Los títeres también hablan de amor

El día de San Valentín pasó; transcurre cada año entre regalos y promesas de los novios, amantes y casados en muchas partes del mundo. Un amigo muy querido me comentó medio en broma, medio en serio, que no se imaginaba una celebración amorosa protagonizada con muñecos, pues en ellos todo es muy engañoso y disparatado. Lo miré fijamente. Conocedor él de la vehemencia con que suelo hablar sobre los temas que se refieren al retablo, me espetó rápidamente que era solo una opinión, no una certeza; entonces respiré, ¿pueden haber adjetivos más relativos a estos sentimientos que engañoso y disparatado? Mi respuesta ante su salida inteligente quedó en el aire. Estas palabras intentan aterrizar mi criterio al respecto.


Entre los autores que corroboran con toda firmeza que los muñecos hablan muy bien de amor, más allá de exageraciones o desatinos propios del género titiritero ―y humano también, cómo no―, está sin dudas el poeta y dramaturgo granadino Federico García Lorca. Pasiones no correspondidas, descritas con maestría y sabor delicado, hay tanto en su obra temprana El maleficio de la mariposa, como en esa pequeña joya titulada Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín. Ambos textos, escritos en las primeras décadas del siglo pasado, son modélicos si se habla de amor en la literatura para teatro de figuras universal. 

Recuerdo también en la escena II del texto lorquiano Los títeres de cachiporra, cuando Cocoliche, el novio menospreciado por el padre de Doña Rosita, expresa en su soledad: “Me suenan los oídos como si estuviera en lo alto de una sierra. Estoy como si fuera de papel y me hubiera quemado con la llamita de mi corazón”. El amor del personaje-títere compite en buena lid con el shakesperiano Romeo y su sentimiento hacia Julieta y viceversa, ni más ni menos.

Amor, colosal y enloquecido, como todos los amores, manifiestan en la obra La calle de los fantasmas, los infantes Juancito y María, creados también en los años treinta por la mente desbordada del argentino Javier Villafañe, quien a su vez vio trabajar a Lorca con sus títeres en Buenos Aires. Este fragmento que copio a continuación, pleno de ingenuidad y ternura, confirma con creces lo que digo.

Juancito. (Sacando pecho) Yo no tiemblo. Yo no conozco el miedo. Tocá. (Señalando un brazo) Tocá los músculos.

María. (Tocando el brazo) ¡Que músculos Juancito! ¡Qué músculos! (El cabello le cubre la cara)

Juancito: (Ordenándole el cabello) ¡Pero el cabello, María!

No hay forma más hermosa de describir lo que se siente frente al ser amado, que esta última frase alusiva a las hebras, siempre al viento, del copioso pelo de María. El joven novio ordena una y otra vez, con ardiente sutileza de muñeco, durante toda la representación, los hilos capilares de la agitada muchacha.

Pienso en la criollísima versión que Abelardo Estorino, uno de nuestros más valorados autores nacionales, realizara en los años sesenta sobre el cuento anónimo popular La cucarachita Martina, primero representada por actores y luego con expresivas máscaras, en el Teatro Nacional de Guiñol, bajo la dirección del experimentado Pepe Camejo.

Ratón. Buenas tardes. (Suenan campanitas.)

Cuca. Maravillosas tardes.

Ratón. ¿Quieres unos manicitos?

Cuca. No, gracias. Ya almorcé.

Ratón. Yo también, pero unos manicitos no vienen mal. Yo quisiera decirle algo, o mejor cantarle una canción. Estás tan linda y tan empolvadita

(Canción del Ratoncito.)

Linda fresca rumorosa,

la mañana alegre está,

aires dulces nos envuelven,

¡Suenan campanitas!

Blancas, rojas, amarillas

las flores de mi ventana.

Tú, flor campana,

mañana alegre,

amor de agua,

siempre en la ventana.

Con la gracia del teatro bufo y poesía transparente que llega lo mismo a pequeños que a mayores, Estorino teje la clásica fabula entre animales, no exenta de delirios, como reconoce mi amigo. Habría que preguntarse si la alucinación y el desvarío son ajenos a los sentimientos de amor.

No puedo dejar de mencionar entre lo mejor escrito para niños en Cuba, en los años setenta, la pieza en doce cuadros Ruandi, de Gerardo Fulleda León, representable lo mismo por actores que por títeres. Dos muchachos de diferentes clases sociales, el esclavo Ruandi y Belina, la hija del hacendado, establecen una relación tan linda como imposible para la época. En uno de los varios y valiosos arranques poéticos que exhibe el texto, el pequeño esclavo canta a la inmensidad camino del palenque cimarrón: 

No quiere dormir la Luna

sobre lo alto de un pino.

Quiere dormir en tu almohada

donde no se sienta frío.

¿Quién dijo que los títeres no hablan de amor? Ubicado en tiempos más recientes, está el texto Media naranja, de Roberto (Kiko) Figueredo López, estrenado por el Teatro La Salamandra en 2004 y ganadora del Premio al mejor texto en el Encuentro de Teatro Profesional para Niños y Jóvenes de Guanabacoa, 2005. Una historia de capa y espada,  magia y cachiporra, donde un humilde Naranjero se enamora de la princesa, hija de Su majestad Primerio Secundino Tercero.

Prometida la doncella al Duque de menta seca, será el amor quien deshaga los entuertos y traspiés urdidos por los personajes negativos. “Su hija tiene el sueño del amor. Solo despertará cuando un joven traiga la mitad de la naranja que falte y la coloque en su corazón”, le advierte al Rey la Hechicera del bosque de peras, y yo no sé (o sí lo sé con toda seguridad) por qué el consabido engaño, cercano a las figuras del retablo, o al disparate común de los títeres, me remite constantemente a la tan llevada y traída definición del amor.

Pudiera citar muchos ejemplos, de aquí y de allá, sobre historias titiriteras relacionadas con la fuerza de Cupido, pero al igual que no quise agobiar a mi amigo con múltiples razones sobre la relación amor-títere, tampoco pienso abrumar a mis lectores. Los dejo con fragmentos de un diálogo que habla de engaños y disparates,  entre un sapo o pelegrinito y su novia rana. Pertenece a la obra de Norge Espinosa, Federico de noche (Pequeña suite para un niño abandonado, inspirada en poemas y prosas juveniles de Federico García Lorca).

La Pelegrinita. …¿Es que alguna mariposa

                            Vino a robarme tu calma?

                            ¿O una estrella errante pudo

                            hacer que así me olvidaras?

El Pelegrinito. Ni una estrella, ni un insecto.

                        Te lo confieso: es un hada,

                         a la que vi hace dos noches

                         entre las cuerdas de un arpa.

                         ¡Ay, perdóname! Te juro,         

                         por tus ojos y mis ancas,

                         que te hubiera sido fiel

                         si ella así no me mirara!

Escrita para Teatro de Las Estaciones, en 2009, por el mencionado poeta, crítico y dramaturgo, la pieza obtuvo el premio Avellaneda al mejor texto de teatro para niños del Festival Nacional de Teatro de Camagüey 2010. Si esto no es amor del grande y bueno, tal vez pudiera darme por vencido y aceptar definitivamente que los títeres nunca hablaron ni hablarán de amor.