Los dos príncipes, Teatro de las Estaciones y el “misterio que nos acompaña”

El grupo Teatro de Las Estaciones (TE), fundado en Matanzas en 1994 y dirigido, desde entonces, por Rubén Darío Salazar, nos invita a ser testigos de otra experiencia enriquecedora, de una historia cuya primera página se abre una noche de primavera; entonces comienzan los titiriteros a contarnos su versión de Los dos príncipes, exquisito romance que José Martí escribiera en 1889 para la revista La Edad de Oro.


 

El empeño pone en el centro la amistad, el amor; el conflicto que se gesta cuando las relaciones de poder median e interponen obstáculos ante anhelos sagrados y la búsqueda de la libertad. La tragedia de la amistad y el amor entre los dos infantes regresa al público de hoy con nuevos matices, con la relectura de un elenco que supo hallarle lo contemporáneo y desde esa arista transgredir sus límites; de ese modo, a la belleza que ya tenía, se le supo agregar dones.

Rubén Darío Salazar es un director cuya trayectoria tiene como rasgo distintivo la altísima estatura en la que pone cada uno de los oficios del arte. Una puesta suya trae consigo lo inesperado; los saltos de su repertorio provocan un diálogo frondoso, una manera de que el teatro sea de su época y, por eso mismo, de otras, un teatro que mire hacia los tres tiempos, los cuatro puntos cardinales. Sus preceptivas de la representación vienen precedidas de un estudio, de una reverencia a la dramaturgia titiritera universal y cubana. Se trata de una constante indagación de las relaciones de las figuras con la totalidad del arte.

Con su estreno de 2016, Los dos príncipes, TE asume otra vez el riesgo de poner en escena un texto de José Martí. Ya antes, con la puesta de Los zapaticos de rosa (2007), el colectivo había alcanzado la epifanía. En esa ocasión logró una evocación de exquisita factura y recibió, entre otros, el Premio Villanueva de la crítica al mejor espectáculo de teatro para niños en 2007. Al regresar al autor que José Lezama Lima llamara “misterio que nos acompaña”, las pautas proponen lo que en primera instancia pareciera una utopía.


 

Comencemos por revelar el componente básico sobre el cual se tejen todos los vuelos, su texto. María Laura Germán propone una mirada en la que hay un guiño a lo enunciado y al tono del discurso martiano; desde allí construye un texto otro, en el que nada es desatendido, pero donde no faltan los caminos contiguos. Leer a Martí y convertir su obra en extensión de su imaginario es una dicha que solo se logra cuando se comprende la idea de lo que él llamara la patria, lo humano. Otro cosmos y el mismo, podría decirse, pues la gran virtud está en ser fiel a la representación, con todos los componentes que una puesta de hoy requiere y, además, dejarnos ver la grandeza del hombre que supo doblegar nuestra sensibilidad con esos versos a los que le diera visos que llegan a ser atrevidos, aún en nuestros días; así, el apóstol nos legó un romance trágico y no por ello menos hermoso. La dramaturga abrió su río, esa escritura de secreta complejidad, como diría Borges; los versos, medidos con precisión y ternura, fueron tramados con el deseo de vivir una aventura espiritual extraordinaria, de irse hacia donde requiere un alma viva.

Escenas danzadas, cantos de esencia barroca y una arquitectura escénica espléndida, van cobrando su sitio en los estados de ánimo; cada gesto lleva impreso un contenido justo; ellos, acompañados por los elementos del ambiente, componen una galería de imágenes de una carga simbólica, de una belleza estremecedora. El sol y la luna, iluminados, volantes como su naturaleza, vientres de luz, pequeñas casas que se abren, se iluminan y dejan ver rostros bellos, montañas, paisajes, caballos que van hacia el despeñadero y ponen fin a vidas que buscaban la plenitud, vidas que rompían las ataduras de un modo de ser entrecortado, doliente.


 

En el teatro hay dos elementos que, una vez logrados, abren el camino; lo primero es lo diegético; una historia escrita con gracia y actuada con cierta astucia, gana siempre. Rubén Darío Salazar lo sabe y mediante soluciones imaginativas y cohesionadas lo hace efectivo. La escena se nos ofrece con todo el esplendor posible. Hay una construcción de lo escénico que no deja de provocar sensaciones; la dinámica de las mudas de tiempo y espacio configura un tejido de imágenes que se articula en una suerte de filme que no será posible olvidar. Cada costura es sellada con la pulcritud necesaria; el director lo resuelve con ingenio y ello produce una reacción en cadena en el resto de la realización.

Por otra parte, hay detrás de esta puesta un premeditado entrenamiento del elenco: actrices y actores cantan, danzan, ponen sus voces en un juego sonoro con la atmósfera; dejan espacios para que nos deleitemos con una pequeña acción, saben ponerle esos matices que nos ayudan a divisar el arte de actuar y con ello hacen viva, legítima, la praxis teatral. La división explícita del escenario, una parte para el Rey, la Reina y el Príncipe, otra para el Pastor, la Pastora y el Pastorcillo, propician soluciones de gran fineza; los nexos y las rupturas entre los personajes, las emociones y las contenciones que van llevando para esa mezcla, para la triste, real, revelación final, provoca un estado espiritual de gran lucidez.

Las actuaciones, además, denotan su cuidado en la articulación del diseño de acciones; proponen sus personajes con respeto y se unen al concepto general para desplazar en él sus hallazgos individuales. María Laura Germán o María Isabel Medina, en los roles de Pastora y Pastorcillo; Carlos Carret, en el de Pastor; Karen Sotolongo o Elizabeth San Miguel, como Reina y Príncipe, e Iván García y Yadiel Durán, en sus interpretaciones del Rey, ofrecen la armonía que un espectáculo tan diverso requiere. Saben dejarse llevar por el trazado de la coreografía de Liliam Padrón, se sumergen en el tono y sus proyecciones imprimen un aliento de coherencia que suma exquisitez a una obra inolvidable. En el tejido de la puesta hay nichos donde ellos van calando sus pautas, sus singulares modos de elevar la virtud de la acción. La conmovedora historia de la vida  y muerte de los dos príncipes tiene el encanto de ser bella y dolorosa, de cargar notas y símbolos que ayudan a mirar este tiempo en el que los actores y sus títeres ponen a prueba la capacidad de lectura del público.


 

Ir hacia temas sobre los que se ha puesto cierto velo y hacerlo con la belleza y sinceridad de Los dos príncipes, es uno de sus muchos hallazgos. Si esta fuera una puesta de discreta factura, solo por lo que dice, valdría la pena. Pero no se trata de una simple enunciación, Rubén Darío Salazar asciende junto a su búsqueda de un teatro que propone multiplicidad compositiva y enaltece la capacidad de indagación; recurre a formas antiguas, pero todavía proteicas, de expresiones titiriteras: las sombras. Con ellas como elemento principal, borda un espectáculo que deleita por su abanico de expresiones.

Los diseños de Zenén Calero aportan un equilibrio visual en el que la hechura y sobriedad convocan las fuerzas oponentes y, por consecuencia, le avisan al espectador para que sus estados de ánimo y sus lecturas cobren las dimensiones espirituales necesarias. Valga decir que en los diseños de escenografía, vestuario y luces, hay una imagen que ofrece una articulación compleja, por eso mismo agraciada; igual sucede con la música encargada a Reynaldo Montalvo: el hacedor sabe que no se trata de ilustrar, sino de concertar; la sonoridad contrastante agrega densidad simbólica y permite el crescendo. Nada queda al azar, todo se urde con apego al espectáculo. Se trata de piezas originales, con asiento en la mejor música barroca, con armonías cargadas de modulaciones y disonancias que obligaron al elenco a un esfuerzo mayor, pues hay entonaciones de difícil ejecución, de giros que requieren un esfuerzo, logrado gracias al trabajo de un músico con armas para llevarles por ese camino.

Desde que se entra a la sala escuchamos ese sonido maravilloso que viene de los grandes maestros del panorama universal y permite lograr un mosaico donde caben alucinaciones de una extraordinaria ganancia. Pero nada puede verse por separado, el director buscó cada elemento para llenar todo el espacio; convirtió la escena en un caleidoscopio donde las sombras logran el ascendente ritmo de una puesta que invoca lo humano y nos estremece.