Locura azul

En los años 60 proliferan los cuartetos; de hecho, ya venían desde la anterior década. Podían ser cuartetos vocales, como es el caso del de Aida Diestro o el de Orlando de la Rosa; o podían ser instrumentales/vocales, como los Llopiz-Dulzaidez o Los Armónicos con la voz de Doris de la Torre.

Los cuartetos vocales cubanos siempre se caracterizaron por el excelente trabajo en la colocación de las voces; eran escuelas de afinación que alcanzaron su cima con el de la “gorda Aida”, en el que convergieron algunas —por no decir las mejores— de las que años después serían las solistas preferidas del público, los compositores y la crítica.


Cuarteto las D´Aida. Foto: Tomada de http://omaraportuondo.com/
 

En los años 60 esta tradición de cuartetos vocales parece no parar y surge el cuarteto de José Manuel “Meme” Solís, que junto a la segunda generación de las D´Aida hará época entre los amantes de las buenas canciones. Está también el cuarteto Del Rey, en el que alguna vez cantó Pablo Milanés y que se especializa, además, en interpretar música del sur de los Estados Unidos. Sin embargo, en el año 1962 ocurre un acontecimiento que conmoverá al público y a los amantes de la música cubana en general: llegan Los Zafiros.

Son cuatro muchachos del habanero barrio de Cayo Hueso, fundado por los inmigrantes cubanos que retornaron a comienzos del siglo y donde habitaban y habían nacido importantes músicos durante todos estos años. Allí Sindo Garay arreglaba sus guitarras con “Media Ceja”, un mulato santiaguero que además de ser una buena segunda voz se ganaba el pan haciendo y reparando guitarras y tres.

La vida de Cayo Hueso giraba alrededor del parque Trillo, donde estaba la estatua del general Mambí del mismo nombre que había fundado esa localidad. En la calle Oquendo vivía y ensayaba Arcaño con parte de sus músicos. Era el barrio de los Hermanos López y donde estaban algunos de los solares más reconocidos en el ámbito rumbero de la ciudad. Allí fue donde nacieron, vivieron y triunfaron Los Zafiros, un cuarteto vocal que, a diferencia del resto de las formaciones del mismo formato, se hacían acompañar de un guitarrista —muy cercano a los Platter— y donde sobresalía la voz de su falsete.


Los Zafiros. Foto: Internet
 

Toda Cuba quedó fascinada ante el embrujo de las voces de estos cuatro muchachos y las composiciones de su amigo y vecino Néstor Milí; por si ello no bastara, los compositores del momento y algunos que fueron surgiendo en esos años confiaron sus temas a los chicos del barrio de Cayo Hueso.

Los Zafiros grababan, los Zafiros pegaban. No importa si era una bossa nova, un calipso, una rumba o una conga, y qué decir de los boleros; todo su trabajo gustaba al público y volvía exitosos a sus compositores. Ellos eran “el otro” fenómeno musical de la década en Cuba, solo equiparado con el Mozambique, y como tal se comportaron.

El país estaba rendido a sus pies, a su música; pero tal y como fue de meteórica su carrera, así también fue su caída. Para fines de la década ya los problemas internos y las defecciones de algunos de sus miembros erosionaron la alegría y el encanto del cuarteto y avivaron, a su vez, la leyenda popular de que una segunda oportunidad era posible.

La vida y la misma música pasaron su correspondiente factura; pero al tiempo no se le podía dar atrás.

Sin embargo, los Zafiros serían el gran mito de los años 60 y sus seguidores aumentarían con el paso de los años; tal vez motivados por el encanto de aquellas cuatro voces irrepetibles, o simplemente por el hecho de que su música nunca ha envejecido, como sí ocurrió con otros cuartetos surgidos en estos años y con otros acontecimientos de la década.