Lo clásico en el rock de Pink Floyd

En Cuba como en el resto del mundo, cuando se habla acerca del rock, donde primero se piensa es en los Estados Unidos, el lugar de origen de este importante género de la música popular contemporánea. Sin embargo, para muchos diletantes de esta música en nuestro país, los músicos ingleses ocupan primer lugar en cuanto a sus preferencias individuales. Por ejemplo, nadie se atreve a cuestionar la supremacía de la obra realizada por Los Beatles. De los chicos de Liverpool, no se discute. Otro tanto sucede con Led Zeppelin. Se trata de un grupo que, como se dice en Cuba, “cerró la puerta y se guardó la llave”, sin darle oportunidad de entrar a nadie más para rivalizar con esta antológica agrupación británica. Después de hechas estas dos salvedades, cuando se entra a valorar el grupo preferido de rock de cada cual, muchos coincidirán con haber apostado por Pink Floyd, institución que, por lo tanto, integra esta triada de honor en el Olimpo del rock.

foto del grupo de rock Pink Floyd
Pink Floyd. Tomado de internet


Obviamente, dicha selección sugiere que se han tenido en cuenta argumentos que resultarían inapropiados si fueran aplicados para el análisis de otros grupos. Cuando se habla de Pink Floyd, no estamos haciendo referencia a un grupo cuya fama ha crecido a partir de una continuada recreación de canciones concebidas para bailar, lo cual no quiere decir que el tempo, el ritmo de determinadas composiciones suyas, no permitan que estas puedan ser bailadas, como es el caso de Money y de Another Brick in the Wall. Tampoco Pink Floyd se ha destacado por ser una agrupación conformada por virtuosos instrumentistas como es el caso de Led Zeppelin.

 

II

No obstante, David Gilmour es uno de los prestigiosos guitarristas con que cuenta el entorno roquero británico, debido a la inigualable y apasionada expresividad que extrae de su guitarra. En cuanto a Rick Wright, no llega a dominar la intensidad del órgano Hammond de un Jon Lord, y mucho menos exponer el despliegue de virtuosismo de Rick Wakeman, pero como pianista de formación clásica, Wright es el tecladista apropiado para matizar con elegancia y distinción en las conmovedoras y envolventes atmósferas del sonido Pink Floyd. Otro tanto ocurre con el oportuno batería Nick Mason y con el bajista Roger Waters quien, además de dominar el instrumento que ejecuta, conforma junto a Gilmour el núcleo central de composición de la mayoría de los temas, al mismo tiempo de ser ambos músicos las voces principales del grupo.

En realidad, para comprender la clave del fenómeno Pink Floyd, debemos de asumir la eficacia de un trabajo colectivo donde las iniciativas individuales encajan a la perfección en el rompecabezas que supone el momento de crear los temas. Independientemente de las contradicciones tanto profesionales como en el plano personal, sobre todo entre Gilmour y Waters, estas divergencias, de alguna manera, convocan una dinámica de tensiones propias del quehacer artístico en un proceso para alcanzar el sello distintivo del grupo. Quizás por el hecho de que los integrantes de Pink Floyd hayan sido estudiantes de la carrera de Arquitectura, se habla de ellos como unos músicos muy meticulosos tanto para el mencionado ajuste integral de las nuevas composiciones como en el riguroso proceso de grabación de dichos temas.

 

III

En correspondencia con una de las leyes fundamentales de la evolución, la obra del Pink Floyd en sus comienzos se mueve desde el experimental entorno psicodélico de finales de los años 60 hasta la sólida concreción de un rock de alto vuelo imaginativo, debido a las inquietudes intelectuales de estos artistas alejados de la habitual banalidad del pop. No por gusto se afirma que entre los méritos de Los Beatles, se encuentra el de haber abierto la puerta para que otras bandas pudieran aportar nuevas corrientes, diferentes tendencias musicales, incluso aquellas en que los muchachos de Liverpool pudieron haber marcado sus inicios, pero tocó a otros llevarlas a su máxima expresión.

La crítica especializada de aquellos años, coincide en que la aparición del disco Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band en 1967, resultó decisiva para que la música rock dejara de ser considerada como una manifestación musical menor apropiada solo para el disfrute de los jóvenes, gracias a la complejidad conceptual alcanzada en el famoso disco de Los Beatles. Para los años 70, ya el aliento del rock anglosajón no solo se distingue por obras ante las que resulta imposible permanecer indiferente debido a la cadencia de su encendido ritmo, sino también por grupos en cuyos conciertos, a los que asisten miles de personas, no se oye ni el zumbido de una mosca por el nivel de atención que se reclama para el gozo pleno de la música que se interpreta. En tal sentido, nadie concibe escuchar un concierto de Beethoven o de Bach mientras se está compartiendo una cena familiar, o como música de fondo cuando estamos manejando un automóvil. Otro tanto ocurre con la obra de Pink Floyd, si escogemos la audición del emblemático disco del universo del rock Wish you were here, de 1975.


Pink Floyd. Tomado de internet

 

IV

Como también aconteció con Los Beatles en las sesiones de grabación durante la etapa de mayor esplendor del grupo en cuanto a las discrepancias entre sus integrantes, otro tanto sucede con Pink Floyd en los momentos que se reunían en el estudio para intentar componer y grabar las piezas que formarían parte del mencionado disco. Tanto Gilmour como Waters recuerdan que por aquellos tiempos difíciles, después de realizar el excepcional disco The dark side of the moon en 1974, se sentían sometidos a la tensión de cómo hacer que el nuevo proyecto pudiera superar la obra anterior, además de estar sometidos a diferencias propiamente creativas que, en última instancia, obstaculizaban el desarrollo progresivo de semejante empeño. No obstante, a pesar de la omnipresente incidencia de estos conflictos, al final lograron entregar un exquisito documento musical que resulta clave para aprehender el código creativo del grupo.

Desde que escuchamos el comienzo del apoyo sonoro in crescendo proporcionado por los teclados de Wright, en el cual se superpone el sugerente lamento de los acordes en la guitarra de Gilmour, nos percatamos de inmediato que se trata del llamado de atención que habitualmente encontramos en cualquier obra de los clásicos en la música de concierto. Si alguien espera que dicha introducción de Shine on your crazy diamond sea breve, se llevará la sorpresa de saber que es apenas el comienzo de una soberbia overtura en cuyo segundo momento la guitarra eléctrica alcanza el mayor dramatismo, atmósfera que envuelve al mensaje del disco en su totalidad.

 

V

Definitivamente, estamos ante los nuevos clásicos del siglo XX, en medio de un mundo donde los conflictos del ser humano están marcados por la enajenación ante la ausencia implícita por la soledad del individuo en la vida moderna; por la incomprensión del valor espiritual del arte o por los trastornos mentales que determinaron la salida de Syd Barret, guitarrista y cantante fundador del grupo.

Si en los primeros 15 minutos no hemos sido capaces de escapar al embrujo del desgarramiento emocional, es porque se trata de una obra musical que nos afecta directamente al ser recibida como el reflejo de la conducta humana donde quiera que habitemos en este planeta. En Welcome to the machine, el aquejumbrado espíritu descrito hasta entonces llega a sobrepasar un rango mayor de dolor cuando en el puente instrumental, sucesivamente alternan la guitarra y el teclado en la voluntad de recrear un particular clímax de consternación, angustia que altera los latidos del pecho, al golpearnos inevitablemente. En cuanto a los textos que aparecen en las letras de estas canciones, resulta imposible descubrir un esperanzador rayo de sol que, como dato musical, pueda atravesar la densa atmósfera de tristeza expresada entre los sentimientos de sus compositores y, por lo tanto, en sus atormentadas voces; tampoco identificamos alguna señal de alegría mundana. Precisamente en Have a cigar, se desprenden de la fría indiferencia que asume la industria discográfica al apostar a favor de la ganancia comercial derivada de la venta del disco, sin mostrar interés alguno por el valor artístico de una obra en cuestión.

 

VI

Otro tipo de indolencia que denuncian en sus canciones parte de un concepto mucho más filosófico vinculado a la imposibilidad de detener el curso del destino ante hechos sociales que alteran el rumbo de nuestras vidas, como reclaman Waters y Gilmour en Wish you were here, icónica pieza entre los clásicos del rock de todos los tiempos.

Reticentes a seguir al pie de la letra los moldes estructurados por el patrón comercial dominante de los sellos discográficos en el contexto del rock, el CD Wish you were here representa una sinfonía de estos tiempos, al exponer inmensas explanadas instrumentales que apoyan el tratamiento reflexivo de sus letras: los conflictos existenciales del hombre contemporáneo del modo que lo han recreado importantes escritores contemporáneos.

Solo de percatarnos del carácter de semejantes cuestionamientos, en el hecho de acercarnos al complejo Pink Floyd, nos ubicamos en que estos músicos se encuentran motivados por inquietudes que alejan al grupo de las temáticas cotidianas entre otros cultores del rock, además de defender una decidida voluntad de experimentación, huella que, en su conjunto, los hará perdurar con la misma admiración que sentimos por los clásicos de la música de concierto.