Mantequilla extra

I hate the Seventy-second Street movie, with those fake clouds on the ceiling.

Salinger

Aunque estaba previsto que solo fuéramos por cinco días, al final nos quedamos la semana completa. Yo tenía lecciones de tenis que dar (un alemán me estaba pagando a quince dólares la hora para que su hijo de nueve años mejorara el saque), pero al final decidí quedarme. Decidí quedarme, primero porque no tenía ganas de volver a La Habana (Santiago Feliú había muerto, y nadie quiere regresar a una ciudad en la que no está Santiago Feliú), y segundo, porque quería ver si íbamos a ese lugar temático de Los Beatles que habían abierto recientemente. Aunque ahora que lo pienso, en realidad no me importaba tanto ir a La Caverna, que es como se llama el nuevo lugar, porque ni siquiera soy fanático de Los Beatles. En especial McCartney siempre me ha resultado desagradable. Bueno, lo que pasa es que cada vez que me quedo fuera de la ciudad por unos días luego me cuesta regresar, no sé por qué.

En los cinco días previos ya habíamos ido al Palacio de la Rumba y al Havana Club y al Mambo Club y a todos los lugares a los que vamos siempre. También fuimos por última vez a la discoteca del Internacional, una última vez porque ahora lo van a demoler para construir un nuevo hotel. Cuando se lo dije a mi madre casi empieza a llorar, porque ella pasó su luna de miel allí.

En esta ocasión hasta habíamos ido al delfinario. Es una estupidez pagar tanto para tocar un delfín, pero la gente lo hace. Y hay que ver la fila de gente esperando para bañarse con los delfines. No lo entiendo. Delfines y esas cosas, no lo entiendo. Bueno, el hecho es que Varadero está en decadencia, y después del tercer día de estar allí, no queda mucho por hacer. Tienes que morir en el parque de diversiones o en la bolera. Montañas rusas y carritos locos, tampoco lo entiendo. Y por la noche jugar cartas y emborracharte. Claro, después uno regresa a La Habana  y se olvida de todo con una rapidez increíble. Resultado de comparar niveles de decadencia.

No teníamos problemas con el hospedaje. Los padres de Diana eran los dueños del apartamento donde nos quedábamos. La verdad es que estábamos un poco apretados en un apartamento tan pequeño, pero no podíamos pedir más. Siempre íbamos tres o cuatro veces en las vacaciones (aunque esta vez era febrero) y nos quedábamos allí. Era casi como nuestra propia casa. Como éramos dos parejas y solo había un cuarto, nos jugábamos cada noche a las cartas el derecho a dormir en la cama. A la pareja que perdía le tocaba dormir en un colchón en el suelo.

Eran como las cinco de la tarde y estaba jugando Monopoly con Celia (ya yo tenía hoteles en las propiedades azules) cuando regresaron Diana y Édier de la playa. Mientras se bañaban, algo había picado a Diana en la parte interior del muslo. Lo tenía muy rojo e hinchado. Era el último día que íbamos a estar ahí (la noche anterior la habíamos desperdiciado en la Casa de la Música, con un grupo que solo hacía covers de Maná) y yo quería hacer algo diferente, quizás pasar por La Caverna. Pero Diana se sentía bastante mal. Luego le empezaron a salir unas ronchas por todo el cuerpo y la llevamos al policlínico. Estaba intoxicada, aunque no era nada grave. De todas formas dijo que no estaba de ánimo para hacer nada esa noche.

Así que compramos unas cervezas y como siete paquetes de rositas de maíz con mantequilla extra y nos preparamos para pasar otra noche jugando Pictionary, o algo parecido.

—¿Qué crees que haya sido? —le pregunté a Diana y me senté junto a ella. Tenía el pie en alto, en una silla. Estábamos en el patio. El apartamento quedaba en los bajos del edificio y la familia de Diana había cementado el patio lateral, que era muy amplio. Esa era la parte que más nos gustaba de la casa. Incluso podíamos entrar por ahí directamente, lo cual le daba al apartamento cierta independencia con respecto al edificio. Uno podía sentarse allí a coger fresco por la tarde y conversar.

—No sé, Liam, un bicho, supongo —Diana se estaba untando una crema. Tenía hinchada hasta la cara.

—Sí, ya sé, pero qué bicho —yo tenía ganas de molestarla un poco.

—Un aguamala, no sé, tú sabes que no estamos en tiempo de playa y hay cantidad de bichos y cosas en el mar.

Celia había ido a comprar algo más para la comida y Édier se estaba bañando. Estábamos Diana y yo solos en el patio. No tengo mucha química con ella. Es amiga de Celia, pero es una de esas personas con las que sabes que nunca vas a llegar a congeniar. Cuando estábamos en grupo era más fácil, pero ahora era un poco incómodo. Ni ella ni yo sabíamos qué decir.

—Hay un olor, ¿no lo sientes? —dijo, y me percaté del olor.

 —Sí —dije— huele a algo muerto —y luego me di cuenta de que por la mañana había sentido ese mismo olor.

—Debe ser Holden —dijo ella—, cocinando algo. O cocinándose él mismo.

En el apartamento de arriba vivía un viejo llamado Holden. Él y los padres de Diana no se hablaban. Ella decía que el viejo estaba loco. A cualquier hora, si estabas sentado en el patio, corrías el riesgo de que te cayera encima una colilla de cigarro o borra de café o papeles de dudosa procedencia.

A pesar de esto, las pocas veces que había visto a Holden no me había parecido un mal tipo. Siempre andaba enseñando el dedo del medio. Dependiendo de la situación (si los padres de Diana ponían a Ricardo  Arjona, por ejemplo), enseñaba los dedos del medio de las dos manos. Supongo que ese permanente cagarse en todo el mundo fue lo que hizo que me cayera bien. Claro que estaba un poco loco (lo suficiente como para andar con los dedos así la mayor parte del tiempo) y lo de la basura era bastante molesto, pero por lo demás me parecía bien. Recuerdo una vez que me estaba contando algo relacionado con el lugar a donde van los patos en invierno y vino Diana e interrumpió. Solo porque sí. Después me dijo que Holden no valía nada. Pero cuando yo hablo con la gente casi en lo último que pienso es en su valor.

—Vamos para adentro —dijo Diana y entramos. Édier había terminado de bañarse.

—¿Qué pasó Di, y eso que entraron? —Édier siempre le decía Di a Diana. Me resultaba bastante molesto.

—Hay peste —dijo Di, y señaló para arriba con su dedo índice.

—¿El viejo? —preguntó Édier.

—Sí.

Después nos pusimos a ver televisión. Uno de los programas de chistes que a Édier le encantan, en los que todas las mujeres están buenísimas. A Diana también le gustan, pero por razones diferentes. Ella se pone a criticar a todas las muchachas. Esa es gorda, decía, yo la he visto en la vida real. Y yo escuchando todo lo que Diana había visto en su vida real.

Como a los veinte minutos llegó Celia. Había comprado pan, jamonada, y una gran variedad de subcomidas para pasar la última noche alentando al obeso mórbido que llevo dentro.

—¿Qué es eso allá afuera? —dijo cuando entró—. ¿Por qué huele así?

—Ya —dijo Diana— voy a terminar con esto —entonces fue al teléfono y marcó el número de la otra vecina de los altos (Holden no tenía teléfono).

—¿Qué pasó? —me preguntó Celia. —No sé, el tipo de arriba debe estar cocinando algo en mal estado.

—Hay moscas —dijo Celia— hay muchas moscas afuera —y fue a poner en la cocina lo que había comprado.

—Mierda —Diana había terminado con el teléfono— dice Clarita que a ella le parece que Holden ni siquiera está ahí. ¿Qué habrá dejado el viejo ese allá adentro?

—Un gato —dijo Édier. Siempre está hablando para rellenar espacios. Esa es su misión en la vida.

El olor había empeorado y ahora era perceptible desde adentro de la casa. Celia dijo que también desde la mañana lo había notado, pero con menor intensidad. Entonces cerramos las ventanas y pusimos el aire acondicionado. Primero el olor se concentró en la habitación, pero poco a poco se fue disipando.

Fui a bañarme. Eran como las siete. Tuve que cerrar la ventana del baño porque también entraba el olor por ahí.

Cuando terminé le dije a Celia que se bañara, para ver si podíamos comer temprano y empezar a jugar cartas y a tomar. Le pregunté si había comprado algo más para beber, y me dijo que una botella de añejo especial. Fui a la cocina y preparé un trago. Desde allí, escuchaba a Diana y Édier hablando. Ella decía que era hora de que llevaran a Holden para un asilo, porque ya no podía valerse por sí mismo. Después agregó que desde hacía tiempo se tomaba su propio orine. No sé cómo pudo comprobar algo así.

Me senté junto a ellos justo en el momento en que Diana dijo que últimamente se había vuelto violento, agresivo.

—¿Agresivo? —pregunté— ¿qué fue lo que hizo?

—Bueno —dijo ella—, está lo del día que mi papá estaba pintando.

—¿Qué pasó? —me acomodé en mi asiento y traté de parecer interesado en el historial de violencia de Holden.

—Bueno, mi papá estaba pintando la zona común del edificio —ella hizo hincapié en zona común, de forma tal que uno se enterara que su papá era tan bueno que se encargaba de pintar las zonas comunes del edificio— y el viejo salió. Bueno, mi papá le dijo que cogiera la orillita, que todo estaba pintado y Holden lo empujó contra la pared, así como así.

—¿Lo empujó? —le dije, indignadísimo. Creo que si a mí me hubiera pasado algo parecido, es decir, si alguien como el papá de Diana me dice que “coja la orillita”, tal vez hubiese hecho lo mismo. No sé, tendría que pasarme primero a ver como reacciono.

—Sí, Holden está loco. Se toma su propio orine —continuó ella.

—¿Sin hielo? —le pregunté.

Diana no dijo nada, ni siquiera sonrió. Lo que hizo fue ir hasta el teléfono. Marcó el número de la policía. Después de unos segundos colgó. No, la policía no vendría solo porque olía mal.

—Oye, ¿cómo sigues? —le pregunté luego, para aflojar un poco el trato. Como yo era su invitado, se suponía que debía portarme bien. —Más o menos.

Celia había terminado de bañarse, así que empezó a preparar un aperitivo para todos. Le pedí un trago y luego Diana y Édier también le pidieron uno. Al poco rato vino con los tragos y con una fuente de rositas de maíz. Con mantequilla extra. Celia puede pasarse la noche entera preparando tragos y esperando junto al microwave a que se hagan las rositas, solo para que todo el mundo se sienta bien, y cómodo. Y luego viene y te dice que a las rositas de maíz que no se hicieron se les llama “miguelitos” en México, y cosas así. Con ella te enteras de muchas cosas. Y también es la forma en que te lo cuenta, sin ser pretenciosa ni nada. No se puede explicar. De verdad que no se puede explicar algo así. Con Celia uno tiene que tener cuidado todo el tiempo, porque si te descuidas, pronto te das cuenta de que la estás explotando.

Empezamos a ver otro programa, mientras nos atracábamos de rositas. Ninguno de los cuatro cocinaba bien y nos la pasábamos encargando comida y comiendo rositas de maíz. En una semana nos habíamos comido como treinta paquetes de las que tienen mantequilla extra. Sácame del apuro, era como se llamaba aquel programa. Es de los que ponen primero un dramatizado de quince minutos (basado en una historia real) y luego el público que está en el estudio lo debate junto con los presentadores y un sicólogo invitado. Íbamos a cambiar de canal, pero decidimos dejarlo, a fin de cuentas, estos programas pueden llegar a ser muy divertidos. Diana estaba en el último año de Sicología en la universidad y quería ver que tal era el sicólogo. Era  ese que siempre está saliendo en todos los programas. Un tipo impresentable. Casposo, es la palabra que se me ocurre  ahora. Hay que ser bastante tonto para ser sicólogo y querer estar saliendo en la televisión todo el tiempo. Para colmo, la presentadora tenía el sugestivo nombre artístico de Rosa María de la Rosa. Que la gente tenga nombres estúpidos ya de por sí me molesta, pero este caso era peor, porque implicaba una elección propia.

El corto dramatizado trataba de una pareja en la que el hombre, José, le era infiel a su esposa, Karina. Pero ella no quería separarse porque tenían una niña de nueve años en común. Me dio risa cuando el otro presentador dijo eso: “una niña en común”. Bueno, la conducta de José era altamente reprochable. El tipo no valía nada. Alcohólico, mujeriego, lo típico. Todo muy estereotipado. Al final, Karina, la madre de la niña, se paraba frente a un espejo, impotente (no había más nadie en la habitación), y empezaba a decir un montón de cosas que a nadie se le ocurre decir en voz alta. Sácame del apuro, es lo último que dice, y luego, de vuelta en el estudio, el público presente se dispone a hacerlo, o sea, a sacarla del apuro.

Al principio estábamos burlándonos de todo, incluso habían dado un par de números de teléfono para que la gente llamara y diera su voto para ayudar a decidir a Karina su futuro. Iban computando el número de llamadas y rápidamente llegaron a mil. Yo no había pensado ni siquiera que podía haber esa cantidad de personas viendo Sácame del apuro. Pero el número de llamadas crecía de manera monstruosa. Algunas de ellas eran transmitidas en vivo y la gente conversaba con los presentadores sobre problemas similares que tenían en sus vidas. Decían cosas como “Bueno, yo no vi una gota de nobleza en los ojos de José”, o “No encuentro estabilidad, y empiezo a pensar que la del problema soy yo”. Los aborígenes se debían expresar mejor que esas personas. Y uno preguntándose de dónde sale toda esa gente que va a los programas de televisión. ¿Uno se cruza normalmente con ellas por la calle?

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Bueno, nos estábamos burlando porque en esos casos no se puede hacer otra cosa, pero en algún momento, no sé cómo, la discusión se trasladó a nuestra casa. Empezamos a discutir, todo muy las mujeres son y los hombres siempre.

—Pero tú no viste la cara de descarada que ella tenía, la cara de puta —dijo Édier, en un momento determinado.

—¿Puta? Ella se queda con la niña todos los días, Édier. Y él se va por ahí… —dijo Diana.

—No te tragues el cuento ese. No seas ingenua, ¿por qué crees que el tipo es alcohólico? ¿Pro propia elección? ¿Por propia elección?

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—No se puede hablar contigo, Édier, mi amor, de verdad que no. Trata de pensar un poco con tu propia cabecita —esa parte me dio un poco de risa.

En Sácame del apuro todo iba bien. Se había creado una verdadera sinergia público-presentadores-sicólogo. Este último estaba precisando algunos puntos que le parecían fundamentales. Dijo que primero que todo era necesario conocer la definición de “familia disfuncional”. Una familia disfuncional es aquella que… y lo dijo todo de carretilla. Se veía que lo estaba diciendo de memoria.

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—Ponte a pensar, si tú y yo estuviéramos separados y tuviéramos una niña de nueve años, ¿tú fueras José?  —Édier se acercó lentamente a Diana y le dijo:

—Tú y yo nunca nos vamos a separar —supuse que era un intento desesperado por arreglar las cosas, pero fue en realidad lamentable. He tratado de decir eso en voz alta, incluso frente a un espejo, pero no suena real. Tú y yo  nunca nos vamos a separar.

—Responde la pregunta —dijo Diana.

—Yo fuera Édier, no fuera José —bien dicho, José es José y Édier es Édier. —En serio Édier, nunca pensé que fueras tan…— pero no dijo en qué pensaba, sino que puso atención al programa. Ya se estaba acabando. “Hoy hemos hablado de amor, de entendimiento, de comprensión…”, decía el presentador. Según anunciaron, la emisión siguiente sería sobre una cuñada entrometida. Sentí curiosidad. Pero tendría que  esperar toda una semana para saciarla.

Édier fue hasta donde estaba el teléfono.

—Édier, asere, qué haces —le dije.

—Voy a llamar —dijo él— voy a hacer que mi voto cuente.

—Un poco tarde —dijo Diana y señaló la pantalla— ya se va a acabar.

—Édier, asere, no seas bobo, deja eso —pero ya estaba marcando.

Entonces Celia dio un grito. Se inclinó para estar más cerca del televisor.

—¡Lo vi! —volvió a gritar— te juro que lo vi. ¡Lo vi!

—¿A quién? —preguntó Édier, y luego, mirando a Diana—. Da ocupado.

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—A ese tipo, el de arriba —dijo Celia— lo juro. Estaba limpiecito, no se parecía a él. Pero era él.

 —No te creo —dijo Diana.

—Sí, te lo juro. Pasaron la cámara por todo el público y allí estaba, aplaudiendo. Con una camisa jaspeada.

Todos prestamos atención para ver si Holden salía de nuevo. Mientras pasaban los créditos volvieron a filmar al público, pero no lo vimos.

—¿Estás segura? —dijo Édier.

—Creo que sí.

—Increíble —dijo Diana, acercando su cara a unos centímetros del televisor—, ¿qué mierda fue la que dejaste pudriéndose allá arriba, viejo?

A mí me costaba creer que Holden pudiera estar en el programa. Que hubiera ido de Varadero a La Habana solo para estar en Sácame del apuro. Pero Celia dijo que tal vez había ido a un turno médico o para visitar algún familiar.

—No tiene familia —dijo Diana— y si la tiene nunca ha venido a verlo. Si es un hijo eputa.

De todas formas, no lograba imaginármelo con esa camisa jaspeada que decía Celia. Recordé una vez que Holden me dijo que odiaba los jardines porque todo el mundo quería tener uno. Y cuando se tiende a querer lo que quieren los demás, uno se convierte en los demás. El tipo de opiniones que no son bien recibidas en esos programas. Por otra parte, Holden tenía vitiligo. Esa fue la otra buena razón que se me ocurrió para que no estuviera ahí. La gente con vitiligo no suele salir mucho en televisión.

Yo siempre pensé que Holden tenía todas las cualidades físicas para ser escritor. Grande pero encorvado, con vitiligo, dientes horribles. Aun con todas esas facilidades, Holden era solo un loco. Sin embargo, cuando uno lo veía no podía evitar pensar que con ese físico podía haber sido un gran escritor. Así que prefería imaginarme que se estaba pudriendo allá arriba, a que estuviera en el programa. Era un pensamiento tonto, lo reconozco. Pero a veces pienso esas cosas.

Édier y Diana siguieron discutiendo. Celia me llamó aparte y fuimos al baño. Allí me besó y yo le apreté las nalgas y ella subió una pierna y la enrolló alrededor mío. Me sentí bien, como no me sentía desde hace tiempo. Pero luego pensé que ella lo había hecho como una especie de confirmación. Como para hacerme notar que estábamos bien y que había parejas que como Édier y Diana discutían todo el tiempo.

Cuando salí Diana venía hacia mí.

—Si puedes, acompaña a Édier —dijo.

—¿A dónde? —pregunté, pero ella no respondió. Entró a la habitación y cerró la puerta.

Fui hasta la entrada. Allí el olor era insoportable. Édier estaba arrancando el carro de Diana. Le abrí la reja para que pudiera sacarlo con comodidad. Después fui y le dije a Celia que iba a acompañar a Édier, que estaba mal por lo de Diana y todo eso. Me dijo que estaba bien, que se quedaría conversando con ella un rato. Que no nos demoráramos.

—¿A dónde vamos? —le pregunté a Édier cuando me monté.

—No sé, por ahí.

Por ahí hubiera estado bien, pero Édier fue directo a la bolera de 50. Como siempre, y más porque era domingo, el centro comercial estaba abarrotado. Marcamos en la cola de los bolos y fuimos a dar una vuelta. Compré dos cervezas. Édier no parecía estar molesto, no parecía que acabara de discutir con Diana.

—Oye, mira a esa, tiene buenos cocos —dijo y señaló a una muchacha. Hubiera preferido que no señalara. Y que no dijera cocos.

También marcamos en la cola de la máquina que lanza pelotas para que la gente batee. Uno se mete dentro de un lugar cerrado con una malla por todas partes para batear diez bolas por el precio de dos dólares. Édier había dicho que quería ver cuán rápido tiraba esa máquina. No llevaba dinero encima y le tuve que pagar. Después que terminó con sus diez intentos me pidió dos dólares más. Siempre que bateaba tenía que decir “¡Línea” o “¡Eso es un doble!” o algo así. Celia llamó mientras él estaba en lo suyo. Le dije que solo estábamos conversando y que después jugaríamos a los bolos por una hora. Que no se preocupara. Ella dijo que ya Diana estaba más tranquila, pero que había llorado cantidad. De pronto parecía que me iba a hacer toda la historia de Diana y Édier, y la tuve que cortar. Ya nos toca jugar, después hablamos, le dije.

Cuando Édier terminó, quiso saber si me apetecía golpear unas bolas. Le dije que no. Luego dijo que estaba seguro de que yo bateaba bien a la zurda, por lo del revés a dos manos del tenis. No sé por qué a alguien le podría interesar que uno batee bien o mal a la mano contraria.

—Édier, asere, estoy cansado, por qué no vamos para la casa —dije, aunque en verdad no quería regresar.

—Todavía Liam, bróder, hazme la media un rato más, que no tengo ganas de verle la cara a Diana. Vamos a hacer algo hasta que se duerma.

—Ella no se va a dormir hasta que lleguemos, Édier. Tú lo sabes.

—Sí, yo sé —pero igual siguió caminando hasta que llegamos a la bolera.

Todavía faltaba como media hora para que fuera nuestro turno. Nos sentamos en una mesa. Estaba sucia, con restos de helado y boronillas de pan, se había desocupado solo unos minutos atrás. Pedimos otra ronda de cervezas. Que pagué yo, claro.

—Cuando llegue a La Habana, si reúno el dinero que tengo pensado reunir, voy a poner un negocio como el de la máquina de pelotas —dijo él.

—Por qué no le pides lo que te falta a Diana —pregunté, y él hizo una mueca. Creo que el dinero que tenía pensado reunir era en realidad dinero que Diana le iba a prestar.

—Piénsalo —dijo después— es un negocio redondo. En este país la gente siempre va a querer batear —hizo una pausa y le pidió al viejo de la mesa de al lado algo para encender un cigarro—. Ya tengo al tipo que va a hacer la malla y todo. Solo hace falta traer la máquina de afuera. Eso es más complicado.

Celia empezó a timbrarme y le colgué un par de veces. Le escribí “Estoy hablando con Édier, él está mal”.

—¿No conoces a nadie? —preguntó después.

—¿Quién?

—Que nos pueda traer la máquina —¿Nos? De pronto yo era parte del negocio.

—No, no conozco a nadie.

—Tú y Celia deberían invertir en algo. Si se unen pueden hacer una buena inversión.

Celia trabajaba en una tienda de regalos. El salario era grotescamente alto. Creo que esa tienda encubría un negocio de drogas o de tráfico de personas, o algo parecido, porque no era normal que les pagaran esos salarios a sus empleados por hacer ese tipo de trabajo. Aunque todo tenía su precio, y Celia tenía que ponerse unas orejeras realmente ridículas para atender a los clientes. Unas orejeras rojas con pinticas blancas. Se suponía que era Minnie Mouse, la novia de Mickey, o algo así. Pero ganaba buen dinero. Y todo lo que tenía que hacer era ponerse las orejeras y decir frases del corte de “¿Puedo ayudarlo con esos condones fluorescentes, señor?” o “¿Va a llevar esa cartera con forma de delfín, señora?”.

Algunas veces, después que terminaba con mis clientes del hotel Occidental, la iba a buscar a la tienda y me ponía a conversar con Walter, el dueño. Tomaba un producto al azar y le preguntaba: ¿Cuál es el precio de esto? ¿Piezas de ajedrez del tamaño de un niño de diez años? ¿En serio? Pero esas piezas de ajedrez ridículamente grandes se vendían muy bien.

—Deberían echarse un almendrón… —continuó Édier— o dos —rio de manera estruendosa  y apagó el cigarro en la mesa. Nunca llegaron a limpiarla estando nosotros allí—. Tienes que invertir ahora, ahora es el momento. Ahora no hay barreras de entrada al mercado. Pero pronto las habrá.

Me puse a mirar la pista de bolos. Había un problema con un bolo trabado y el encargado debía ir personalmente a quitarlo. A veces pasaba. Y los encargados siempre encontraban alguna razón para no hacer su trabajo. La pista quedaba inservible por bastante rato. Y el bolo ahí, en una esquina, esperando a ser removido.

—¿Y el grupo? —le pregunté a Édier, para cambiar de tema. (¿Se suponía que me asustara el inminente agotamiento de las facilidades del mercado?).

—Ahí va —dijo—, ahora tuvimos que sacar a Marvin.

Édier llevaba casi un año tratando de sacar adelante un proyecto que él mismo llamaba “El proyecto”. Para ser más precisos, el proyecto ahora se llamaba Los Factores. Hacían reggaetón puro. De hecho, esa era una de las ventajas del grupo, el hecho de que mientras todo el mundo hacía fusión (a mí también me asusta la palabra fusión) Los Factores marcaban la diferencia haciendo reggaetón puro. Yo los ayudé a escoger nombre. Porque el orden de Los Factores no altera el producto. El producto es bastante parecido a cualquier otro (a pesar de la pureza).

—¿A Marvin? Él cantaba bien, ¿no? ¿Qué pasó?

—Ese mundo no era para él. Es decir, no cuadraba dentro de lo que estábamos buscando.

—¿Qué quieres decir? —Bueno, en realidad el problema es que era negro, y yo soy mulato, y no puede haber dos negros en el grupo. No funcionaría. Estadísticamente está comprobado.

Recordé a Celia diciéndome que Édier era un tipo emprendedor, que aprendiera de él. Siempre lo ponía de ejemplo cuando hablábamos de qué íbamos a hacer con nuestras vidas. Ella no tenía pensado seguir durante mucho tiempo más en la tienda de regalos y yo no quería pasarme toda la vida dando clases de tenis. Y Celia siempre me reprochaba que fuera un inútil, que no supiera hacer nada además de jugar tenis a un nivel decente. En oposición a mí, Édier es un tipo ambicioso, incansable en su empresa de despojar al reggaetón cubano de cualquier impureza o estrechando la mano invisible de Adam Smith. Y en lugar de responder que José es José y Édier es Édier y Liam es Liam, yo solo quería recordar lo que justificaba mi tesis. De una manera estúpidamente poética, claro.

Le decía que Nabokov, por ejemplo, también era un inútil. Ni siquiera sabía manejar. Y ahora una mariposa lleva su nombre: Nabokovia. Solo por ser un inútil no vas a ser un maldito Nabokov, continuaba ella. Aunque claro, es esa predisposición a aceptar la inutilidad como una virtud lo que nos une a mí y al escritor ruso. Aunque yo soy más inútil. Yo ni siquiera cazo mariposas. Ni siquiera escribo.

Como tres mesas a la derecha de la nuestra, habían dos muchachas solas. Le propuse a Édier que fuéramos a sentarnos con ellas. Así que dejamos nuestra mesa sucia  y fuimos hasta la suya. Las dos compartían un refresco. Les pregunté si podíamos sentarnos y respondieron que sí. Y luego, lo que se me ocurrió decirle a una de ellas fue que tenía unas rodillas preciosas. Pero no entendió. Pedanterías mías. Lo peor que uno puede hacer es escoger una muchacha al azar y hacer alusión a una película del año 68. Por supuesto, ella se miró las rodillas con curiosidad, y debió pensar que yo era un tipo raro. Les pregunté de dónde eran. De Guantánamo. De qué parte. Una de Yateras y la otra de Yateritas. Entonces les pregunté cuál de los dos lugares era mejor para vivir y dijeron que los dos eran bonitos, pero Yateras era más céntrico. Escuchar eso hizo que me sintiera miserable. Me entraron ganas de re- gresar a la casa y acostarme a dormir. La de Yateras hasta parecía orgullosa de no vivir en Yateritas.

Una se llamaba Iraida y la otra Yaima. Les pedimos unas cervezas y se las tomaron como en dos minutos. Era su primera vez en Varadero. Se estaban quedando en un hotelito de la UJC. Les habían dado esa reservación como un estímulo. Cuando nos llegó el turno de jugar a los bolos, ya Édier no estaba interesado. Ahora quería saber todo de la ciudad de Guantánamo. Solo que ellas nada más habían ido un par de veces a la ciudad y no sabían mucho.

Después Édier empezó a inventarse historias. Dijo que era dueño de una flota de almendrones en San Antonio de las Vegas. Se hizo el que no podía creer que ellas no conocieran a Los Factores. Quiso saber qué tipo de música escuchaban en Oriente que no estaban sonando Los Factores.  De mí dijo que era profesor de tenis y que cobraba a quince dólares la hora. ¿Profesor de tenis? ¿Y aquí se juega eso? Aunque una de ellas no quería creerlo, la otra recordó que sí, que había visto, al llegar, canchas de tenis en algunos hoteles.

Édier preguntó a dónde querían ir. Que pidieran por esas bocas y escogieran cualquier lugar. Ellas dijeron que lo que querían hacer de verdad era ir a la playa. Así que compré una botella de tequila y salimos de la bolera. Nunca habían tomado esa bebida (cualquier cosa las impresionaba), pero aun así la bajaban como agua. Recordé a las pijas del Melen o del bar Espacios, como les gustaba hacerse las de los tequilas, y al tercero estaban noqueadas. Para estas guantanameras, nosotros éramos unos blanditos. Esa fue la palabra que utilizaron. Blanditos. Y lo éramos.

Había que ver la cara que pusieron cuando Édier apagó la alarma del Yaris. Se empezaron a reír como unas locas. Por cada cinco palabras que ellas decían, había un “papi”, pero desde que vieron el carro los papis se incrementaron. Antes de montarse, tuvieron una pequeña conversación aparte. Luego nos preguntaron si éramos militantes de la juventud, y les respondimos que sí. Aunque no lo éramos.

Bajamos por 50. Édier empezó a dar vueltas por todo Varadero. En algún momento pasamos por La Caverna y ellas se burlaron de algunos rockeros que se veían afuera. Esos pelúos, dijeron, con el calor que hace para que tengan esas matas de pelos. Y yo me reí, porque a veces la gente da en el blanco con las razones equivocadas.  Me alegré de no haber ido a ese lugar. Me hubiera pasado toda la noche hablando con esos tipos superradicales que escuchan en secreto a AvrilLavigne. Cualquier sugerencia de ellos estaría en la línea de que nombraras Papa Roach a tu pastor alemán o de que consiguieras ¡ya! uno de esos peinados para los que ningún champú viene bien. Todo repetido eternamente en un ciclo en el que siempre habrá nuevas Avrils y perros nombrados Jared Letto, y también otros peinados que cumplan las mismas estúpidas funciones. De momento, Iraida y Yaima y Édier y yo habíamos sido puestos a funcionar en otro ciclo. Pero este contaba con el culo de Yaima. Algo que no tenía nada que ver con la reproducción ampliada de la estupidez humana.

Al final terminamos en la zona de la playa más cercana a la casa.

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Nos sentamos en la arena. La botella de tequila ya andaba por la mitad. Entonces ellas empezaron a bailar, sin que hubiera música ni nada. No sé por qué me dio tanta tristeza verlas menear el culo así, sin música. Édier se reía, y yo también. Solo que yo lo hacía porque no sabía qué otra cosa podía hacer.

Celia me empezó a timbrar. Y yo a colgarle. Pero me llamó tanto que tuve que cogerlo. Así que mandé a callar a todo el mundo.

—¿Liam, por qué no coges el teléfono? —me dijo, y luego no dejó que respondiera—. Mira, escucha, aquí están los bomberos… y la policía. El viejo de arriba estaba muerto, llevaba cinco días pudriéndose allá arriba.

No dije nada.

—¿Liam, me escuchas? ¿Viste eso?

—Sí.

—Aquí está todo el mundo. El edificio completo. Te estaba llamando hace rato. El cuerpo estaba todo rígido.  Corrompido. Imagínate, llevaba cinco días muerto y nadie lo sabía —todas las palabras me parecían raras: el cuerpo, corrompido—. Liam, no vas a creerlo…

—¿El qué? —Tuvieron que sacar el cuerpo por el balcón. Dicen que no cabía por la puerta. ¿Qué raro, no? ¿Todo como surrealista, no?

—Sí.

—¿Te imaginas? Yo vi al viejo un par de veces y era grande, pero cabía por la puerta, ¿no? Entraba y salía, ¿no? Bueno, lo sacaron con una grúa, dentro de una caja. Estoy… impresionada. Yo que pensé que lo había visto en el programa ¿te acuerdas? Y ahora lo vi, yo nunca había visto un muerto así, en vivo.

En ese momento una de las muchachas, Iraida, no pudo aguantar la risa.

—Ssssh —dijo Édier.

—Liam —dijo Celia— ¿qué pasa? ¿Quién te está mandando a callar? ¿Con quién están ustedes ahí?

—Estamos en la bolera… jugando. Édier y yo. Nadie más —a las dos muchachas les estaba costando aguantar la risa.

—¿Y con quién tú dices que están? —ella siempre repetía las preguntas como si uno fuera a dar una respuesta diferente.

—Estamos los dos. No hay nadie más. Ya casi vamos para allá.

—Oye, pues estaba todo inflado, y los fluidos corporales y todo eso. Y el olor. Creo que este olor no se va a ir nunca. En serio, no sé cómo no lo notamos antes. Es decir, llevaba muerto tremendo tiempo. Tengo el olor pegado en la nariz, ese olor a ratón muerto.

Escuché que Diana decía por detrás que Holden hasta para morirse había dado problemas.

—Oye, es tarde, ¿cuándo van a venir? Es tardísimo. Tengo sueño.

—Ya casi vamos, estamos terminando. Es que Édier está mal.

Cuando terminé de hablar Édier preguntó qué pasaba y le dije que lo de siempre. Las muchachas siguieron bailando. Más tarde Yaima se quitó la blusa que llevaba puesta y la lanzó en mi cara. Édier empezó a aullar. Sacó su móvil y empezó a filmarlas, mientras bailaban. Las imaginé a las dos regresando a Yateras o a Yateri- tas, presumiendo de todo lo que habían visto y hecho en Varadero. Habían tomado tequila y habían comido en la mesa sueca del hotel y se habían montado en un Toyota Yaris y un millón de cosas más. Luego sus novios les dirían que bastaba ya de hacerse las habaneritas y ellas volverían a ser las mismas. Iraida y Yaima.

Al pensar en lugares como Yateras siempre me venían a la mente imágenes como las de una vaca siendo ordeñada, y niños bañándose en un río. Claro, seguro esas imágenes son solo los clichés con los que se identifica a Yateras en el mundo entero. Yateras debe ser mucho más. O al menos eso espero. De cualquier forma, el papá de Diana nunca iría hasta allá a pedirle a nadie que cogiera la orillita, ni habría bolos atascados que atentaran contra la fluidez del juego, ni hoteles que serían demolidos para construir otros hoteles.

Las muchachas se quitaron toda la ropa hasta quedarse solo con las trusas que llevaban debajo. Édier estaba emocionado. Yaima me echó arena arriba y se mandó a correr para el agua. La otra la siguió.

Mi teléfono volvió a sonar. Celia otra vez. Dijo que me apurara, que había jugado a las cartas con Diana y nos tocaba dormir en la cama. Luego me quedé un momento sin decir nada. Édier se estaba quitando el pantalón. No podía pensar en una peor manera de terminar la noche, que metiéndome en la playa. ¿Y después qué?, me pregunté.

—La noche no termina… —dijo Édier de pronto— esto sigue —y fue corriendo para el agua.

Después de quedarme en calzoncillos, fui yo también. El agua estaba fría. Édier chapoteaba como un niño. Estábamos en febrero y yo no tenía ningunas ganas de regresar a La Habana. Avancé más. Recordé que esa tarde algo había picado a Diana en esa misma parte de la playa. Y me dio miedo. Estaba todo muy oscuro y me dio un miedo infantil. Yaima venía hacia mí. Entonces pensé en las rositas de maíz que luego de pasar los dos minutos y treinta segundos en el microwave, no explotan. Por alguna razón, no lo hacen.

2014

Especial para La Jiribilla

 

Miguel Rey: Narrador cubano. La Habana, 1992. Licenciado en Relaciones Internacionales. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, la Beca de creación “El Caballo de Coral”, la beca “Fronesis” de creación novelística y el premio Calendario de narrativa (2015). Tiene publicada la colección de cuentos Hábitat (2016).