Melquiades y Rigoletto

No fue el medio que más frecuentó, pero, sin lugar a dudas, en la televisión dejó su huella más extendida por el alcance nacional de la pequeña pantalla. Para muchísimos cubanos José Antonio Rodríguez seguirá siendo el Melquiades de Doña Bárbara y el Rigoletto de Las impuras.

La primera de esas memorables interpretaciones data de 1978. Era una época en que obras significativas de la literatura universal, incluyendo obviamente la latinoamericana, ocupaban un sitio prominente en la programación dramática, algo que, lamentablemente, brilla hoy por su ausencia en la producción generada por la propia TV Cubana.

Roberto Garriga, uno de los más experimentados directores de TV, ya había adaptado y dirigido una versión de la célebre novela del venezolano Rómulo Gallegos, y se arriesgó a volverla a recrear con la misma actriz en el papel protagónico, la inolvidable Raquel Revuelta, quien venció el desafío del paso del tiempo con su probado magnetismo y hondo calado.


Fotos: Cortesía CNAE

A José Antonio le tocó sacar adelante un personaje que, en las versiones de otras televisoras, suele tener el tratamiento tópico del malvado. En su caso, sin dejar de aportar rasgos fácilmente identificables por la teleaudiencia, el actor redimensionó las características del personaje.


A José Antonio le tocó sacar adelante un personaje que, en las versiones de otras televisoras, suele tener el tratamiento tópico del malvado. En su caso, sin dejar de aportar rasgos fácilmente identificables por la teleaudiencia, el actor redimensionó las características del personaje a partir de dos elementos sustanciales: la empatía psicológica con Doña Bárbara y cierto distanciamiento de la supuesta naturaleza atávica del hombre que secunda a esta mujer en el ejercicio de su dominio. Esto hizo mucho más auténtico su Melquiades, al punto que, siendo un personaje secundario, se elevó a un primer plano.

Si Doña Bárbara nos remite a la típica novela de la tierra, de aires románticos y el contrapunto entre civilización y barbarie, Las impuras, del Miguel de Carrión, se instala en el territorio del drama social de los primeros años de la república cubana y la situación de la mujer en ese plazo.

La sensibilidad del narrador para meterse bajo la piel de las mujeres que se debaten con los convencionalismos establecidos por una sociedad de moral hipócrita, también se hace notar en un personaje que se erige como la pieza más fascinante del entramado dramatúrgico: Rigoletto.

Garriga nuevamente confió en José Antonio para encarnar a ese ser de físico deforme, que apela al sarcasmo para sobrevivir, pero que esconde valores profundamente humanos. La inteligencia artística de José Antonio lo llevó a construir un Rigoletto sin fisuras con el que el telespectador halló una pronta identificación.

Qué bien estaría estudiar las mencionadas actuaciones de José Antonio Rodríguez para un medio en el que esas virtudes son escasas e infrecuentes. Sería la mejor manera de tenerlo presente.