Los crímenes sin castigo de Rebeca Murga

Crimen sin castigo, el libro más reciente de Rebeca Murga, publicado por UNIÓN en 2017, pone al descubierto el riesgo de una autora, de quien ya conocemos varios títulos (Una casa con jardín, Con las manos limpias, Historias al margen, La enfermedad del beso y otras dolencias de amor, Desnudos de mujer). Esta vez, el uso de la fuerza no solo narrativa, que bien se traza con el dominio de una experimentada escritora, sino como temática brutal, descarnada hasta el límite de lo posible, prima en los 18 cuentos que integran el volumen.


Crimen sin castigo, el libro más reciente de Rebeca Murga, publicado por UNIÓN en 2017.
Foto: Cortesía de la autora

 

La violencia, reina y dueña, tema y objeto, excusa y esqueleto argumental, señorea en 136 páginas de terror, advertencia que debe ventilarse al público, so pena de prevenir los posibles desgarros que este libro pudiera causar en timoratos y pusilánimes. El vocablo violencia, femenino como es, resulta desmenuzado hebra a hebra, capa por capa, siendo los hombres quienes representan la máxima expresión de dicha dominación, al ser poseedores del poder, aunque no de forma exclusiva. Rebeca no escatima a la hora de repartir culpas, motivos, razones: Todos somos asesinos, diría la famosa película francesa, y el mundo se divide en víctimas y en victimarios, según Raskólnikov, el controversial protagonista de la novela a quien Rebeca rinde tributo, Crimen y castigo. El genial Fiodor Dostoievski, autor cimero de la literatura universal, estaría encantado con este guiño de una santaclareña. Los crímenes que ella recrea, sin embargo, no alcanzan el castigo, al menos no como lo conocemos tradicionalmente. Quizás la condena a los actos reflejados en este libro consista en hacerlos de dominio público, como quien exorciza demonios sacándolos a la luz del sol. Violencia autoinflingida, violencia contra la mujer, violencia institucional, docente, policíaca, filial, doméstica, heredada o impuesta, circunstancial o premeditada, debido a traumas infantiles o a discapacidades mentales, cualquiera de sus variantes es recreada con inquietante impudicia.

No voy a referirme al profuso texto “Historias al margen”, que cierra el libro Crimen sin castigo, porque habiendo sido ya publicado (y reseñado por la crítica dentro y fuera de Cuba) es en sí mismo un tratado de criminología psicológica; pero sí quisiera adelantar algunas observaciones a otros cuentos, algunos de los cuales sorprenden, dada la exploración que lleva a cabo Murga en un género complicado y hasta donde sé, novedoso en su estilo. Diez minicuentos median entre los digamos clásicos en términos de estructura y el largo final, casi una noveleta. “Hielo paranoide”, el primero de ellos, explica el origen de la dañina falta de lealtad que suele descubrirse cuando las últimas luces de la niñez anuncian la selva que se aproxima, y con este título, Rebeca se lanza a la osadía de interpretar muy a su modo diversas patologías psiquiátricas: “Cristal esquizoide”, “Esquizotípica porfía”, “Gratitud antisocial”, hasta conducirnos a una joya del género, una verdadera gema llamada “Víctima narcisista”. Con este ejemplo de línea capaz de elevar la escritura con un vuelo magistral, sin que por ello deje de mantenerse el ritmo agresivo de todo el libro, la autora se consagra, y no me reservo el placer que proporciona compartir una sensacional muestra de desgarro sintetizado, compactado más bien: “Comenzó por la muñeca izquierda, en busca de un hermoso corte”. Solo la clave del título: víctima narcisista, conduce a la descripción de un acto sangriento en su modalidad de suicidio, porque, de lo contrario, bien pudiera tratarse de la confesión de un asesino con rasgos de exquisitez, una muestra de psicopatía repugnantemente refinada. A continuación, “Al límite”, “Histriónica felicidad de Batman”, “Evitación”y “Avituallamiento” mantienen la cuerda de opciones violentas contadas por sus protagonistas (ladrones, otros suicidas, manipuladores de noticias, testigos de asesinatos inconfesos) hasta concluir el ramo de minicuentos con otro excelente: “Pretexto compulsivo”, en el cual la herencia funciona en retroactivo. Macabra ley genética que imprime al padre la sociopatía del hijo, criminales por ósmosis, por contigüidad, por un enfermizo contagio que motiva profusa satisfacción en el más joven.

Por último, señalo la confluencia entre sexo y violencia, binomio este que tiñe casi todas las páginas del volumen de narraciones. Sodomía, aberraciones del placer, prostitución, muerte, desgarraduras, intercambios de fluidos en actos exentos de gozo compartido, lanzan maldiciones, escupen y denigran el acto físico más satisfactorio de la especie animal, para imponer el fatídico atractivo del poder, de la ley del más fuerte, revirtiendo el gozo en miedo, en pavor, en lo más bajo de los sentimientos humanos.

Agradezco a Rebeca Murga su contribución a la denuncia de la violencia, la exposición abierta cual siniestro abanico, con el amplio espectro de posibilidades que a través de su literatura, quedan a merced de un juicio que ojalá no demore en llegar. Un avance del aporte que esta escritora hizo dos años antes de la llegada de este libro, es la narración número cinco, “Con las manos limpias”, que ocupa la posición 22 en la primera antología cubana contra la violencia hacia la mujer, Sombras nada más, también publicada gracias a Ediciones UNIÓN. Estos y aquellos crímenes, hoy sin castigo, merecen la llamada de atención que nos hace, con todas sus fuerzas, una narradora de la altura de Rebeca Murga. Escuchemos sus historias, pues, para que no queden al margen de las compuertas que ella nos abre con empeño, y demostrarnos eso terrible que de forma impecable sentenciara el uruguayo Milton Fornaro en su fabulosa novela La madriguera, perfectamente aplicable a este libro porque constituye su núcleo central: la despiadada condición humana.