Más allá del maestro
Fotos: Cortesía del entrevistado
 

Para algunos, Isaac Nicola es el padre de la Escuela Cubana de Guitarra; para otros, el destacado intérprete. No faltarán tampoco quienes repitan alabanzas por su “fino y depurado estilo”; o aquellos que enaltezcan al que fuera “artista cuidadoso de perfecta madurez”. Luis Manuel Molina, en cambio, insiste en el hombre detrás del maestro, más allá de la rectitud docente y el rigor metodológico. Ese es el Nicola que recuerda; el que le gusta recordar.


 

Hablar del reconocido pedagogo se vuelve entonces en una conversación extensa, inacabable por suerte, con giros, sobresaltos y anécdotas que, de vez en vez, Molina alivia con sus recuerdos. Para eso tiene un cuarto que simula, —casi es—, un santuario, una especie de sepulcro de fe y creencia en el buen arte y en la necesaria memoria, donde su profesor, su consejero, tiene un lugar ineludible.

Le brindó un ordenamiento, una metodología a la enseñanza; hasta ese momento no se había logrado, al menos con el nivel que Nicola alcanzó.Molina recesa sus añoranzas personales, el recuento de su carrera de más de 35 años como destacado guitarrista concertista, compositor, arreglista, director y realizador de programas radiales. Prefiere, ahora mismo, recordar a quien tanto le debe. Es tiempo de hablar de Nicola.

¿Las primeras referencias?
Supe de él desde niño. Fue uno de mis maestros iniciales. Mi hermano Carlos Molina formó parte de la primera generación de Guitarra luego del Triunfo de la Revolución. Se graduó en el 69, y en todo el ciclo de enseñanza tuvo a Nicola como profesor. Por eso desde pequeño escuché sobre él.

Desde entonces me impresionó mucho su semblante serio, su carácter, su rectitud. Incluso parecía mayor para su edad.

También desde pequeño recibí clases con él. Antes de entrar al Conservatorio, con apenas 12 años, empecé lecciones particulares por período de un año.

Enseñaba los métodos, pero le interesaba que el estudiante hiciera suya la melodía. Eso le impresionó de algunos de sus estudiantes como Brouwer.¿Y esa primera vez ante el pedagogo?
Impresionante. Le tenía mucho respeto. Era el más jovencito entre los alumnos. Dimos clases en su casa. Era un ambiente muy natural. Se sentía, se vivía el respeto por un maestro de música de buen nivel. Todos lo apreciábamos mucho. Hacer un examen con Nicola, competir donde él estuviera de jurado, era un reto. Fue muy exigente”.

Después de esta preparación ingresas al Conservatorio, pero no es hasta el Instituto Superior de Arte (ISA) que vuelves al aula con Nicola ¿Cómo fue aquel período?
En aquel entonces, década del 80, había déficit de profesores en el ISA. Nos quedamos casi sin claustro. Fue cuando él, que ya estaba retirado, y Leo Brouwer,  se reincorporaron. Estuvimos un año entero con sus lecciones.


 

En ese sentido, ¿cuál es el aporte pedagógico de Nicola?
Le brindó un ordenamiento, una metodología a la enseñanza; hasta ese momento no se había logrado, al menos con el nivel que Nicola alcanzó. Su procedimiento bebía de su experiencia con la escuela de Francisco Tárrega; de lo aprendido con su profesor, Emilio Pujol, y los conocimientos heredados de su madre, Clara Romero. Nicola tomó de todo eso, e investigó mucho, hasta crear una propuesta integral. Su labor se vio continuada por el profesor Martín Pedreira, antiguo discípulo de Nicola, quien trabajó los últimos años directamente con el maestro en la revisión y restructuración de su Método para Guitarra.

Tenía una percepción y criterio tremendos. Identificaba rápidamente al creador. Y le brindaba el ánimo suficiente para que continuara ese camino.¿Cuánta importancia le otorgaba a la técnica y a la melodía?
No solo se preocupaba por la técnica; le prestaba mucha atención a que los alumnos hicieran música. Enseñaba los métodos, pero le interesaba que el estudiante hiciera suya la melodía. Eso le impresionó de algunos de sus estudiantes como Brouwer.

Se puede decir que tenía “buen olfato” para distinguir al intérprete y al compositor…
Tenía una percepción y criterio tremendos. Identificaba rápidamente al creador. Y le brindaba el ánimo suficiente para que continuara ese camino.

Reconocido por su metodología, por su “olfato”, pero, ¿y el Nicola profesor?
Muy riguroso. Podía tener una flexibilidad determinada, si bien siempre fue estricto. No tenía «pelos en la lengua».

Gracias a él estudié mucho. Incluso nos inculcó a tocar frente a un espejo, para mirarnos las manos. Le agradezco mucho lo que soy hoy.

Recuerdo una anécdota. Cuando estaba en sus clases particulares había un alumno mayor, de unos 22 años. Era muy prepotente. Una vez llegó a decirle: «Maestro, no entiendo. Cuando toco en mi casa, me sale la pieza, y la vuelvo a repetir y sale siempre bien. Y aquí no». Él no demoró en responderle: «Usted sabe qué pasa, en su casa no estoy yo para decirle que su interpretación no sirve para nada». Siempre fue muy sincero.

Gracias a él estudié mucho, mucho. Incluso nos inculcó a tocar frente a un espejo, para mirarnos las manos. Le agradezco mucho lo que soy hoy.

En ese sentido, ¿cuánto le debe la enseñanza de guitarra cubana?
Nicola fue, es la base. Es maestro de maestros. El padre de la Escuela Cubana de Guitarras. No significa que sea el único sino el fundador. Es la pauta a seguir para todos los que fuimos sus alumnos, y para los diferentes profesores del instrumento.

Es la pauta a seguir para todos los que fuimos sus alumnos, y para los diferentes profesores del instrumento.Aunque pocos hablan del hombre, de la persona más allá del incuestionable pedagogo…
Mis mayores recuerdos son de nuestros viajes al extranjero. Fuimos compañeros en varios de ellos: Hungría, Checoslovaquia, Alemania. Resultó una experiencia tremenda, nos franqueamos mucho. Ese periodo me ayudó a entender al hombre. Aprendí de su vida, de su filosofía.

Al contrario de lo que no pocos pensaron, o piensan de él, era muy conversador. En espacios de más confianza, podía reducir las distancias del profesor riguroso que fue.

Imagino que esos viajes sirvieron para el recuento…
Sí. Lo conocí mejor. Supe de episodios tremendos de su vida. De su madre Clara Romero, de las enseñanzas de Pujol, de la acogida de este y su mujer y su exquisita bondad.

Aprendí de su sencillez y solidaridad. Nunca vivió del reconocimiento. Siempre andaba con su eterna guayabera, su prestancia. Muy sobrio, muy formal. Una entrega absoluta a la docencia. Su disposición siempre para ayudar. Cualquier alumno le pedía consejos antes de una presentación o un viaje, y él le atendía sin importarle su edad o su retiro. Nunca dijo «no puedo». Siempre hacía tiempo para todo, y para todos”.