Los derroteros de El acompaƱante

I
Escribir una historia de ficción para el cine, donde los ejes narrativos se desarrollan entre dos actores protagónicos y unos pocos secundarios, es un reto para el oficio del guionista. Ante este sobrio cuadro actoral, las curvas de atención del espectador se enfocan en las evoluciones dramatúrgicas, en las conexiones humanas que los entrecruzan o en los tejidos diálogos que fortalecen los relatos, los argumentos y la corporeidad de los intérpretes.

Esta es una tesis a tener en cuenta a la hora de leer el filme El acompañante (2015), del cineasta cubano Pavel Giroud. Cuatro actores principales convergen en recurrentes locaciones, en predominantes cuadros cerrados. Al fondo, las austeras escenografías ajenas a las abigarradas puestas barrocas, eso sí, sin caer en el minimalismo.


Fotos: Internet


Por tanto, el lector fílmico apuntará su atención sobre el acabado de los personajes, las texturas de sus emociones o sus desgarramientos actorales, siempre virtuoso cuando se construye desde el ejercicio de la contención.

II
“Horacio Romero, el más grande boxeador cubano del momento, acaba de dar positivo en una prueba antidoping. Su castigo está en Los Cocos, un sanatorio bajo régimen militar en el que ingresan los enfermos de VIH de manera obligatoria y de donde pueden salir solo una vez por semana vigilados por los 'acompañantes'”. Esta es la sinopsis de presentación del protagónico asumido por Yotuel Romero.

Discrepo sobre este enfoque. Esa manera de presentar al actor desvirtúa las esencias éticas y las experiencias que sustentan dichas prácticas que, en esencia, responden a dos postulados universales: humanidad y sentido común.

Quienes hemos tenido una dilatada experiencia profesional con personas seropositivas, alcohólicas y toxicómanas, sabemos que no es un castigo atender a pacientes que moran en un compás de espera frente al límite de sus vidas, conscientes de que puede ser truncada en cualquier momento. Esa prácticarobustece una verdad.

Cada minuto de entrega es un tiempo excepcional para quienes asumen el rol de acompañar, de aliviar los dramas que emergen imprevistos. Es un intercambio de dos, de muchos otros,en el quetambién son grandiosos los momentos de felicidad.

III
La película ambientada en la década de los 80 desarrolla dos historias paralelas, en las cuales el eje principal es la amistad entre dos hombres empeñados en torcer obstáculos por la materialización de sus sueños. Horacio, un boxeador que quiere volver al ring y ser un campeón. Daniel, ex militar recluido en el sanatorio, que apuesta por salir de manera ilegal del país.

Yotuel construye un protagónico creíble con delineados resortes humanos que evolucionan en ese contexto bajo los cánones de su andamio social. Transita desde la corporeidad, las requeridas expresiones, acordes al espacio social en el que ha vivido. Construye un Horacio a la medida y encara el desafío del acompañante. Se involucra en los derroteros de su personaje y asume sus cuidadas evoluciones, en medidos trazos de acción legitimadores de su desarrollo actoral.


 

Daniel, encarnado por el prometedor Armando Miguel Gómez, resulta ser el personaje de confrontación, pero también de crecimiento frente a Horacio. Su protagónico representa el “conflictivo” del sanatorio, un enunciado no resuelto en la evolución del guión. Pavel Giroud, en el segundo tercio del filme, corre las cortinas de otras subtramas que no cierra del todo. Además, resuelve las pretensiones de Daniel en dos escenas que fotografían parte de sus conflictos y acorta el calado del texto cinematográfico cuando no justifica el encierro en las celdas por su “mal comportamiento”.

El otro dueto lo encabeza Yailene Sierra, la actriz que interpreta a la directora del sanatorio. El personaje evoluciona desde el arquetipo, vestida de dogmas, de entrecortadas expresiones que enfatizan esa clara intencionalidad de construir dos polos opuestos. Se desarrolla con una economía facial y preteridos acentos buscando, tal vez, distancia entre médico y paciente. Pero, el director de El acompañante arriesga credibilidad para esta actriz que constituye el elemento opuesto de los protagonistas del filme.

Otro de los convocados para sopesar la balanza escénica es Jazz Vila. El experimentado actor interpreta a un médico malo-malísimo, oportunista, cínico, definitivamente perverso. Giroud lo solventa con una presencia prominente en las varias subtramas escénicas que le ha dibujado, lo hace crecer en el desarrollo de la historia y, a la vez, juegaa ese rol de catapultar a los protagónicos de El acompañante.

Sobre esta línea de los intérpretes, cabe tomar nota sobre la faena de la actriz Camila Arteche y el actor Jorge Molina. El realizador los involucra en el desarrollo de los protagónicos, en los espacios vivenciales de Horacio y Daniel. Sin embargo, vuelve sobre el mismo equívoco: abre otras subtramas que no desarrolla, no aprovecha la fortaleza de estos actores para jerarquizar a plenitud la puesta en escena o los vericuetos de los relatos entregados como aperitivos. Estos desfases le quitan fuerza al filme.

IV
La fotografía tiene un peso sustancial en la ruta del texto fílmico. Ernesto Calzado, el director de este apartado, apela a la proximidad de los intérpretes, al énfasis de los encuadres que buscan retratarlos en medios planos; sin dudas, un acierto en su participación artística. Sin embargo, le faltó la experimentación, el riesgo para edificar otras “miradas” o emplazamientos de ángulos diversos, cosecharotras riquezas estéticas ante una puesta cinematográfica donde el mínimo espacio exige también diversidad de planos.

Vale destacar entonces el trabajo de maquillaje y peluquería asumido por Pavel Marrero, quién edifica plasticidad y realismo a los actores, esencial para la historia que nos cuentaGiroud, un relato cinematográfico marcado por el drama. Los momentos de violencia, de confrontación, dejan huellas en el staff de los actores, legítimamente construidas en los trazos corporales que imponen la dramaturgia de esta pieza y la hondura de sus evoluciones cromáticas.

V
Pavel Giroud, guionista de este filme junto a Pierre Edelman y Alejandro Brugues, nos presenta otras escenas que, según parte del equipo de realización en dialogo con la prensa, fue el resultado de un trabajo de investigación basado en un contexto real.

Valdría entonces subrayar una escena en la que es retratada un comportamiento ajeno a la ética médica. El momento en que Daniel agoniza y muere en soledad, cuando en verdad todos los pacientes son atendidos, aún en régimen penitenciario, por un personal especializado.

Es cierto que el Sanatorio en su etapa fundacional, década de los 80, fue atendido por personal médico militar, pues los primeros seropositivos eran combatientes cubanos de las misiones en África.

Hay que subrayar también que las prácticas del encierro y el acompañamiento fueron revolucionadas a partir de que el Ministerio de Salud Pública asume la conducción del Sanatorio e incorpora como director al Dr. Jorge Pérez Ávila, quien aporta nuevos enfoques humanistas sobre la labor de atención a los internos de esta institución. Esta realidad es ignorada en el filme.

En el cine, como en todas las artes, cuando es retratado la condición humana o el sentido del límite, no puede desligarse la construcción de la puesta de la responsabilidad social de los creadores, de su permanente relación con la sociedad. Estas ideas pasan por el listón de las emociones, de las soluciones dramatúrgicas ante el espectador que se compromete o toma distancia crítica.

Las imágenes guardan secretos cuyos efectos no deben buscarse en oposición con la realidad, sino en su valor representativo, en los derroteros que ella construye hacia el futuro. Como expresara Bill Nichols: “Los valores que defendemos, los significados que asignamos, las interpretaciones que ofrecemos y las metas que perseguimos tienen consecuencias”. [1]


Notas:
1. Nichols, Bill. La representación de la realidad. Espasa Libros, S.L.U., 2011. Pag, 19.