Los que escribieron canciones (algunos)
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Se puede tener la mejor de las voces, se puede poseer todo el carisma, la genialidad y la osadía para estar en un escenario ante el público más difícil: pero todo eso carece de valor si no se tiene un buen repertorio; si no hay quien escriba las canciones adecuadas. Ese al que llaman y conocen como compositor; un hombre que traduce sentimientos e ideas al lenguaje de las canciones.


 

En los años 60 del pasado siglo hubo muchos hombres y mujeres que escribieron canciones memorables; algunos de ellos cruzaron la década y su producción de letras fue tan exquisita que en vez de buscar quienes las cantaran debían pensar en cuál sería el siguiente tema que llegaría a su imaginación y que superara al anterior.

Quisiera ceñir estas líneas en el trabajo de cuatro compositores; aunque hay otros que revistan importancia; que son los que más llenaron las ilusiones de cantantes y el público en general con sus letras. Son ellos Luis Marquettí, Juan Arrondo, Enrique Bonne y el binomio de Giraldo Piloto y Alberto Vera. Sin sus canciones no se podrá entender, al menos en parte, el espíritu sonoro de aquellos años 60.

Juan Arrondo había nacido en el habanero poblado de Regla y había vivido la época dorada de la radio en que los septetos, los trovadores y hasta los conjuntos fueron los grandes animadores de la programación de las emisoras. Fue testigo del paso de las presentaciones gratuitas al pago de un espacio ganado por la vía de un patrocinador; lo que permitió que algunos músicos pudieran llevar el pan a su familia.

Pero en los años 50, en su segunda mitad, Juan Arrondo se siente agotado del bregar de un sitio a otro cantando sus canciones y las de otros compositores; ya la guitarra y las noches bohemias le comienzan a pesar y entonces toma una de las decisiones más acertada de su vida: que otros canten sus canciones. Desde aquel momento su vida cambió radicalmente, máxime cuando el Benny populariza “Fiebre de ti”, un bolero que se enlazaba con la tradición literaria que caracterizó a la trova tradicional.

Después todo será más fácil para Juan Arrondo, tanto que concentra sus energías en escribir canciones para el dúo que formarían Clara y Mario, nacidos y conocidos en Regla; y a quienes convertiría en sus principales intérpretes. Y como era de esperarse todos los temas cantados por los reglanos serían éxitos en estos años 60 y hasta bien entrada la década siguiente.

Pero si Arrondo era hombre proveniente de la bohemia trovadoresca, de la resaca fundacional de la radio cubana; el otro compositor importante de estos años también había comenzado a fines de los 50 a hacerse conocido; solo que su profesión era ser maestro de un pueblo situado en las afueras de La Habana, en el centro sur. Su nombre Luis Marquettí.

Luis Marquettí llegó definitivamente a la música en los años en que la necesidad de disponer de compositores de “puntería” era fundamental ante la inmensa demanda de música que exigían las emisoras de radio, los programas de TV y sobre todo las victrolas. Estás últimas decidían a fin de cuentas los gustos masivos de todo un país y llegaban al resto del continente.

Primero fue Roberto Faz con su conjunto quien populariza Deuda; un bolero que para nada se asemejaba a los que estaban escribiendo algunos compositores, pero tampoco estaba en la línea o la onda del Feeling; con una estructura poética cercana a lo que se define como poesía coloquial, donde se interponen planos de conversación entre dos personas; uno habla y el otro no responde.

Pero no bastó con Faz y su conjunto; cuando Vicentico desde New York graba “Plazos traicioneros”; Luis Marquettí se convierte en el compositor mimado de los boleristas del momento. Marquettí escribe y el éxito es seguro. El maestro de un lejano pueblo de las afueras de la ciudad reflejaba en sus canciones el dolor y las penas de quienes amaban, solo que en vez de lamentar o injuriar a la amada —no importa si era con hermosas palabras o frases de alto vuelo; él le contaba sus penas sin avergonzarse. Era una nueva dimensión de la masculinidad en el bolero; era ser macho a todas y no temer a llorar si fuera necesario.

Los competidores de Marquettí sí abrazaron el Feeling en toda su dimensión pero optaron por acercarse más al habla popular, a un lenguaje más coloquial; lo que no excluía el sentido de elaboración textual, y es que “el maestro” había simplificado la ruta hacia los sentimientos. Era el binomio de Giraldo Piloto y Alberto Vera.

El Feeling fue el paso revolucionario de la música cubana de los años 50, lo que abrió nuevas perspectivas sonoras y literarias —se podía afirmar que hasta se intentó gestar una cultura del Feeling— pero sin la voz de Miguel de Gonzalo, en un comienzo; y sin los arreglos del Niño Rivera hubiera seguido siendo un “movimiento de minorías”. Estos dos nombres son determinantes en la evolución y difusión posterior del Feeling dentro y fuera de Cuba.

Piloto y Vera, así serían conocidos, se atrevieron dentro del movimiento a pensar más en intérpretes con orquestas que en el carácter reduccionista del hombre con su guitarra ante el público. Sus canciones estaban escritas para ser dichas por cualquiera, sin importar sexo o credo. Se trataba de cantar, de traducir esos sentimientos y emociones desde la perspectiva del Feeling, que era otro elemento importante.

Para cantar sus temas memorables estaban Pacho Alonso, La “gorda” Fredy, Omara y Elena, la Mora si fuera necesario y también Vicentico Valdés, porque no; él era el rey de las victrolas en Cuba aunque estuviera lejos, en New York. El tema que grabara Vicentico era éxito seguro en todo el continente.

“Y deja”, “Duele”, “Añorado encuentro”, “Fidelidad”, “Debí llorar” y sobre todo “Perdóname conciencia”, entre otros inolvidables temas; marcaron las necesidades humanas de quienes escucharon su música; pero ellos trascendieron más allá de hacer boleros y se involucraron en otras expresiones de la música cubana de los 60; así escribieron lo mismo un Mozambique que una guajira para que fuera interpretada por la Orquesta Aragón. Todos fueron éxitos notables hasta que la muerte priva a la música cubana del talento y la genialidad creativa y humana de Giraldo Piloto. Alberto Vera hará un total silencio creativo hasta mediados de los 80; pero ya no será lo mismo.

Enrique Bonne ya era un compositor probado en estos años 60. Había escrito buenos sones y guarachas para la orquesta de su amigo y compadre Pacho Alonso, había influido, de alguna manera, en el surgimiento del ritmo Mozambique con sus Tambores Orientales y por si eso no bastara comienza a traducir en forma de canciones y boleros “sus otras emociones y sentimientos”; y aunque no cuenta con la voz de Vicentico Valdés, como los antes mencionados, deja que sea Pacho Alonso quien le “de carácter” a sus canciones con esa forma de decir que estaba haciendo furor entre los seguidores del Feeling. Pacho personalizaba las canciones, se permitía dejar frases a medio camino entre la emoción y el sentimiento y eso lo entendían los arreglistas y el público; por lo que escribir canciones para que él las cantara debía tener como base ese algo suyo inimitable.

Bonne lo sabe y escribe algunos de los temas más memorables de la carrera de Pacho como intérprete en estos años 60; ora desde el uso del bolero tradicional, ora desde un simple vals; ora desde una canción que refleje las inquietudes de una generación de cubanos que estaba accediendo y disfrutando de una “primera liberación sexual”.

Bonne escribe, Pacho canta y graba y todos felices. Así quedan para la historia “Usted volverá a pasar”; “Perdone que le hable”, “No hace falta que te diga”, pero sobre todo “Dame la mano”; el himno de esa libertad espiritual y sexual que redundará en la explosión demográfica de los años 70.

Pero en los 70, junto con esos nacimientos ocurrirán nuevos acontecimientos musicales, vendrán nuevas canciones y tendremos otros compositores e intérpretes.