron suceder, pero que no están plenamente comprobados, y los lugares comunes que se dan por verdaderos porque han sido repetidos por todo el mundo.

Sus relatos son fluidos, están escritos en una prosa estupenda, pero no evitan los paréntesis para mostrar al lector las costuras del texto.

Sus relatos son fluidos, están escritos en una prosa estupenda, pero no evitan los paréntesis para mostrar al lector las costuras del texto. Se ha convertido en un gran narrador de hechos militares, batallas, guerras e infamias. Sorprende la exactitud de las descripciones, se obsesiona por el detalle y solo así puede poner a prueba los testimonios, encontrar su lógica, su veracidad, su sentido. Taibo adoptó una forma original para dar cuenta de las fuentes utilizadas, lo hace capítulo por capítulo, confeccionando un listado preciso e incorporando una valoración de las mismas; en algunos casos añade fotografías como fuentes utilizadas, así no ilustran, sino que informan, enriquecen y son parte del texto.

Su trabajo de historiador, su rigor, el manejo de las fuentes y la originalidad y pertinencia de sus temas, han sido reconocidos en su carrera. Da la impresión de que Taibo escribe varios libros al mismo tiempo; se concentra en uno, pero al mismo tiempo está llenando cajas de información de varios temas que quedan escondidos en su casa y en el sótano, que quedan hundidos y que, eventualmente, salen a la luz para convertirse en libros inesperados, o artículos, o programas de video. Acumula papeles y los pone en cajas, creo que algunos los tiene olvidados, pero llega el momento en que los recuerda, los rescata, y entonces, inesperadamente, nos asesta otro volumen de mil páginas. Si no fuera porque lo conozco, pensaría que no es un autor, sino una industria.

 

Paco Ignacio Taibo II

Se dice en el refranero popular que del dicho al hecho hay mucho trecho, uno pretende acortar la distancia entre el dicho y el hecho; cada libro es una propuesta, un intento, un conflicto, una serie de tensiones diferentes; cada libro le implica al autor nuevos miedos y nuevos retos en materia de factura. En este caso en particular, el punto de partida de mi aproximación a la historia era más o menos una simplificación de aquellas reflexiones vividas sobre conciencia popular, identidad e historia. Era la maldita pregunta de ¿quién es la historia? Esta pregunta que parece del camarada Perogrullo, que nos ha acompañado frecuentemente en estas sesiones, es una pregunta de verdad, seria. Vivo en México, donde la historia le pertenece al aparato del Estado; la historia es justificativa de la existencia de la dictadura; la historia es que estamos sentados aquí gracias a que hubo una reforma, una independencia, una revolución, y todos tenemos fotos de Benito Juárez que implican nuestra continuidad.

Nadie dice que esos retratitos que tienen los ministros mexicanos detrás de ellos van adquiriendo un tono verde olivo, como uniforme cubano; que Juárez va perdiendo su cobrizo natural para volverse verde a causa de estarlos viendo robando los billetes de la nación. El pobre Juárez va adquiriendo tonalidades verdes y el sentido de la historia se rebela contra esta falsificación. La historia es, por lo tanto, el receptáculo de plazas, placas de calles, nombres de estaciones de metro, nombres de aeropuertos, lo que llamaríamos memoria hueca, en la cual lo referente desaparece de lo referido. Las formas de preservación de la memoria colectiva tienden a volverse parafernalia, oropel, serpentina y placas de bronce que, en sociedades más o menos degradadas, son robadas por los rivales que piensan que el bronce tiene valor recuperativo extra. 

¿La historia es de quién y de qué? Es una pregunta que cobra continuas vigencias. La primera respuesta es que la historia es del Estado, quien es el  preservador de la historia de la nación, lo cual se demuestra que no es cierto, porque el Estado es solo el preservador formal. La segunda respuesta es todavía más peligrosa, porque dice que la historia es de los historiadores, propietarios de la historia, pero eso es falso. Esto es un principio general y, como toda generalización, es en principio una mentira.

La historia es de los pueblos, cuando dicen mi historia, nuestra historia. Pero aquí el camarada Perogrullo ataca de nuevo, porque qué cosa son los pueblos. ¿De qué pedazo de la historia se apropian los pueblos? En el marco de estas ambigüedades, la respuesta es que la historia es un fenómeno subterráneo, oculto y complejo, de construcción de identidades nacionales: de dónde venimos, con quién me identifico.

La gran batalla es por escribir una historia que construya instrumental para la creación de identidad. Entonces, ¿cómo sería esa historia? Es el debate en el que uno se ve envuelto sistemáticamente. Esta historia sería muy sólida narrativamente, porque quieres hacer libros que se lean fluidamente, que haya intención dramática. No se puede olvidar que la historia, además de investigación formal rigurosa y profunda, es arte narrativo; y si esto se olvida, quién sabe qué sea.

El montaje histórico no solo está predeterminado por las fuentes, sino por la manera de ordenarlas para construir una historia narrativa.

El montaje histórico no solo está predeterminado por las fuentes, sino por la manera de ordenarlas para construir una historia narrativa. Yo crecí en la época del marxismo neandertal, que era dogmático, bobo, de manual, y sobre todo era religión: dice, debe decir y dirá.

El gran problema de la narrativa histórica cubana es que durante mucho tiempo practicó la teoría de que las cosas que son conflictivas deben dejarse  en el agujero y que alguien lo llene. Entonces lo llenaba Alvarito Vargas Llosa; pues claro, tú dejas el agujero y lo llena la versión del agujero. Fidel y el Che se pelearon violentamente cuando el Che decide la salida para el Congo; la historiografía cubana no entra al debate y entonces el hoyo lo llena una versión producida por agentes de la CIA y franceses que dice que sí se pelearon violentamente.

En el camino uno va desmontando los hechos hasta encontrar la verdad. A veces te gusta un poco menos o mucho. Porque la verdad es esta: ni el Che se merecía una biografía edulcorada, ni me la merecía yo, ni se la merecían los lectores. El Che merecía que se contara su historia, pero había un pero, y era que de repente estás escribiendo y te haces la pregunta maldita: ¿Qué opinaría el Che de lo que estás contando? La respuesta nunca me resultó satisfactoria. Yo decía, por qué no le gustaría, y luego descubrí, en la medida en que el libro iba creciendo, que a él no le gustaría porque mantuvo siempre una capa de intimidad muy potente, tuvo muy pocos amigos íntimos, de los de confesión, a lo largo de su vida, y fue muy reservado. El hecho de que yo me metiera en esa zona reservada no debería gustarle, entonces me dije: “Coño Che, lo siento, pero te has vuelto icónico, simbólico, no me queda de otra”.

Con este libro no hubo ningún testimonio que no me atreviera a contrastar más de tres veces, no le creía a nadie; si antes fui exhaustivo, en este caso lo fui el doble. Afortunadamente, la abundancia de fuentes era muygrande. Eso te va permitiendo una multiplicidad de facetas en la construcción de personajes, de estructuras, de contrapunto y, sobre todo, te ayuda a poner en orden la historia, porque hasta entonces en Cuba se solían hacer bloques: Che deportista, Che guerrillero, Che constructor…y no veían la secuencia de los hechos.

El libro me creó una tensión enorme mientras lo estuve escribiendo, y una mayor después que lo terminé, porque se estaba produciendo un fenómeno que podría llamarse el síndrome de Estocolmo, que es cuando el secuestrador es invadido por el secuestrado; y me estaba ocurriendo que yo trabajaba 14 horas escribiendo el libro y en la noche soñaba con el Che, que me llevaba a hacer trabajo voluntario. Yo, que he sido incapaz de clavar un clavo derecho en mi vida y para quien el concepto manual se reduce a cargar cajas de libros. El único momento grato del día era cuando comía como buitre para reponer energías; el libro traía una carga de tensión muy pesada.

Luego el libro comenzó a circular y a crear una respuesta muy potente en todo el mundo; no voy a discutir ahora por qué en Cuba tardamos tanto en publicarlo, solo diré que ofrecí regalar mis derechos de autor desde el primer momento, pero el libro del Che no interesaba a la industria editorial cubana. Esta tardía aparición es para mí el goce, el júbilo. Este libro fue escrito para lectores de todo el planeta y particularmente para lectores cubanos, cuya relación emocional con la figura del Che es tan intensa.

Hay un elemento más: escribiendo el libro utilicé tres adjetivos que no gustaron a las academias y las ortodoxias. Dije que el Che era un aventurero, un romántico y un vagamundo. Tuve que transformar los contenidos de esos tres adjetivos para que se entendieran en su pleno valor. Aventurero, porque no calculaba en profundidad los riesgos finales de las acciones que tomaba, había un margen de riesgo sobreañadido. Romántico en el sentido de que las ideas mandan sobre los hechos. Y vagamundo en el sentido de que el mundo existe para que lo recorras, lo vagues, y esto confirma más plenamente la manera en la que se hace cuadro político, cuando viene de recorrer América en el sentido de descubrir el continente.

Con la salida de la primera edición, descubrí una historia bien interesante. Un adolescente me dijo que tenía un poster del Che en su casa; le pregunté dónde lo tenía y me dijo que en la puerta del baño. Indagué el por qué y me contestó que lo colgó por el lado de adentro, para que su papá —que era un reaccionario de mierda— cuando se afeitara, se cortara.