Lo más importante que nos legó Fidel

No sé de qué se sorprenden. Hoy como ayer, la portada de Yahoo muestra imágenes de La Habana en normalidad como un hecho insólito, cual si fuera la primera toma de un planeta desconocido. Como cualquier ser humano, Fidel murió, y los cubanos seguimos y seguiremos el curso de nuestras vidas.

La reacción mediática desde otra parte del mundo me recordó cómo hace varios años, en Puerto Rico, frente a un debate académico en el que un grupo de analistas se ensañaban con Fidel como responsable de todos los problemas de Cuba y no paraban de nombrarlo, debí contarles que aquí lo teníamos presente como una inspiración fundamental, como alguien que nos iluminaba y nos enseñaba cada día, pero no de la manera obsesiva con que ellos le atribuían la responsabilidad de tantas cosas. Les dije que en Cuba vivíamos 11 millones de personas pensantes, que había muchos espacios de la vida de cada uno, estrictamente personales e íntimos, y que cada cual era absolutamente responsable de innumerables cosas en muchos planos de su accionar.

Por eso la vida sigue, aunque el dolor sea fuerte y arda profundo, en una zona que debe ser eso que llaman el alma. Y seguirán nuestros pensamientos y acciones, aunque él nos hará falta siempre. La diferencia en relación con la muerte de cualquier otro ser humano, aquí y ahora, es la impronta, las infinitas huellas de dignidad, arrojo y entrega a la causa de los más desfavorecidos, que nos deja Fidel y nos marca la memoria, con infinitas vivencias. Son las que condicionan nuestras acciones, como marcas de una educación humanista guiada por su ejemplo. Por eso la serenidad y el aplomo que se aprecia simplemente en la ciudad, en este fin de semana soleado y fresco. Porque lo más importante que nos legó Fidel es la dignidad de ser nosotros mismos; de atrevernos a defender ideas para soñar un mañana mejor, en medio de este mundo tan injusto; de conmovernos por el dolor propio y ajeno, y empeñarnos en borrarlo; de rebelarnos contra injusticias y errores, y de saber que cada uno de nosotros también puede haber cometido los suyos, pero estamos obligados a recapitular y a saber por qué y para qué actuamos, con lo que hemos sido como una brújula que no podemos perder. Sin palabras altisonantes ni vaciadas por la repetición, pero con esencias.

Sorpresas semejantes frente al sosiego de estos días ya habían sido reportadas desde aquí, y multiplicadas por pantallas de todo el planeta, en julio de 2006 y otra vez unos meses más tarde. Quienes padecen esos estupores no saben que la huella más importante de Fidel es la que llevamos en la sangre, sedimentada en valores y convicciones que descubrimos aquí y allá, germinada en otros e interconectada con la nuestra. Es esa energía que cada uno de los revolucionarios, en el sentido fidelista del término, tenemos que multiplicar una y otra vez frente a los riesgos de nuevo tipo, cuando viejos adversarios se valen de máscaras de burda teatralidad y guantes de seda, y se entremezclan con ingenuos y oportunistas, sietemesinos sin fe.

Pero quién dijo que conquistar el cielo era fácil.