Los lĂ­mites del Caribe se ensanchan en Santiago de Cuba

Cada año el Festival del Caribe remueve las costumbres horarias y hasta los mismos cimientos de las costumbres cotidianas de los habitantes de Santiago de Cuba. Es la primera semana de julio y la urbe más importante del oriente cubano recibe a más de 500 visitantes de otras tierras y unos 1 200 llegados de otras partes del territorio nacional.

Vienen de las islas vecinas como pueden, porque se sabe que uno de los grandes temas pendientes de la zona es la existencia de una red de transporte sistemática y fiable; pero también de tierra firme: México —no sé por qué Yucatán con su riqueza no está presente—, Panamá, Venezuela, Colombia, Guatemala.

Y vienen de más lejos. El Caribe se metamorfosea en extensión geográfica para ganar una dimensión espiritual, como lo han demostrado estudios de Brasil que han portado datos reveladores sobre los vasos comunicantes entre creencias y saberes populares de diversas locaciones de ese inmenso país con el vodú haitiano y la santería cubana, y académicos y promotores culturales de Louisiana y Mississippi, que se sienten más ligados al realismo mágico antillano que a la racionalidad cartesiana que domina el pragmatismo de Washington. Por no faltar, aquí resuenan los tambores de latón de las Islas Vírgenes norteamericanas, paradero de migrantes antillanos que siembran en ese territorio insular sus culturas.

Tres momentos cumbres suceden en la también llamada Fiesta del Fuego, que va por su trigésimo sexta edición consecutiva. El de mayores estruendos es el Desfile de la Serpiente. A lo largo de la calle Aguilera, una de las arterias vitales de Santiago, descienden, hasta desembocar en el Parque Céspedes, los participantes en el Festival, con sus danzas, músicas y colores, con el punto de arrancada en una ceremonia de origen congo, la entrega de la mpaka a los huéspedes de honor de la fiesta.

El reconocido escultor Alberto Lescay es el autor del símbolo y lo explica del siguiente modo: “Cuando se me pidió ese trabajo, me remití a la cultura ritual de mis ancestros y así surgió la nganga, una construcción de elementos, que salen de un caldero. Básicamente se aprecian dos elementos: una cadena y un casquillo de un fusil, de bronce. Toda la escultura es de bronce, excepto la cadena, que es hierro. Ese es el símbolo del Festival del Caribe. Ahora bien, esa obra yo nunca la quise reproducir, porque me parece que su encanto está, justamente, en ser eso, una obra única simbólica. Lo que se le entrega a los países o personas a los que se dedica el festival, es un descendiente de la nganga. Porque el palero (sacerdote congo del culto palo mayombe) cuando se mueve de su templo, no se lleva el caldero para oficiar; sino un elemento del caldero, que es pequeño: un tarro cargado con los elementos que están en el caldero, sellado con un espejo por el lado ancho, a través del cual, él hace las adivinaciones para sus curaciones, sus trabajos espirituales. Eso se llama mpaka mensu, o sea: ojos que te ven u ojo mágico”.

En esta oportunidad, el huésped de honor es Ecuador, que en su vertiente de la costa pacífica concentra una importante población de origen africano, con manifestaciones artísticas muy particulares. Lamentablemente, esa resultó la zona más afectada por el sismo de abril pasado, de modo que la asistencia de intelectuales y creadores de esa nación quedó por debajo de lo esperado. No obstante, la Fiesta del Fuego demostró la solidaridad de los pueblos de la región con los afroecuatorianos, y así un segundo momento de gran lucimiento tuvo lugar en el teatro Heredia, con un espectáculo de gala donde cantos y bailes tejieron puentes de hermandad y apoyo espiritual hacia los habitantes del castigado territorio.

En los alrededores de Santiago, en las antiguas minas de El Cobre —sí, a la vera del mismo pueblito que atesora la imagen de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba— acaba de reeditarse —y ese es el tercer momento de mayor impacto de la Fiesta del Fuego— la ceremonia de homenaje a la resistencia de los cimarrones. Allí se eleva una escultura monumentaria que recuerda la insurgencia de los negros esclavizados. En una galería a cielo abierto, Lescay convocó a jóvenes artistas para pintar metáforas visuales en honor al cumpleaños 90 del cimarrón mayor, Fidel Castro.

De lo que se trata es de convertir en memoria viva el ejemplo de aquellos hombres y mujeres para que inspiren a los luchadores de hoy.