Luz brillante analg├ęsica

En el barrio vivía una señora que se llamaba Juliana y ella padecía de dolor en los huesos. ¿Y qué resultó? Que vinieron unos familiares a visitarla porque, bueno, estaba enferma, estaba en cama, no podía levantarse, e inclusive estaba un poco jorobada ya del dolor en los huesos. Y entonces vinieron y rápidamente idearon la forma de curarla. Ellos se aparecieron allí y dijeron que ya… Bueno, supongo que habían tenido alguna experiencia, positiva o negativa, pero no lo dijeron, ¿sabe? No lo dijeron. Le comunicaron a Marina —la hija de Juliana— que la cosa era sencilla, que Juliana se iba a curar rápidamente con unas fricciones de luz brillante que ellos le iban a dar.


Ilustración: Sigfredo Ariel

 

Entonces, ¿qué resulta?, que la hija dijo: “Bueno, yo nunca he oído eso, que para el dolor en los huesos haya fricciones curativas de luz brillante”. “Pues, mire, sí, y nosotros se la vamos a dar por arriba de la cabeza de quien sea”, respondieron. Porque como eran familia tenían cierta autoridad en el asunto. Y entonces, pues, bueno, como nadie se opuso enérgicamente porque la única que había era la hija —Juliana vivía con la hija nada más— y entonces la hija era la única que hubiera podido oponerse. Y como vinieron dos o tres: una hermana creo que era, dos sobrinas… eran demasiados para la hija sola… y también ella, en el afán de que a Juliana se le quitara el dolor, pues dejó que le dieran las fricciones. Trajeron una lata de peras de las que había antes y la llenaron de luz brillante. Metían la mano dentro de la lata de peras y le friccionaban todo el cuerpo, no solo en el lugar que tenía dolor, porque decían que ese dolor se iba a ir transmitiendo lo mismo a los pies, que a la cintura, que a la cabeza, que a todos lados, y le dieron fricciones de luz brillante desde la frente hasta los dedos del pie… ¡Hasta en el blanco de los ojos le dieron fricciones! Figúrese usted, la luz brillante aquella empezó a penetrar en el cuerpo y el olor que tenía la pobre Juliana era tenebroso. También se empezó a poner colorada, porque la quemó. Pero, bueno, aguantó, aguantó ahí un poco. Se fueron las parientas por la mañana, pero al tercer día, ¿qué fue lo que pasó? Que Juliana se empezó a despellejar en las partes que más fricciones le dieron, como es lógico. Los parientes le preguntaban: ¿Dónde te duele más? Y donde más le dolía le friccionaron más. Y en esas partes que más le friccionaron, pues largó el pellejo, y al fin y al cabo Juliana tuvo que parar en el médico, con una pomada y otro tipo de medicinas. Porque siguió jorobada, pero aparte de los dolores en los huesos, que siguieron, anduvo un tiempo también despellejada que parecía una majasa.