Los signos de un retrato íntimo
Una exigua contraluz se proyecta en el contorno de su rostro, en su icónica estatura. Su desarreglada barba y su gorra guerrillera bastan para dibujar al personaje. Es la virtud de la sobria fotografía, del trazo erguido pintado por la lente y el ingenio cuando se afana en seducirnos. Y lo logra, para retratar las esencias de un hombre moral.

Esa es la imagen de cabecera al interior de Fidel Castro. Retrato íntimo, del fotógrafo Alex Castro, preámbulo del libro que resume y anticipa el vasto discurso de sus páginas al cuidado de Ocean Sur, una editorial cuyo prestigio está suscrito por el rigor y la pluralidad temática de alcance universal. Asimismo, destaca su apuesta cultural de excelencia, empeñada en fortalecer la memoria, el pensamiento progresista y la historia de nuestros pueblos de América.


Fotos: Internet

Son textos trazados en variopintos encuadres erigidos como apuntes humanos, dispuestos a dibujar un hombre lúcido, imprescindible, cercano.

Permeada de colores, una primera selección de fotos nos revela los signos del retrato que definen la escritura del autor. Son textos trazados en variopintos encuadres erigidos como apuntes humanos, dispuestos a dibujar un hombre lúcido, imprescindible, cercano. Alex aprovecha cada resquicio de luz y los momentos que la impronta le regala para delinear lo sustantivo del rostro, lo singular de la fisonomía.

Con estas fotos el artista comparte la cotidianidad de Fidel, sus avatares en los espacios sociales, los encuentros con amigos. En ellas habitan los pliegues de su piel curtida de lunares, los singulares gestos de sus alargadas manos, las expresiones de un hombre de probado carisma; un líder capaz de cautivar multitudes atentas a su oratoria, en cuyos vórtices afloran las ideas, los argumentos y la pasión que fortalece el sentido de sus palabras.

Son las huellas de un hombre vital, dialogante, activo, arropado con su simbólico verde olivo y su charretera de Comandante en Jefe.

Son las huellas de un hombre vital, dialogante, activo, arropado con su simbólico verde olivo y su charretera de Comandante en Jefe. En estas impresiones mora también retratado desde el desenfado, vestido con ropa deportiva, próximo, sosegado. Son las notas relevantes de estas piezas, caracterizadas por trazos de acabadas texturas donde afloran la ruptura con las etiquetas, al jerarquizar lo auténtico de nuestro Fidel.

Es coherente en Alex Castro que en este primer capítulo de la antología se desprenda de los fondos para signar la piel de su retratado, los gestos que le distinguen, las miradas que lo definen. Son variadas expresiones impresas en un cuidado volumen, en cuyo espectro se delinea la denotada búsqueda por escribir cercanía, transpiración del tiempo, humanización de su personaje. Todas ellas constituyen logradas aspiraciones marcadas por la requerida intencionalidad, a contrapelo del arte por el arte, siempre insulso, signado por el vacío del intelecto.

Un segundo capítulo se concibe para este libro abriendo el espectro iconográfico del Comandante. Son entregas fotográficas de Fidel y su relación con el pueblo, con los intelectuales, con los jóvenes, a los que siempre les dio sustantiva importancia.

El artista moldea su discurso influenciado por las circunstancias, por lo que le ha impuesto el curso de la vida de su padre.

El artista moldea su discurso influenciado por las circunstancias, por lo que le ha impuesto el curso de la vida de su padre. Sustenta sus apuestas documentales con una suma de ángulos inversos desde el enriquecido encuadre o lo relevante de cada momento. Todo ello, con apego a los fundamentos del testimonio, a la encomienda de registrar los singulares momentos de un protagonista de nuestra historia, coherente con sus principios multiplicados entre millones de cubanos; un hombre que no cesa de trabajar, de desarrollar una labor intelectual en función de la sociedad, de su pueblo y los desafíos de la era global, cada vez más edificada con instrumentos sinuosos.


 

Fidel Castro. Retrato íntimo se descubre también con la exigida perfección y belleza que transpira del blanco y negro, en una selección de fotos que resaltan la vistosidad de su pelo cano, la agudeza de sus expresiones y las impares poses que le caracterizan. El artista pulsa los sentidos de los lectores cerrando el cuadro para “ponernos” en el momento que él supo atrapar.

En la tercera serie el autor establece una relación de cercanía, de narración contenida, de diálogo interpersonal con su padre. La idea es apresar el momento para el curso del tiempo, para los impares nichos de la memoria. Son las fotos de un hidalgo excepcional que Alex Castro pintó como pátinas pictóricas de muchos retratos complementados, hilvanados entre sí. Las piezas fotográficas emergen erguidas, descollantes, simbólicas, vertidas en el papel tras las huellas cómplices de luces y sombras.

Son un conjunto selecto, subrayado por la plasticidad y lo onírico, tejido con velos de metáforas de impares composiciones. El fotógrafo las entrega tras un cuidado trabajo de edición, pues sabe que se impone marcar la diferencia respecto a las otras series claramente delimitadas en el libro. Los signos de esta selección habitan en el núcleo del volumen y conviven, en estado jerárquico, con la foto documental, con lo familiar de las otras entregas fotográficas que han trascendido en los medios.

Una serie mayor secunda el punto de giro de este compendio, la más extensa de todo el texto. Suman 48 instantáneas de Fidel acompañado de sus amigos, amigos en mayúsculas. La encabeza el entrañable Comandante Hugo Chávez; también aparecen Dilma Rousseff, Luiz Inácio Lula da Silva, Daniel Ortega, Evo Morales, Rafael Correa, Álvaro García Linera, Cristina Fernández de Kirchner y Nicolás Maduro. Son tan solo algunos de los líderes honorables retratados en esta compilación, firmada con acento documental, construida desde los postulados ideoestéticos de la fotografía familiar, donde las poses destilan ingenio, desenfado, momentos irrepetibles. Alex se apropia de todo ello y nos los regala.

Las imágenes delatan la familiaridad de los invitados del Comandante, el trato cálido que este les concede. El artista legitima sus ángulos apropiándose de la luminosidad del espacio, de los vibrantes colores que le acechan. Son aliados de su labor, de la que se sabe testigo y autor excepcional.


 

En este retrato íntimo, Alex y el sello editorial que lo secunda, no construyen las imágenes cimentando la vistosidad de sus páginas cromáticas o los muchos detalles que nos permiten percibir alientos, sonrisas, palabras regaladas o compartidas que emergieron, sin dudas, como llanos gestos de complicidad.

Se integran también las fotos de otros amigos del líder de la Revolución cubana: los actores y activistas norteamericanos Danny Glover (acompañado por James Early) y Harry Belafonte; el periodista y corresponsal de guerra uruguayo Walter Martínez; el cineasta estadounidense Oliver Stone; el luchador antiterrorista cubano René González; la abogada y política colombiana Piedad Córdova; el escritor colombiano Gabriel García Márquez; el escritor y periodista español Ignacio Ramonet; el astro del futbol argentino Diego Armando Maradona y el teólogo brasileño Frei Betto.

El creador fotografía estos pasajes de íntimas envolturas componiendo una diversidad de situaciones, de momentos que han trascendido en las redes sociales. Ante esa fuga de imágenes, su obra se dispersa, se diluye por los recovecos de la era digital.

Entonces se impone una pensada parada para construir un andamiaje de imágenes discursivas, emotivas, “informales” y trascendentes, desafío resuelto en el gramaje del papel, sueño de todo fotógrafo. Pero es la historia quien les asigna un lugar, un estrato de simbologías. Ocean Sur, con este libro, asume dicho cometido para redimensionar lo que el autor delineó con su lente.

Se advierten instantáneas construidas con sólidos sentidos, solucionadas con sustantivas narraciones que el artista nos relata. En ese interactuar de su retratado con los otros, erige a un hombre vibrante, cálido, cercano, atento a sus invitados, que no escapan de la seducción y la cómplice virtud de ser los amigos de siempre; esos que vuelven cada vez para estrecharle la mano, edificar un abrazo o dejarle estampado un beso en su mejilla poblada de una barba rebelde, ilustre, redentora.

Cierra el volumen con una pequeña muestra de fotos, cuyos protagonistas son la familia de los Kennedy y el expresidente de los Estados Unidos James Carter y su esposa.

Alex Castro retrata a su padre con una camisa blanca, algo inusual en la iconografía del Comandante.

He dejado para el final lo que quizá para muchos podría haber sido el principio de estas notas: la portada. Alex Castro retrata a su padre con una camisa blanca, algo inusual en la iconografía del Comandante. El creador funde ese instante fotográfico mediante el diálogo, la búsqueda de un ángulo inusitado, un gesto, una mirada cómplice. La foto revela esa íntima relación cimentada por el amor entre un padre y su hijo.

Esta es la más virtuosa entre todas las imágenes que componen Fidel Castro. Retrato íntimo, la que mejor expresa intimidad, cercanía, afectos; la que revela al humanismo de un hombre excepcional, cuyo sentido de la vida es el de las nobles causas.