Literatura y 130 años de la abolición de la esclavitud en Cuba

Cuba y Brasil fueron los últimos países en proceder a la abolición de la esclavitud en dos fechas inconfundibles: 1886 (Cuba) y 1888 (Brasil). La historiografía se ha preguntado no pocas veces las razones de esa tardanza. Durante el siglo XIX se sucedieron numerosas rebeliones civiles, sublevaciones e incluso sistemáticas fugas hacia la manigua de esclavos, pero los dos hechos que marcaron la historia de nuestras legendarias  acciones por la libertad y la emancipación de la nación fueron las dos guerras por la independencia: una, la del 68; la otra, la del 95.

Ese siglo alcanzó su naturaleza mejor al afrontar, de un modo u otro, el fenómeno de la esclavitud, cuyo sistema sedimentó los pilares de una economía de plantación indiscutible. De Manuel Moreno Fraginals a Raúl Cerero Bonilla, pasando por Ramiro Guerra, muchos fueron los autores que escudriñaron las luchas libertarias isleñas a través de ese síndrome y, sobre todo, mediante la esclarecedora precisión de dos términos que todavía hoy nos convocan a la reflexión: trata y esclavitud. Ambos entrañan una diferencia palpable. 

Las fuerzas vivas de los patriotas cubanos, más allá de su origen y de su posición social, se agrupaban de acuerdo a la prioridad de su elección.

Las fuerzas vivas de los patriotas cubanos, más allá de su origen y de su posición social, se agrupaban de acuerdo a la prioridad de su elección. O estaban contra la trata y la esclavitud, a la vez, en favor de la independencia de Cuba; o se inclinaban a luchar contra la trata, siguiendo los pasos, por ejemplo, de la pérfida Albión, Inglaterra, la cual perseguía el tráfico de esclavos al considerarlo pernicioso y perjudicial al mantenimiento de una conducta que respetase la condición humana. 

La Corona española burló entonces, de alguna manera, a la Gran Bretaña, haciendo ver que no instrumentaba el tráfico de esclavos africanos y, al mismo tiempo, importando la fuerza laboral china, la de los coolies, que llegaron a estas tierras para sustituir la mano de obra esclava y sedimentar aquella economía de plantación que, principalmente, se alimentaba de los rudimentarios cultivos del azúcar, el tabaco, y luego el café, entre otros frutos menores.


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Muchos antitratistas solo eran eso, cuestionadores liberales, enemigos acérrimos del tráfico de esclavos  —lo cual no estaba mal—, pero nunca se enfrentaron a la cuestión primordial que era, como sabemos hoy, la abolición de la esclavitud. La trata era combatida; no así la esclavitud. La trata era un complejo con características propias de un comercio, por supuesto ilícito, que llenaba las arcas y las ambiciones de una Isla sometida a las reconocidas estructurales coloniales. No podía haber colonia sin trata de esclavos. No obstante, esas estructuras coloniales eran sustentadas y se reconocían en la madeja del sistema económico que vivía y debía su opulencia a la esclavitud. 

Muchos antitratistas solo eran eso, cuestionadores liberales, enemigos acérrimos del tráfico de esclavos  —lo cual no estaba mal—, pero nunca se enfrentaron a la cuestión primordial que era, como sabemos hoy, la abolición de la esclavitud.

“Los horrores del mundo moral” que desgarraron a José María Heredia, nuestro primer poeta romántico, fueron el surtidor de todo un movimiento literario, representativo en varios períodos de aquel siglo, que floreciera alrededor de una narrativa, en realidad, de una novelística que muchísimos estudiosos calificaron de abolicionista. 

A su modo, lo más significativo de aquellas manifestaciones culminó en obras canónicas de escritores como Cirilo Villaverde, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Ramón de Palma, Anselmo Suárez y Romero, Ramón Zambrana, entre otros. En todas ellas aflora la denuncia de la esclavitud, sin duda alguna. Junto a la célebre tertulia matancera de Domingo del Monte, cuyos integrantes de muchas maneras constituían una expresión cierta de franco rechazo a aquel sistema, descuella la experiencia literaria de poetas como Juan Francisco Manzano, esclavo él mismo, quien redactara su autobiografía, uno de los documentos más reveladores sobre la psicología, los enfrentamientos y las diversas conductas que condicionaban el entorno colonial que era la base de la esclavitud. El infortunado caso de Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), fusilado a causa de los episodios de la Conspiración de la Escalera en 1844, es un imborrable y, por lo tanto, trágico emblema de la época.

Una abolición formal, teórica, de la esclavitud, en 1886, no desplomó el arsenal ideológico y de costumbres que aplastaba los orígenes de nuestra identidad. 

La sangre aún fresca de los inmolados abonó aquel dictamen en la penúltima década del siglo XIX. Una abolición formal, teórica, de la esclavitud, en 1886, no desplomó el arsenal ideológico y de costumbres que aplastaba los orígenes de nuestra identidad. 

Apenas cuarenta y tantos años después, aparece una sensibilidad literaria centrada en temas raciales y en la suerte de las culturas negras trasplantadas a todo el continente americano, en especial a los archipiélagos caribeños. El 20 de abril de 1930 en la página Ideales de una Raza, del Diario de la Marina, aparecen los famosos “Motivos de son”, del joven poeta camagüeyano Nicolás Guillén, que sería uno de los acontecimientos literarios más sensacionales de su tiempo. Así, tres años después, en 1933, en plena convulsión de la abortada Revolución del 30, vería la luz sorprendentemente en España Ecué-Yamba-O, la primera novela de otro joven habanero, Alejo Carpentier. Era otro nuevo suceso a pesar de las posteriores consideraciones que su propio autor establecería sobre la validez de la calidad literaria de aquel texto inaugural.

Las investigaciones históricas y de cierta zona de las ciencias sociales en la Isla arrojaron innumerables testimonios sobre la esclavitud y, en primerísimo lugar, sobre el universo del azúcar, rey innegable de aquella economía de plantación de aquel sistema. El esclavo, que vino aherrojado, nos inculcó ese amor a la independencia que lo convertiría en cimarrón. “El aporte del africano a la cultura cubana, cuya génesis está en el trapiche  azucarero, poseía una fuerte dosis de rebelión frente al medio opresivo”.

En este mes de junio, precisamente, nacía a la historia cultural cubana, hace 50 años, la célebre Biografía de un cimarrón (1966), de Miguel Barnet, a cuya sombra fue recogida esa tradición oral que habla mejor que muchas otras de ese cimarronaje insoslayable, fuente de innumerables gestas anónimas, que alimentó, como real alternativa revolucionaria, las puertas abiertas a la libertad de los esclavos desde 1886.