Los títeres y el Oriente

Enero es un mes lleno de sorpresas, casi siempre agradables. Como si José Martí, en el período  de su nacimiento, cuidara con su luz benefactora el inicio del año. Entre las admiraciones de este lapso se halla la entrega del Premio Nacional de Teatro, concedido en 2017 a la actriz, dramaturga y directora Fátima Patterson, fundadora del Estudio Teatral Macubá, de Santiago de Cuba.

foto de Agustín Quevedo,Angel Elisástegui y Fátima Patterson
Baroko,1990. Cabildo Teatral Santiago. En primer plano, Fátima Patterson,
Agustín Quevedo y Angel Elisástegui. Foto: Archivo de Carlos Padrón


Las imágenes de una Fátima jovencísima, luciendo su sonrisa de nieve en el escenario del Conjunto Dramático de Oriente, pasan por mis recuerdos de niño. Soy coterráneo de la artista premiada con el más importante galardón de las tablas cubanas. Soy, además de su compatriota, vecino del mismo barrio; ambos nacimos en Los Hoyos, en el seno humilde de familias negras y mulatas, con la conga resonando en las venas, vibrante la herencia mambisa y un valor especial para enfrentar las contingencias cotidianas.

Los directores artísticos Carlos Celdrán y René Fernández, la actriz Corina Mestre, el dramaturgo Gerardo Fulleda y la diseñadora Nieves Laferté, que fungieron como jurado del premio; otorgaron por segunda vez el lauro escénico a una creadora que trabaja y vive fuera de los límites capitalinos. Un hecho similar ocurrió en 2007, cuando el maestro titiritero y matancero René Fernández Santana obtuvo esta máxima distinción, junto a los colegas René de La Cruz, Maria Elena Molinet y Eduardo Arrocha.

 

foto de Fátima Páterson
Fátima Páterson, junio de 2015. Foto: Sonia Almaguer

 

Santiago de Cuba está de fiesta. La prieta más jacarandosa, obstinada, comprometida y vital de su universo dramático ha sido reconocida con todos los honores, haciéndosele justicia de esta manera a la huella indeleble y constante del laborioso conjunto que ella dirige desde 1992. Cada vez que he regresado a mi tierra natal, los tambores y las voces coloridas de sus actores y actrices me convocan a estar allí, disfrutar de la manera sui generis con que abordan la cultura caribeña, sus tradiciones, costumbres devotas, el mundo femenino, la racialidad. Nadie que haya estado en Macubá puede dejar de regresar y de todo eso Fátima es la máxima culpable.

Cuando dieron la noticia en la televisión nacional, enero me regalo otras sorpresas. Junto a la maestra Fátima Patterson tuve el honor de quedar finalista del Premio Nacional de Teatro, al lado del actor Dagoberto Gainza, otro santiaguero grande, habitante perenne de esta lista decorosa desde casi los inicios del distinguido laurel. Mis otros colegas de terna fueron los maestros titiriteros Armando Morales, fundador junto a los hermanos Camejo y Carril del Teatro Nacional de Guiñol, y Zenén Calero, de Matanzas, el diseñador más prolífico del retablo cubano desde que se hiciera profesional en 1979 y mi compañero de batalla en el Teatro de Las Estaciones.


Estudio Teatral Macubá, en su sede habitual. Escena de El huracán y la palma, obra de Carlos Padrón.
Foto: Sonia Almaguer


Artistas del Oriente del país y titiriteros arribaron en 2017 a la fiesta en que se convierte cada enero la concesión del Premio Nacional de Teatro. Por varias razones me siento ganador del trofeo alcanzado honrosamente por Fátima. De la lucha incansable por la dignificación de los escenarios cubanos hemos hablado muchas veces, ella desde la poética inconfundible de su grupo y yo desde mis obsesiones por un teatro de figuras que rescate y crezca un linaje que ha tenido momentos dorados. El correo electrónico cruzado con la premiada no más conocer la noticia así lo corrobora: “Este premio es tan mío como de ustedes”.

El 22 de enero, en Santiago de Cuba, debería sonar  la corneta china que identifica a la conga oriental en el comienzo del acto de premiación. Escuchar ese clamor que trae consigo un hervidero de alegrías y dolores, anunciará que la líder de un colectivo que une las palabras Madre y Patria para nombrarse, estará siendo coronada. En ese acto se reconocerá una trayectoria de años de entrega, amor y fe en la utopía del teatro, que es decir el sueño de la vida, un sueño tan nítido que almacena sonidos, latidos y respiraciones infinitas.