Manual de instrucciones para un escritor policial

Jorge Fornet: En un arco que cubre el volumen de rigor histórico como la novela de aventuras, Paco Ignacio Taibo II es conocido en Cuba, fundamentalmente, por sus biografías de Guiteras o de Pancho Villa, o su historia —en versión antihollywoodense, según dice él mismo— de la batalla del Álamo. A la vez, su trabajo también ha circulado gracias a la serie Los Nuestros, de Telesur.

Este panel, tal como está previsto, se centrará en una de las aristas más conocidas de la obra de Paco, con tres ejecutantes del oficio: el narrador Benito Taibo, quien tiene varios títulos circulando por Latinoamérica —uno de ellos muy exitoso, escrito para jóvenes—, y acaba de terminar una novela sobre un dictador que se monta, de alguna manera, en la zaga de las novelas que sobre los dictadores conocemos, desde Yo el supremo, El recurso del método, El otoño del patriarca hasta hoy. Además, es un hombre de los medios, de la radio y la televisión; y su apellido no es casual, es también hermano de Paco Ignacio Taibo. Por ello hablará en primer lugar, centrado en los libros y en la obra de Paco.


Semana de Autor 2016. Fotos: Abel Carmenate


Más tarde vendrá una persona que no necesita presentación: Leonardo Padura, quien conversará no tanto sobre la obra literaria de Paco, sino de lo que ha significado su figura para la literatura policial iberoamericana. Finalmente, hablará Paco Ignacio.

Benito Taibo: Quiero contarles la historia desde la cercanía. Antes de hablar de Paco desde una posición de crítico o de especialista de su obra — que sin dudas lo soy, porque tal vez fui el primero que leyó todas sus novelas—, prefiero contar un pedazo de la historia familiar de Paco.

Tengo un acta de nacimiento que dice 31 de mayo de 1960. Pero tengo otra que está fechada en un día indeterminado del mes de junio de 1972, que es cuando me hice lector. Esa es de la que más orgulloso me siento; la tengo solo dentro de mi cabeza, pero algún día la mandaré a hacer y espero que no me metan en la cárcel por hacer documentos oficiales totalmente apócrifos.

El verano de ese año caí en cama, no había televisión como la hay ahora ni internet, por lo tanto, estaba destinado a pasar por lo menos dos meses en cama, de una manera terrible y aburrida. Para mí, el libro había sido hasta entonces ese objeto que solo servía para aprender y que era obligatorio en la escuela. Ya yo había leído a los 12 años el Cantar del Mio Cid, La Ilíada y La Odisea, y no había entendido nada de ninguna de ellas. Pero las leíamos porque era materia obligatoria. Papá fue quien por primera vez me acercó al libro como un objeto lúdico —no solamente de aprendizaje—, donde podían encontrarse la pasión, el amor y todas esas cosas que luego parecen inexplicables.

Luego de volverme lector, mi padre decidió poner un librerito con los libros que él consideraba que yo podía leer o que podían ser atractivos para mí. Y ahí estaban, por supuesto, Sherlock Holmes, Verne, Salgari; pero el librero que yo quería atacar no era ese, sino el de Paco. Él vivía en la parte de atrás de la casa, un territorio extraño en el cual no se podía entrar porque siempre estaba lleno de humo de tabaco y de conjuras revolucionarias, en ese orden. Pero tenía un librero enorme en el cual yo iba posando mis ojos y veía nombres que empezaban a ser conocidos para mí, porque en la casa se hablaba sobre ellos todo el tiempo. Estoy pensando en Raymond Chandler, Dashiell Hammett, en un montón de autores que hacían que a Paco le brillaran los ojos y se le hiciera una sonrisa en el rostro.

No fue necesario asaltar su librero porque él me los daba, siempre con una absoluta generosidad, con la única promesa de devolverlos al sitio de donde habían salido. Así que sé de dónde vienen sus mejores influencias y por qué son sus mejores influencias. En el año 1975 Paco tecleaba furiosamente en una Olivetti Lettera 32, de color rojo, y yo quería saber lo que estaba sucediendo. Era el inicio de su primera novela: Días de Combate, una obra con las mejores posibilidades del género.

Con la novela policiaca, novela negra, novela criminal —hay tantos maneras de nombrarlas que uno se queda confuso, porque todo parte de la novela enigma, de un misterio que tiene que ser resuelto a lo largo de la trama por medio de un ensamblaje narrativo determinado—, él hace algo insospechado hasta entonces. Paco crea un personaje maravilloso que hasta el día de hoy habita en nuestras cabezas, en nuestros corazones y fantasías. Igual que le sucedió a Conan Doyle —perdón por la referencia—, sus lectores siguen diciéndole: ¿por qué no revives a Hector Belascoarán Shayne? Este personaje muere en la tercera novela; sin embargo, revive en la cuarta porque está contada antes de la tercera. Esa es la maravilla de la literatura.

Héctor Belascoarán Shayne es un ingeniero mexicano metido a detective. No estaba solo, no era un deductivo profesional como lo era Holmes, tampoco era un echado para adelante, golpeador y sacador de pistola como lo podían ser otros personajes de las novelas negras; sin dudas, era  atípico. Paco convierte también a la ciudad de México en un protagonista indispensable de sus propias novelas; creo que es el protagonista más poderoso de ellas. Siempre está la ciudad no como un telón de fondo, no como una escenografía para enmarcar el enigma a resolver, sino como un ente vivo, que transforma, que convierte, que hace de las situaciones una demostración táctica y absoluta de que el poder en México es omnipresente.

Después de Días de Combate viene Cosa Fácil, Algunas nubes, Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia, Amorosos fantasmas, Desvanecidos difuntos, Adiós, Madrid y escribe a cuatro manos una novela junto al Subcomandante Marcos, en plena efervescencia de la guerrilla zapatista en el sur de México; ahí se termina la novela de Belascoarán Shayne (…).

Paco Ignacio Taibo II: Por ahora.


Foto: Internet


Benito Taibo: Paco no podía sustraerse a la novela negra, la novela policiaca, y por lo tanto, aparece el Jefe Fierro, otro personaje entrañable y maravilloso, que es el jefe de policía de un pequeño pueblo del sur mexicano,  pero no es un jefe de policía habitual. Es un escritor de novelas policiacas, algunos han dicho que es el alter ego de Paco y, efectivamente, lo es.

En medio de las novelas de Paco, siempre está la sombra del poder y, sin dudas, el enigma que debe ser resuelto.

Hay dos novelas del Jefe Fierro y luego la serie de Olga Lavanderos. En medio de las novelas de Paco, siempre está la sombra del poder y, sin dudas, el enigma que debe ser resuelto. Durante mucho tiempo hablamos mal de la novela enigma tradicional y hay que decir, con todas sus letras, que esa novela enigma tiene enormes virtudes y posibilidades. Paco escribió una novela enigma donde involucra otros factores sociales, culturales, que la transforman. Igual Padura; El hombre que amaba a los perros es una novela enigma, hay un misterio, pero finalmente está la historia. Y la historia es una parte maravillosa (…).

Paco vive en una biblioteca que tiene cocina y un par de camas, pero los libros han sido parte de su vida. Todos creemos en el libro como esta suerte de bálsamo para las heridas, tabla para el naufragio, sábana para las mejores noches de amor, almohada para tener los mejores sueños, cama de clavos para las pesadillas más venturosas, escudo contra las flechas de la imbecilidad que todos los días nos lanzan.

Leonardo Padura: Creo que Paco es varios Pacos a la vez. Conocí primero al Paco escritor, de manera rocambolesca y casual, como nos ha pasado a casi todos los lectores cubanos. Con algún retraso en los años 80, nos llegaron por vías alternativas algunas novelas que Paco había escrito a finales de los 70 y principios de los 80. Así conocimos al personaje Belascoarán Shayne y a un escritor mexicano que se llamaba Paco Ignacio Taibo.

Ese escritor que nos llegaba de México con aquellas primeras novelas protagonizadas por Belascoarán Shayne, llegó también un día a Cuba. En esos primeros viajes comenzó a hacer algo que tendría una enorme trascendencia no solo en la literatura policiaca en lengua española, sino en la literatura policiaca en sentido general: participó aquí en Cuba en un encuentro de escritores policiacos al que vinieron muy pocos autores, pero los suficientes y necesarios para que se fundara la Asociación Internacional de Escritores Policiacos. Esto ocurrió en el año 1986; era un momento en el que había en España una situación favorable para la novela policiaca, la había en México, y también en Cuba, con esa mala novela policiaca que se escribía aquí. Por lo tanto, existía la posibilidad de discusión en lengua española y en otros idiomas (…).

A partir de ese momento, Paco se dio a una tarea que fue y sigue siendo decisiva en lo que ha ocurrido en la novela policiaca. El hecho de que exista hoy una novela policiaca nórdica, mediterránea, que se hable de un neopolicial iberoamericano, tiene mucho que ver con todo lo que ocurrió en esos años. El momento que marca el nacimiento de esta nueva era de una novela policiaca con una proyección totalmente diferente, ocurre en el año 1988, cuando Paco logra, de la nada, organizar la primera Semana Negra de Gijón. Nunca se ha logrado reunir otro grupo de escritores como en aquella ocasión, lo que se concibió allí fue un acto milagroso: estuvieron los escritores franceses post 68 más importantes, escritores italianos, españoles, latinoamericanos y norteamericanos de primer nivel. Empezó un momento diferente porque ocurrió algo que ha sido muy significativo, y es la compenetración entre las distintas formas que existían de concebir la novela policiaca en el mundo, con un objetivo común: escribir una novela de carácter social y con el mayor vuelo estético que cada autor fuera capaz de encarar.

Paco había recreado primero la ciudad de México para luego ir a buscar otros territorios de ficción posibles. Es un momento de alto nivel creativo en su obra, pero es también el momento en que Paco, con la generosidad que lo ha caracterizado siempre, trabajó por el desarrollo de una novela policiaca, especialmente en lengua española. Empieza a haber encuentros en México y en Cuba. Se crea el Encuentro entre fronteras, Cuba-México-Estados Unidos, que nos permitió a algunos cubanos viajar por primera vez a Estados Unidos y compartir con autores norteamericanos.

A lo largo de esos años, Paco crea colecciones literarias. La primera edición de mi novela Pasado perfecto salió en un paquete de libros publicado en una colección que creó en la Universidad de Guadalajara y que se llamó Hojas muertas, aunque debió haberse nombrado Hojas matadas, porque cada libro tenía tantas erratas en cada página, que más que muertas estaban matadas. Pero permitió la discusión de este tipo de literaturas y creó la certeza de que la novela policiaca no es un género menor. Eso lo hizo Paco desde México, y Manuel Vázquez Montalbán, desde España.

Le debemos a Paco no solo el hecho de que haya escrito algunas novelas y que esas novelas hayan iniciado una revolución en la literatura policiaca iberoamericana, sino también su trabajo como promotor cultural. 

Le debemos a Paco no solo el hecho de que haya escrito algunas novelas y que esas novelas hayan iniciado una revolución en la literatura policiaca iberoamericana, sino también su trabajo como promotor cultural. Muchos escritores cubanos también le debemos la amistad que siempre nos ha brindado, y que ha hecho posible y sostenido Paloma, porque sin ella esos escritores cubanos al lado de Paco nos hubiéramos muerto de hambre en México muchas veces.

Paco Ignacio Taibo II: (…) Es fácil teorizar cuando uno tiene un montón de años sobre las espaldas, como tengo yo. Pero básicamente lo que hay es intuición. La intuición es sabiduría concentrada y no reconocida como tal, que parte de la lectura y la experiencia. Yo quería fundar la novela policiaca mexicana, y visto desde ahora, uno dice: tus claves eran muy claras: no puedes imitar a los géneros anglosajones; tiene que haber una raíz nacional; no puedes nacionalizar un género por la vía de cambiarle el nombre a los personajes; no puedes asumir las estructuras tradicionales de la novela policiaca, porque establecer el enigma, el desarrollo y la solución, en México no funciona. México es un país teñido de irracionalidad y surrealismo, donde tienes que darle entrada a explicaciones no muy claras sobre cómo la realidad no es la realidad, sino una pariente cercana de la realidad (…).

Te mueves entonces en esos pantanos de lo real-real, lo real a veces, lo real casi nunca. La nacionalización de un género parte de tomar historias locales, y la gran legión, tu cuarto personaje: la ciudad. La ciudad debe hablar en la novela y tener un espacio vital y mutante. El único problema es que si partes de un exceso de descripción urbano, la trama pierde peso. La última condicionante es que la novela policiaca no puede ser una novela de equilibro falso, o sea, arrancar muy fuerte en el enigma, sostener la trama central y luego volverse explicativa al final (…).También está el eterno problema de un autor latinoamericano, que es el culto a dos tentaciones: el realismo, los países duros, rasposos, terribles, injustos profundamente; y la tremenda tentación del happy ending o final feliz, que produjo un hada maligna en nuestra cabeza a partir de ver demasiadas películas norteamericanas.

Para mí siempre fue un problema de tensión interna en la novela. Nunca me lo planteaba como lo hago hoy, lo hacía como algo natural, como asumir las presiones que me creaba la sociedad en la cual vivo. En una conferencia en la ciudad de Zacatecas, le dije a un compañero: el problema del culto al final feliz, que trato de matizar y no volverlo obvio, es bien sencillo, necesito en la novela policiaca un poco de oxígeno. Necesito que no siempre ganen los hijos de puta más hijos de puta; que alguna vez ganemos los más simpáticos, los más decentes, los nobles, dignos e inocentes.

Lo que sí existe es esta doble tensión cuando llegas a la novela negra: la tensión entre el realismo duro y puro, entre la versión mexicana de un realismo lleno de irracionalidad, de situaciones aparentemente imposibles. Nadie se va a espantar si en una de mis novelas de repente aparece: “Buenos días”, dijo el perro. Y el perro no es alguien llamado “El perro”, es un perro que está ahí sentado y dice buenos días a los que van entrando. Cómo logro explicarlo en el plano realista es otro problema. Es un perro ventrílocuo, producto de la cantidad de marihuana que se metió el personaje que viene pasando y que ve al perro; eso ya es otro problema.


Cartel promocional Semana Negra 2016. Foto: Internet


En esta lógica también hay una serie de debates incorporados sobre la estructura carcelaria del género: enigma potente, misterio profundo, desarrollo de acción, vital, en movimiento, y luego, un desenlace explicativo. Es un género asqueroso como estructura, como obligación de ser (…).

Lo dijo muy bien Manolo (Vázquez Montalbán), uno de nuestros sabios más interesantes: si algo tiene hacer la literatura de género, es llegar a los límites del género y violentarlos. Con él tuve el mejor debate sobre literatura que he tenido en mi vida, acerca de la teoría de lo verosímil. Manolo afirmaba: el problema no es el realismo, el problema es lo verosímil. La verosimilitud (…) que al fin y al cabo significa: mientras te estoy leyendo, te estoy creyendo. Constituyes los marcos y eso puedes combinarlo con el realismo, aunque Manolo aseguraba que eso no importaba (…).

Alguien decía que yo politizo mucho las novelas. Si me regalan una beca de 32 años para escribir en Islandia, verán cómo me compongo. Pero si me dejan en el centro de la ciudad de México, donde la criminalidad es un asunto de Estado, el gobierno es un gobierno de criminales, asesinos, corruptos, pues qué quieren que escriba. Puedo mirar para otro lado y escribir historias de ángeles, pero si escribo historias de ángeles no duden que mi ángel, cuando esté volando, pase frente a Los Pinos y se cague —Los Pinos es la residencia del presidente de la República—. No lo puedo evitar y no lo quiero evitar. Y sí, están muy politizadas porque la realidad está para eso (…).

Para mí ha sido obvio, a lo largo de los años, que la literatura tiene que gozarse, tiene que sobrevivir con un grado de autonomía muy grande.

Todo eso está detrás de la novela negra que uno escribe. Ahora sí, trato de que el panfleto no dirija la novela, que la visión política, crítica, no le dé órdenes a la novela. Para mí ha sido obvio, a lo largo de los años, que la literatura tiene que gozarse, tiene que sobrevivir con un grado de autonomía muy grande. La novela manda sobre la novela. Y esta especie de orden interno, de mensaje que te va mandando el texto, implica una autonomía. Pensar que no hay experimentación en el género policiaco, es verdaderamente de analfabetos funcionales (…).

Hay una maravillosa anécdota de Carlos Fuentes, uno de los más grandes experimentadores de la palabra en América Latina: después de escribir Cristóbal Nonato y Terra Nostra, donde la palabra conduce, decide escribir una novela de espionaje, La cabeza de la hiedra. Y cuando un periodista le pregunta: ¿qué tal el divertimento? ¿fue fácil?, Fuentes lo ve, se quita el sudor de la frente, lo arroja al suelo, y le dice: ¿Fácil? Me vi obligado a una arquitectura en la cual lo que pasa en el capítulo uno conduce al personaje al capítulo dos, donde no puedo dejar personajes flotando y olvidarme de ellos, donde la trama anecdótica exige una estructura muy complicada. Esta es la novela más difícil que he escrito en mi vida.

Era claro que la novela pedía arquitectura y experimentación. Lo interesante es que el camino está abierto. A diferencia de otras estructuras genéricas, nuestras generaciones de escritores de novelas negras no han cerrado el camino. Quedan mil y un espacios de experimentación, quizá el más interesante es la búsqueda de los híbridos, la novela histórica, policiaca, de aventuras; la novela río, donde confluyen veintitantas historias en la construcción de una sola; las novelas horizontales, donde hay varios espacios compartidos de historias que aparentemente no se tocan, pero suceden al mismo tiempo; la novela de narración profunda monólogo interno. O sea, está abierto por todas las esquinas.

Jorge Fornet: El valor del policial no es solo lo que le ha aportado al género mismo, sino al resto de la literatura, según afirman los estudiosos. Es difícil encontrar una novelística que no le deba al género policial; no solo nos enseñó a ver de otra manera la sociedad, sino que nos enseñó a contar de otro modo. ¿Qué te enseñó a ti el género policial para hacer otros géneros?

Paco Ignacio Taibo II: Alguna vez, en una reunión de la Asociación Internacional de Escritores Policiales, alguien dijo: ustedes, que hacen literatura negra, están en un gueto. Jean-Patrick Manchette, uno de nuestros líderes indiscutibles, se levantó indignado —él era un hombre calmado— y dijo: No, en el gueto viven los que hacen literatura blanca.

Cada vez pido más que una novela me desconcierte, me deslumbre, me sacuda, me transporte de una esquina a otra, me replete de anécdotas.

La literatura negra es contaminante, tiene que ver con el poder de las literaturas de acción que están impulsando una tentación en todos los espacios de las narrativas: cuenta historias, subordina la palabra, la experimentación formal, a la peripecia y la anécdota. Volvamos a la novela de anécdota o corremos el riesgo de en el camino perder los lectores (…). Cada vez pido más que una novela me desconcierte, me deslumbre, me sacuda, me transporte de una esquina a otra, me replete de anécdotas. Agradezco la novela que enfrenta el veloz ritmo de los tiempos con una potencia similar desde el hecho literario. Con perdón de los poetas presentes, la novela es la madre de todas las guerras (…).

¿Qué es la experimentación? Es el burro que tocó la flauta, son los artilugios del lenguaje, las habilidades para buscar lo inusitado, es la desaparición de las comas, y un largo etcétera. Al fin y al cabo, ¿son funciones narrativas o son sujetos narrativos? En una conversación con García Márquez hace ya 10 años, él me decía, mientras caminábamos por el interior de una librería donde nos iba interrumpiendo todo el mundo: “Mira Paco, si en una novela tuya tienes siete comas mal puestas en una página, dile a la editorial que cambie al corrector. Si en esa misma novela tienes 16 comas mal puestas en una página, pues cambia de editorial. Ahora, si tienes 70 comas mal puestas en una página, no te preocupes, eso se llama estilo”.


Semana de Autor 2016. Foto: Abel Carmenate
 

¿La experimentación es función de la narración o es el único autor en escena que se autorrefleja? Soy de los que cree que la experimentación es necesaria, válida y urgente en toda obra literaria. Pasar de la visibilización externa al monólogo interior del personaje oscuro, es una manera de entrar en el infierno. Tienes que apelar a Joyce y a todo el discurso del monólogo interior coherente o semicoherente. En último caso, está en función de la narración. ¿Es el camino único y exclusivo? No, afortunadamente la literatura son los doce mil caminos que no llevan a Roma, pero que todos dicen Roma, Roma, Roma. En esa lógica, lo que me interesa es mantenerme en la literatura de acción, de peripecias, de anécdotas.

Jorge Fornet: ¿Por qué Walsh?

Paco Ignacio Taibo II: (…) A pesar de que soy ateo, creo en los santos patrones. Uno tiene su altar laico, su referencia, y Walsh es un referente en muchos sentidos. Escribió algunas novelas policiacas horrorosas, bajo el modelo británico; pero después escribió Operación Masacre y ¿Quién mató a Rosendo?, donde inaugura el periodismo de investigación sobre temas criminales. Walsh era combatiente, a pesar de sí mismo; era un hombre de acción, consecuente, que identificaba el hecho de vivir con el hecho de escribir y de militar, sin contradicciones en el espacio. Paloma —mi esposa— es testigo de que la foto que preside mi cuarto, la que me cuida y vigila, es la de Rodolfo Walsh. Y cuando pude hacer un documental sobre Walsh, me lancé de cabeza, porque quería rendirle homenaje. Quería decirle: Jefe, aquí estamos, seguimos.