Martha Graham Dance Company de regreso en el 25 Festival
Fotos: Kike

 

Cuando doblan las campanas, generalmente, han ocurrido sucesos que merecen conocerse. Pero aquel domingo no se escuchó sonido alguno, nada más allá de los aplausos en las salas que fueron sede del 25 Festival Internacional de Ballet “Alicia Alonso”. 

Los que esperábamos las funciones de compañías invitadas teníamos nuestros pronósticos realizados, el cronograma de los espectáculos que no podíamos soslayar y la listas de segundos intentos. De igual manera, todos habíamos subrayado esta presentación. Martha Graham, la bailarina y coreógrafa norteamericana, tenía en la compañía homónima su legado en proceso evolutivo, tal y como debiera ser con los maestros, motivo para vivir aquella función.


Dark Meadow (suite). Martha Graham Dance Company.


La compañía había preparado una selección de trabajos de Martha que se mantenían en repertorio, junto a resultados de encargos a coreógrafos de otras partes del mundo. Muchos sabíamos quién era el mito, quién la verdadera razón del teatro repleto. Y es que no podríamos seguir conformándonos con las clases de Historia de la Danza.
Las piezas que se mostraron eran la prueba real de cómo funcionaban las coreografías en el tiempo, de cómo las historias seguían el curso de una contemporaneidad desde su eterna conservación.

Las piezas que se mostraron eran la prueba real de cómo funcionaban las coreografías en el tiempo, de cómo las historias seguían el curso de una contemporaneidad desde su eterna conservación. Un paso aceitado por la técnica, unos movimientos que se recuerdan a partir del antecedente que hoy tenemos en los espectáculos de Rosario Cárdenas, Teatro Danza del Caribe, Endendans.

Asistir al programa concierto de la Compañía Martha Graham estaba pensado para viajar en el tiempo. Eran obras que debíamos disfrutar desde una distancia, porque nada más cercano en su recepción que el rescate de los movimientos tribales, la interpretación teatralizada y la contracción-relajación que hoy se mantiene firme en las aulas de danza.           

De las coreografías que se interpretaron, Errand into the Maze, de Martha Graham, con música de Gian Carlo Menoti y vestuario de María García, estuvo entre las más aplaudidas. Con la interpretación de Peiju Chien-Pott y Ben Schultz, la historia ya clásica de la damisela en peligro fue traída una vez más a escena, ahora como transpolación y feminización del mito de Teseo y el minotauro. A partir de la mirada en que nos lo narra Martha Graham, esta anécdota adquiere un significado superior, al que se suma la pericia interpretativa de los bailarines en la tragedia vivida. Una coreografía renovada para un festival que se levanta en el tiempo, y venera las clásicas historias a favor de las interpretaciones: allí estriba la valía de este encuentro.


Errand into the Maze. Martha Graham Dance Company.


Otro fragmento a resaltar del programa concierto interpretado por la compañía es Lamentation variations, una selección de trabajos de tres autores realizados para conmemorar los sucesos del 11 de septiembre de 2001. La presencia de estas piezas junto a las de Martha fue un gran logro en la concepción del espectáculo, pues ayudó a tener una mirada amplia en torno a las preocupaciones de la compañía, ética y estéticamente.

Las obras de Bulareyaung Pagarlava, Richard Move y Larry Keigwin fueron pequeños flashazos en medio de otras más narrativas, un tanto más conservadoras en la escritura coreográfica desde la fisicalidad, priorizando las imágenes grandilocuentes; mientras que estos coreógrafos, hijos de otro tiempo, se concentraron en atrapar el trauma de un segundo terrible en la perpetuidad de muchas conciencias.


Woodland. Martha Graham Dance Company.


El espectáculo de Martha Graham Dance Company fue la posibilidad de tener, frente a cada amante de la danza, un instante del pasado, la vivencialidad en pleno siglo XXI de los extractos de la danza moderna, al lado de la contemporaneidad de creaciones más recientes. Una detención en la narración de los cuadros coreográficos puede ofrecer cierta evolución en la mirada, que junto a los cambios de vestuario y la música, de la mano de tambores y clavicémbalos, provocaron la certeza de estar en presencia de una creación magistral, unos cimientos que todavía sostienen nuestra danza cubana contemporánea.