Los veinte mil días de Emilio Renzi

Ricardo Piglia (1941-2016) “apiló” su vida en 40 cajas de cartón, las mismas que contenían los 327 cuadernos que fue llenando a lo largo de su intensa actividad como escritor “consciente”. Son apuntes que arrancan en 1957, cuando el autor de Plata quemada contaba con tan solo 16 años de edad, y llegan hasta 2015, un año antes de su muerte. Cada día, según ha narrado él mismo, anotaba febrilmente pensamientos y sucesos en una libreta de tapas negras. Anotaba para sí, está claro, para evitar que lo vivido y lo soñado cayera en el pozo de la desmemoria; pero también escribía para un hipotético futuro lector, ese que ahora, gracias a la Editorial Anagrama, puede acceder a los tres tomos que conforman Los diarios de Emilio Renzi: Años de formación, Los años felices y Un día en la vida.

Piglia “intervino” la escritura inicial de los diarios, así muchas anotaciones pasaron a la tercera persona, ya que es Renzi —y no Piglia— quien cuenta, edita, ordena, da sentido final a aquella aventura juvenil que se prolongó por todo su plazo vital. Renzi es el alter ego de Piglia, y aparece por primera vez en el relato “La invasión” (1967). Emilio y Renzi son el segundo nombre y el segundo apellido del escritor. Es como si Ricardo Pigla se desdoblara en Emilio Renzi: dos vidas, dos biografías, dos destinos paralelos.

Una vez le escuché decir a Félix Pita Rodríguez que entre el escritor y su obra existe la misma relación que entre la abeja y la miel: se condicionan mutuamente, pero no son lo mismo. La existencia verificable de Ricardo Piglia da lugar a las aventuras de Emilio Renzi. Y, a su vez, Emilio Renzi es el testimonio de una vida fecunda, devorada en la hoguera de la creación y entregada a ella.

Los primeros cuadernos recogidos en Los diarios de Emilio Renzi atesoran la arqueología y el proceso de formación de la sensibilidad de Piglia, sus tropiezos amorosos, sus fulgores vitales. Devienen, además, minuciosos informes de lectura, al tiempo que marcan los principales sucesos de la historia de Argentina y del mundo, de los cuales opina desembozadamente, con la pasión inherente a todo animal político.

Piglia dejó dicho lo que pensaba de esta muestra ejemplar de ¿grafomanía?:

El diario, sin duda, es un género cómico. Uno se convierte automáticamente en un clown. Un tipo que escribe su vida día tras día es algo bastante ridículo. Es imposible tomarse en serio. La memoria sirve para olvidar, como todo el mundo sabe, y un diario es una máquina de dejar huellas. Me gustan mucho los primeros años de mis diarios porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad, pero en ese tiempo me preocupaba, era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias. Empecé a robar la experiencia a gente conocida, las historias que yo me imaginaba que vivían cuando estaban conmigo. Escribía muy bien en esa época, dicho sea de paso, mucho mejor que ahora, tenía una convicción absoluta, que es siempre la mejor garantía para construir un estilo.

Aquí los dejamos con breves fragmentos de los diarios de Ricardo Emilio Piglia Renzi, de lectura más que deleitosa. No lo escribió así, pero seguramente lo pensaba: en vez de ser una estúpida conversación con el “querido diario”, los veinte mil días anotados están dirigidos a ese “querido lector” que somos todos.  (AF)

 

En el umbral

 

[…] Mi abuelo, dijo Renzi, abandonó el campo y vino a vivir con nosotros a Adrogué cuando murió mi abuela Rosa. Dejó sin cambiar la hoja del almanaque en el 3 de febrero de 1943, como si el tiempo se hubiera detenido la tarde de la muerte. Y el aterrador calendario, con el bloc de los números fijo en esa fecha, estuvo en casa durante años.

 Vivíamos en una zona tranquila, cerca de la estación de ferrocarril, y cada media hora pasaban ante nosotros los pasajeros que habían llegado en el tren de la capital. Y yo estaba ahí, en el umbral, haciéndome ver, cuando de pronto una larga sombra se inclinó y me dijo que tenía el libro al revés.

 Pienso que debe haber sido Borges, se divertía Renzi esa tarde en el bar de Arenales y Riobamba. En ese entonces solía pasar los veranos en el Hotel Las Delicias, porque ¿a quién sino al viejo Borges se le puede ocurrir hacerle esa advertencia a un chico de tres años?

 

¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).

 

1957-1958

 

Miércoles

 

Nos vamos pasado mañana. Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, no al que se deja de ver. Gané al billar, hice dos tacadas de nueve. Nunca había juagado tan bien. (...)

 

1960 / Lunes 18

 

No tengo interés en registrar mi vida cotidiana, mis actividades y las clases a las que asisto.

Siempre he pensado que estos cuadernos tenían que ser la historia del espíritu absoluto de un individuo cualquiera. Espíritu porque lo que importa existe fuera de la materialidad inmediata, porque así es mi decisión de convertirme en un escritor.

 

1965 / Viernes

 

Nos interesa la literatura norteamericana porque permite ver cómo grandes artistas (Salinger, F. O’Connor, Truman Capote, Carson McCullers) son también populares. Único caso en la literatura contemporánea. Hay dos motivos, creo. La amplitud del sistema de enseñanza, que pone obras en la lista de lectura obligatoria, y una industria literaria muy desarrollada. El segundo motivo es la gran tradición narrativa que logra incorporar la experimentación formal a la tradición novelesca.

¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía. La imposibilidad de aceptar la convención, el agudo sentido del ridículo que me obliga a escucharme cuando hablo “intencionalmente”, desbarajusta mis posibilidades de asumir el matiz estilístico. Llamar a una mujer por teléfono supone un modo fundado en ciertas pautas que no se pueden nombrar y están sobrentendidas. Recién H. dijo “que descansen bien” y yo esperé inútilmente su risa del otro lado. Pero ella hablaba en serio… Como la vez que le dije a Elena “la princesa está triste” en el mejor estilo irónico y anti romántico y ella se lo tomó en serio y me dijo: “¿Cómo te diste cuenta?”.

Nota. Un lenguaje es un sistema arbitrario por medio del cual actúan entre sí los mismos miembros de una comunidad y así aprenden un determinado modo de vida. La realidad tal como la conocemos está condicionada por la categoría gramatical y sintáctica del lenguaje que usamos (decide el orden, la continuidad, los tiempos verbales, es decir, la conciencia de la distinción entre presente, pasado y futuro). La gramática ordena el orden del mundo y propone una morfología (que se ocupa de la estructura de las palabras) y una sintaxis (que se ocupa de la manera en que las palabras se combinan en oraciones y en frases).

 

Viernes

 

Anoche me emborraché, sin enterarme. Lo supe hoy a la mañana cuando me desperté con una mujer desconocida en la cama. “Hola, precioso”, me dijo, y yo la miré (era rubia de ojos claros y tetas grandes), y le pregunté: “¿Vos de dónde eras…?”. Se ofendió y se fue, de modo que no pude saber cómo se llamaba. Tengo recuerdos fugaces, el taxi o el ascensor, la almohada. El resto es silencio. Los recuerdos se borraron como si estuvieran escritos con lágrimas.

Hace un rato, caminando por la recova en el Bajo desde plaza de Mayo a Viamonte, hablando solo, volví a estar seguro de todo, convencido como antes de mi futuro y de la estrella que me protegía, y era feliz y ciego.

No hay procedimiento narrativo que no sea artificial, es decir, que no se le imponga al lenguaje cotidiano como un uso inusual. Por eso me sorprendió la declaración de Germán Rozenmacher cuando dijo que narrar en presente era artificial, quiso decir afectado, y sin embargo las personas que uno oye en la calle usan el presente como base de la conversación. “Entonces me dice… y yo le digo… y él me dice”, un modo bastante “natural” de contar la propia vida.

(Sobre lo mismo). Un hombre que, para vencer el pasado de su mujer, la deja y se convierte él mismo en pasado para ella. Un pasado más novedoso o más valioso que el anterior (del cual él estaba celoso). Porque en el amor sólo importa el presente, que es el tiempo de la pura pasión, aunque en ciertas circunstancias el presente nos interesa por lo menos para destruir el ardor del pasado que él imagina (por ejemplo Otelo). Entonces es necesario dar el salto, dejar el presente, entrar en el pasado para estar en igualdad de condiciones. Como quien entra en una pieza alta desde la que lo insultan impunemente y puede por fin ver la cara de sus enemigos. Ése es el momento en el que Otelo ahoga a Desdémona con una almohada blanca, para no oír los gritos que llegan de la pieza vecina (en su cabeza).

Es necesario insistir: la evasión (por ejemplo la literatura de evasión) no es en sí misma un defecto o una virtud. Todo depende de cómo volvamos de la evasión: si más fortalecidos para nuestra actitud frente al mundo o más deteriorados y desintegrados para nuestra vida. […]

 

Viernes 31 de diciembre

 

Releer mis cuadernos es una experiencia novedosa, quizá se puede extraer, de esa lectura, un relato. Todo el tiempo me asombro, como si yo fuera otro (y es lo que soy).

Es impresionante comprobar que yo decidí mi destino ciegamente en esos años (1958-1959), aquí en este cuarto con una ventana que da a las ramas del jacarandá plantado, antes de que yo naciera, en la vereda. Impresionante recordar ya que hablamos del destino—la importancia de la casualidad.

 

1966

 

Miércoles 19

 

Paso la noche sin dormir, recurro, parece ser, al insomnio: he sido inmune toda mi vida a perder el sueño. No recuerdo otra noche como la de anoche. Pensé que viajaba en un tren de larga distancia, me había instalado en la cucheta de arriba del camarote personal en el que yo me disponía a pasar una semana. La sensación de la marcha, el sonido de los rieles y la luz de los pueblos desiertos que cruzábamos velozmente me hicieron dormir cerca de la madrugada. La duermevela, la etapa inmediatamente previa al sueño, tiene un aire onírico, y sin embargo somos nosotros quienes imaginamos lo que vemos. Estuve también parte de la noche urdiendo dedicatorias del libro que todavía no publiqué ni terminé de escribir. ¿No hay, en esas imágenes en las que uno entrega personalmente un libro que ha escrito a un amigo —o a alguien— y le firma un ejemplar luego de escribir una frase, un remoto sentido de la literatura? Escribimos siempre para personas concretas y se podría escribir un ensayo sobre el sentido de las dedicatorias.

La loca lucidez de las cinco de la mañana, después del largo encuentro con Ramón T. tomando ginebra. Él quiere convencerme de que continúe con la revista Literatura y Sociedad. Tiene una noción clara de lo que se debe hacer, ya que está dedicado a construir lo que él llama “la situación revolucionaria”. Una revista literaria o el asalto a un cuartel tienen para él la misma función, siempre que haya alguien que sea capaz de conectar un hecho con el otro. En un sentido es un clásico pensamiento paranoico. Como los locos, los revolucionarios profesionales están convencidos de que “todo tiene que ver con todo”. Anoto una de las dedicatorias que se me ocurrió en la noche. A Lucía, culpable del 87% de este libro. (Me gusta incluir una cifra en una dedicatoria). Salí del insomnio con los ojos vendados y una certidumbre: no puedo aceptar haber decidido perder a Inés. Pero hoy, me dijo ella, uno puede liberarse mecánicamente de este cuerpo escindido. En una época, dijo, en la que existen los excitantes y los sedantes, es inconcebible tener penas de amor que duren más de seis horas. Estaba sonriendo, joven y bella, cuando siguió anunciando cínicamente las verdades del mundo y dijo: “En una época en la que existen las cirugías estéticas y los institutos de belleza, es insensato que vos prefieras una mujer a otra. “En una época”, agregó, “en la que existen las píldoras anticonceptivas y la inseminación artificial, no es posible transmitir todavía nuestras taras, nuestras angustias y nuestra fealdad a hijos propios o ajenos”. Se inclinó sobre la mesa y me preguntó si yo no estaba de acuerdo. […]

 

Miércoles 2 de noviembre

 

Desde hace un tiempo vivo precariamente, con cien pesos por día, muy poca plata, siempre tengo una leve inquietud producida por el hambre. Pero nunca pienso en el futuro, no me importa la economía si sé que voy a trabajar toda la noche.

 

1967

 

Miércoles 13

 

Trabajos por hacer, cuestiones varias. Plan de la novela. Antología norteamericana y latinoamericana. Serie en Editorial Estuario. Proyectos en Editorial Tiempo Contemporáneo. Me gano la vida como editor, o mejor dicho, como director de colecciones, es decir, soy un lector profesional [...].