Lo que está en juego en Brasil

 

En la convulsa realidad brasileña, la agenda mediática de estos días privilegia lo anecdótico, desde asuntos tan serios como el aplazamiento conseguido por los partidarios de la suspendida presidenta Dilma Rouseff para la aprobación del calendario de trabajo de la comisión del Senado a cargo del juicio político y la divulgación de grabaciones comprometedoras que apuntan a una conspiración contra la mandataria, hasta frivolidades no tan frívolas como las que se gasta Michel Temer al anunciar a la cadena Globo que su esposa Marcela estaba lista para asumir un cargo en el área social.

Esto último resultó una pifia. Temer mintió sobre la competencia profesional de su compañera al decir que era abogada. Pero ni en la Orden de Abogados de Brasil (OAB) ni en el Catastro Nacional de Abogados (CNA) aparece título ni registro alguno con el nombre de la dama.

El político va de uno a otro entuerto. Eliminó el Ministerio de Cultura, y ante la protesta de prestigiosos artistas e intelectuales tuvo que dar marcha atrás. Le dio la tarea a su hijo de 7 años de edad de escoger el logotipo del Gobierno Federal y al pequeño le gustó el utilizado durante la época de la dictadura militar (1964 -1985). Papá Temer no se dio cuenta. A él le vienen mejor los aires triunfalistas que exhibió cuando el Congreso, a solicitud suya, aprobó una nueva meta fiscal para 2016 que dobla prácticamente el monto del déficit fijado por su predecesora. Paradójica ironía: el discurso de Temer ha estado enfilado a descalificar la gestión económica de Dilma y, sin  embargo, dispara las cifras de un indicador vital para la salud financiera de la nación.

Más allá de estos avatares, hace falta llamar las cosas por su nombre. Temer es un usurpador. Ese es el calificativo que merece un político que ha convertido su investidura interina en un ejercicio de facto, en el mejor estilo dictatorial

Lo verdaderamente preocupante es el destino que se avizora para la mayoría de los habitantes de Brasil. Joao Pedro Stedile, uno de los líderes del Movimiento Sin Tierra y de Vía Campesina, lo ha dicho claro y fuerte: “Las medidas anunciadas o ya tomadas por el gobierno golpista son una tragedia para la vida y el futuro del pueblo brasileño. Pero son coherentes con su plan neoliberal de reducir costos del trabajo, entregar nuestras riquezas, privatizar lo que pueden y destinar los recursos públicos que iban a la educación, salud y previsión social para los empresarios”. Esto lo esgrime un hombre que ha sido crítico con Lula y Dilma, pero que tempranamente advirtió que un cambio de presidente en Brasil profundizaría las desigualdades sociales y la crisis institucional.

Durante los gobiernos de Dilma y Lula se llevaron adelante programas sociales de gran magnitud. Bolsa Familia otorgó dinero a núcleos en situación de pobreza a través de depósitos directos en la cuenta del beneficiario, transferido directamente por el gobierno federal. De los 13 millones de actuales beneficiarios pueden desgajarse entre el 10 y el 30 por ciento, de acuerdo al nuevo titular de Desarrollo Social y Agrario.

El programa Mi Casa, Mi Vida aportó cobertura a familias de bajos ingresos para financiar su casa propia con cuotas bajas y con bajos intereses. Como para mostrar sus verdaderas intenciones, apenas dos días después de instalado, el nuevo gabinete canceló de un plumazo la construcción de 11 250 viviendas.

Estas son apenas un par de muestras de lo que se aprestan a cortar las tijeras que en manos de Temer amenazan, objetivamente, la trama social arduamente tejida por los gobiernos del Partido de los Trabajadores.

Aunque a decir verdad me inclino por lo que afirmó el mismo día de la ascensión de Temer un editorial circulado por el portal digital Brasil do Fato: “Si usted piensa que el golpe es contra el PT, contra Dilma o Lula, por favor, no lo vea así. El golpe es contra usted. El golpe es contra el pueblo brasileño. El golpe es contra Brasil”.