Los pilotes de Leontina

Por los deseos de aventuras, un niño organiza una expedición hacia ´El Legionario´, una tienda apartada en la que siempre se ofrecen golosinas a una hora específica. En las travesías descubren rarezas en el modo de vida del pueblo y tienen impedimentos que son instrumentados por algunos habitantes poderosos del lugar. El carácter peculiar de Rodrigo, el dueño de ´El Legionario´, y la atmósfera de su local crean en los niños gran encantamiento consiguiendo cambiar el destino y el estado de las cosas”.

Esta es la nota de presentación del filme Leontina, segundo largo de ficción del cineasta cubano Rudy Mora, también realizador de televisión. Un texto que exhibe un inusual surrealismo en la construcción de su puesta en escena, erigido por locaciones que subrayan, significan, fortalecen metáforas o argumentos no explícitos. Son espacios de luces y sombras que fortalecen las estructuras dramáticas concebidas como una suerte de lugares, por momentos sinuosos, que ponen en contexto los derroteros por donde transitan, evolucionan o adquieren corporeidad los personajes.


Fotos: Cortesía del ICAIC
 

Ante el descorchar de la pantalla asistimos a un pueblo que no exhibe elementos de identidad directamente asociados a una determinada cultura o fortalecidas tradiciones que insinúen paralelismos presentes en otras geografías. La cinta está dimensionada por códigos que no conducen a ningún “espacio” de la historia universal.

El pueblo de este filme, sumido en la impasibilidad de sus actuantes, es retratado, predominantemente, desde los tonos grises. Se trata de una gran locación fortalecida por cercas filosas y puertas, que en esta puesta cinematográfica son la mejor expresión de la materialidad de los encierros, cercenados por llaves que solo unos pocos controlan.

En este lugar el letargo del tiempo lo ha tomado todo. El aplomo, la tristeza, la introspección y el diálogo entrecortado habitan en los trazos de sus encuadres. Todo el paisaje interior, esculpido por protagónicos y personajes aparecidos, se revela en cuidadas actuaciones que fortalecen atmósferas, estados de ánimo, movimientos escénicos y las exigidas curvas dramáticas.

Es un estado per se descolocacado por la “irrupción” de seis niños, personajes unidos por el empeño de comprar pintura para cumplir un deseo: retomar otra oportunidad para ganar una competencia a la que un jurado de comportamientos erráticos, más bien sospechoso, le ha privado de la victoria. En verdad esto no es lo esencial del filme. Los avatares de los niños son pretextos de los autores cinematográficos para que seamos testigos de sus andares y lo que estos provocan en los verdaderos ejes de la historia.

Materializada la entrada de los infantes en los predios de este mentado lugar, se revelan conflictos, diálogos tensos, juegos de roles, asimetrías de palabras; un cúmulo de parlamentos y gestualidades desatados en un “tablero de ajedrez” de envoltura teatral, donde lo verdaderamente sustantivo está por empezar.

En ese espacio se pone a prueba el anclaje del poder, el absurdo como expresión material de su permanencia, las paranoias de los que la instrumentan o la incomunicación entre los mortales de este impreciso escenario que es también cualquier lugar de nuestro universo. Son unos pocos los que anulan o desconocen los sueños de unos muchos, tejiendo trampas, desatando tropiezos, agrietando las fortalezas de la luz con el silencio y el miedo.

En ese juego de roles cuidadosamente articulado dentro del núcleo de poder, afloran los personajes grises, que por momentos evolucionan con estructuras tópicas, gestualidades sumisas o puntualmente arrojadizas. Un centro actoral en el que se impone significar la actuación de Corina Mestre y Blanca Rosa Blanco.

La profesora Corina Mestre, muy respetada en el gremio de los actores y actrices de nuestra Isla, construye un personaje brillante. Emerge con denotada fuerza, como una actriz que sabe explotar los resortes del teatro sin caer en la saturada teatralidad que resulta impropia para la curvatura narrativa del arte cinematográfico. Se proyecta con vitalidad o mesurada articulación gestual, en correspondencia con la ruta del guion y los ciclos de la historia de la que ella es parte vital en un filme escrito con sutilezas, insinuaciones o mensajes subliminales.

Su presencia en la pantalla es sustantiva y ese protagonismo le exige no repetirse. La contención en algunos planos, la vitalidad de sus movimientos escénicos en otras, son parte de las riquezas y aciertos de sus entregas como intérprete que sabe desdoblarse sin saturar su cometida actoral. Es evidente, sabe aprovechar con sabiduría los recursos escénicos que el equipo escenográfico ha puesto para el filme y para su mejor desempeño. Se impone como una mujer a la que el poder le obsesiona, le deslumbra, rozando la paranoia que evoluciona en partes medulares de la pieza, articulándose hacia el final del filme en los derroteros de la frustración, la amarga derrota.

El personaje de Blanca Rosa Blanco forma parte de ese núcleo de poderes ennegrecidos, pero su naturaleza es de otra envoltura, de otro sutil acabado. Transita entre la duda ante la ruptura de unos niños que se desmarcan de lo “correcto” y el cuestionamiento de su complicidad con el grupo de corte autoritario. La actriz teje con espíritu artesano la credibilidad de una mujer que por momentos enfrenta el poder unipersonal.

En la gestualidad de sus entregas, la expresión que parece contenida se insinúa (revela otro pensar, otro decidir). Es parte de esos escalones logrados por la joven actriz que, fruto de su trabajo, se ha ganado un lugar entre las imprescindibles intérpretes del audiovisual cubano.

Este gran dueto de actrices es parte de los atractivos de Leontina, una pieza escrita y filmada con los sabores de la metáfora, los acertados recursos del símil, donde aparece cómplice la poesía de la luz y el renovado encuadre de una fotografía que cierra historias de vida y relatos frescos.