Más allá de restaurar la memoria

El tema de la esclavitud, sus marcas en hombres, vidas, prácticas culturales, sueños y aspiraciones son claves de reflexión para la comprensión de la cultura propia, las culturas de los otros y su representación en el universo artístico. El tema es un desafío, pues la esclavitud, de muy diversas maneras, ha estado presente en el discurso de la historia del arte y la literatura, ya sea la esclavitud clásica, la de los siervos de la gleba medievales, el tráfico de esclavos africanos durante la época moderna o las nuevas y más sutiles formas de esclavitud de las sociedades contemporáneas.

Pues la esclavitud, de muy diversas maneras, ha estado presente en el discurso de la historia del arte y la literatura.

Favorecer el conocimiento de los nexos existentes entre el pasado y el presente constituye una responsabilidad institucional, social e individual importante en el ámbito formativo. Cabría entonces preguntarse: ¿Qué celebramos con los 130 años de la  abolición de la esclavitud en Cuba, más allá de la restauración de la memoria de las comunidades esclavizadas? ¿El propósito se orienta solo a la conservación de un patrimonio histórico-artístico? Creo que no. Vienen otras preguntas. ¿Tenemos la certeza de que hoy no hay evidencias de los discursos ideológicos, estéticos, religiosos, que tipificaban las posturas etnocéntricas en la dialéctica entre hombre blanco y hombre negro durante la colonia? ¿Se han borrado de los imaginarios la idea que tenía del negro aquella sociedad que se pensaba blanca y la construcción que el negro hizo de sí y del otro a la luz de aquella realidad? ¿Recordamos cuántas mujeres negras se dedican en la actualidad a las artes plásticas en Cuba y exhiben un discurso denso con respecto a la esclavitud contemporánea? ¿Cuántos nombres de personas negras, iniciadas en la santería, lesbianas/gays, pudiéramos incluir en una lista como doctores en Ciencias o primeros bailarines de ballet clásico en Cuba, y cuyas vidas no estén atravesadas por amargas experiencias derivadas de los modelos culturales heredados de la etapa esclavista? ¿Estamos dispuestos a confrontarnos con nuestros propios prejuicios, nuestros exclusivismos, o al menos intentar tomar conciencia de ellos y desarrollar la capacidad de pedir disculpas ante un agravio contra otro? ¿Qué estamos celebrando?

La historia y el desafío
Es conocido que durante la Edad Moderna en la sociedad europea se afrontan problemas derivados de la pugna entre lo bello y lo feo, lo blanco y lo negro; articulados en dos polos donde lo blanco/bello constituyen un extremo y lo negro/feo el otro. Y también es conocido que atraviesan el discurso ideológico, estético y religioso hasta el siglo XVIII, según algunos estudiosos, mientras que otros lo traen hasta la vanguardia artística europea de inicios del siglo XX. Nosotros no fuimos la excepción.


Ilustración: Archivo La Jiribilla
 

Buscando lo ajeno dimos con lo propio, comentó alguna vez Juan Marinello, a propósito de las búsquedas que nuestra vanguardia artística hacía en el París de los años 30 y 40 del siglo pasado. Por aquellos años, la atención sobre las culturas africanas se mantenía como una constante en la intelectualidad europea de la época o radicada por aquellas tierras. Y alguno de los nuestros se redescubrieron en esos lares.

El África nuestra, que hasta ese momento no había formado parte de las élites intelectuales cubanas como conformadora de la identidad cultural, fue buscada por algunos de nuestros creadores en las calles, las plazas, las fiestas en los solares, los plantes de las sociedades Abakuá; allí, donde estaban los negros y también los pobres, a quienes no les avergonzaba ser descendientes de esclavos, que no se habían escolarizado, o sí, pero que no rechazaban, ocultaban o criticaban las costumbres y erudición inmersas en las prácticas religioso-culturales recreadas a partir de la herencia de sus antepasados africanos esclavizados.

En el color de la piel, en la textura del cabello, en el grosor de los labios,  todos rasgos de base genética, se encontraban un África, un esclavo y un negro epidérmicamente perceptibles. Pero siempre ha habido más. Preservada detrás de la pobreza, de las peleas callejeras, de la guapería, había una cultura profunda ajena a los complejos culturales legitimados por las élites. La calle, los solares, los portales oscuros de Centro Habana o de La Habana Vieja, fueron espacios ―por mencionar los dos que conozco, aunque no son los únicos― preferidos para la construcción de los estereotipos con que muchos signaron la presencia del negro y de África; sin reconocer las abundantes lecciones de violencia que nos han dado los “civilizados” y las nada insignificantes manchas de sangre con que se han teñido las historias, cuando las religiones que acompañaron los procesos colonizadores se consideraron las únicas verdaderas y destinadas a salvar exclusivamente a la humanidad. Conviene no olvidar que frente a la exclusividad cristiana el resto de las religiones, cosmovisiones, sistemas de creencias aparecieron, cuando menos, como paganas.  

La cultura profunda del cubano, en especial del negro, rendía honor a lo antiguo, veneraba la tradición, preservaba la información, como lo ponen de manifiesto Rómulo Lachatañeré, con su Oh, mio Yemayá (1938), y Lydia Cabrera, con El Monte (1954). Era un culto a la memoria. El recuerdo puede atemperar el olvido y ayudarnos a conocer de dónde venimos, pero como dice Hans Kung, “las religiones no son monumentos históricos que solo los expertos pueden estudiar y comprender con ayuda de los textos”. (Ser cristiano: 140)  Por ello, podemos buscar en las experiencias de los hombres concretos en sus presentes, para proyectarlas hacia el futuro.

La memoria de aquella esclavitud, abolida hace 130 años, fue de cepo, grilletes, barracón, látigos, mayorales, perros, ataduras espirituales a valores culturales ajenos a los propios y queloides, esas marcas que quedan en la piel y no siempre por la interesada voluntad del cuerpo que las va a portar ―como en algunas culturas ancestrales africanas donde constituían marcas de identidad, estatus, prestigio―. Aquellas  fueron las marcas que dejaron las élites, los opresores, en el cuerpo y espíritu de los esclavizados durante nuestras etapas históricas precedentes.

No se trata de idealizar la cultura ni la huella de África dejada de modo tangible en las cosmovisiones que se reelaboraron en la Isla. Ni de echar atrás el largo proceso de desafricanización y occidentalización sufrido por los descendientes. Se trata de reconocer que con el decursar del tiempo la praxis artística (y podemos tomar como referencia la obra plástica de Wifredo Lam), ha contribuido a la desdemonización de las huellas africanas en la cultura que asumimos como cubana y que recorre el camino de la raza, la historia patria, la mujer, la religión, la política, la vida cotidiana, la ecología, entre otras cuestiones, en pos de una humanización de gran envergadura.

Es muy difícil disfrutar la cultura cubana sin atisbar, o descubrir, el carácter y la riqueza del sentido de la esperanza, el gusto por el humor, el placer que provoca pensarse felices. Estos trazos son reconocibles en cualquiera de las variantes cosmovisivas que identificamos como parte del legado africano, sea el Palo Monte, Vodú, Regla Ocha-Ifá, Arará, Sociedades Abakuá, y que nacieron al calor de los trapiches, los látigos y los cepos físicos y espirituales. Habrá quien piense que exagero. Y quizá tenga un poco de razón. Hay también en magníficos exponentes de nuestra cultura sentido  trágico, angustias, desvelos, desasosiegos.


Ilustración: Darién
 

En Cuba es posible identificar una relación de artistas dispuestos a hurgar en espacios vulnerables, modelos de saber, vida e inspiración, para reconocer la africanidad y una cubanía que no desdeña aquella, sino que la vindica. Abrirse a las tradiciones de ascendencia africana supone una revitalización y renovación de la cultura recibida. Esos abordajes han sido realizados desde muy diversos tiempos, maneras  poéticas, soportes.

Los documentales de Guillén Landrián y Sara Gómez, la filmografía de Sergio Giral, el teatro de Gerardo Fulleda, Eugenio Hernández Espinosa, de Alberto Pedro; espectáculos de Ramiro Guerra, como Suite Yoruba, con el paradigmático documental Historia de un ballet, de José Massip, Trinitarias, Tumba Francesa, Concierto de Percusión, creadas para el Conjunto Folklórico Nacional, o los emblemáticos Súlkary y Okantomí, de Eduardo Rivero, constituyen algunos exponentes de artistas comprometidos con el reconocimiento del negro como individuo y de la cultura que le legaron sus antepasados, como evidencia de un espíritu libre y creativo, parte de la identidad del cubano.

Las artes visuales no han sido permisivas en lo que a procesos de desafricanización y esclavitudes pudiera señalarse. Conviene no olvidar, además de la obra de Wifredo Lam, a Manuel Mendive, Belkis Ayón, José Bedia, Santiago Rodríguez Olazábal, Jorge Luis Pupo, María Magdalena Campos, Alexis Esquivel, Elio Rodríguez, Juan Roberto Diago, por solo mencionar nombres cuyas obras constituyen íconos. Pero no son los únicos, como quedó demostrado en las tres ediciones del proyecto Queloide y del proyecto En Negro, este último de particular vocación ecológica.

La conciencia del valor de la libertad espiritual heredada de los ancestros africanos y sus descendientes ha permitido enfrentar las hostilidades en una sociedad que, históricamente, no ha llamado las cosas por su nombre en lo que a la discriminación y racialización de las relaciones se trata, con una alta tasa de tolerancia hacia las actitudes impersonales, asociales y ahistóricas, que a veces prefiere denominar indisciplina social.

¿Y las  esclavitudes contemporáneas? ¿Vivimos tan al margen de ellas que no nos tocan como sociedad? ¿Son ajenas a nosotros las muestras de la esclavitud del dinero, el consenso, el abuso de poder, el deseo de escapar más allá de las cadenas que nos atan? ¿Qué significa hoy día el concepto de esclavitud para nuestros artistas? Hay algo que es evidente y nos distancia epitelialmente de aquella esclavitud, ahora no se trata solo de las personas negras, aunque siguen siendo vulnerables. No sé por qué recuerdo la película de Fernando Pérez La pared de las palabras o la obra CCPC, del grupo El Portazo, donde otras dependencias, subordinaciones, esclavitudes se hacen evidentes.

¿Qué celebramos? Celebramos la disposición y las acciones que acompañen a nuestras actitudes para ser conscientes de nuestro pasado y no repetir los mismos errores. Celebramos la valentía para repensar nuestros comportamientos y, por supuesto, para denunciar también las esclavitudes contemporáneas dentro y fuera de nuestras fronteras. Todo ello sin paternalismo, desarrollando discursos y acciones respetuosas de la equidad, desnaturalizando imágenes estereotipadas y siendo más conscientes de nuestra historia. ¿Eso es lo que celebramos?