Libros, libros, libros… más allá de la Feria

Cada año, en los primeros meses, el archipiélago cubano tiene una cita con el libro, ese que Martí dijera es “un amigo que nos espera, la eternidad que se nos adelanta”. La Feria del Libro es una oportunidad, una vitrina para mostrar las últimas producciones editoriales; un instante para aquilatar a los autores, para tender puentes entre creadores y lectores. Al menos, debería serlo.

La certeza de que existe un espacio con tales propósitos, es lo primero a remarcar. No se trata de una casualidad, sino que es resultado de una política, cuyos rostros más visibles son el Ministerio de Cultura, el Instituto  Cubano del Libro y sus estructuras provinciales, las casas editoriales, la industria poligráfica y, por supuesto, los escritores.

En 2016, la Feria del Libro recorrió 16 ciudades del archipiélago cubano y se calcula que más de dos millones de personas asistieron, de una u otra manera, a sus actividades: ventas, presentaciones, actividades colaterales. Aquella es, todavía, una cifra respetable para la población del país.


 

Sin embargo, resulta imprescindible abrir las páginas. Se propusieron poco más de medio millar de novedades editoriales (menos que el potencial que tenemos), y por vez primera, en los últimos años, no se alcanzó el millón de ejemplares vendidos. En algunos sitios, el decrecimiento fue significativo, según destacó Zuleika Romay, presidenta del Instituto Cubano del Libro. Las cantidades, si se escrutan bien, arrojan siempre un punto de partida para analizar las calidades.

Vivo cerca de los libros. En muchas ocasiones, he constatado tensiones. El grueso de los volúmenes que aparecerán en la Feria se produce en los últimos meses, cercana la fecha del acontecimiento y, en consecuencia, la distribución también se tensa. Hay discordancias entre planes, tiempo, pagos, realidades.

Tampoco puede olvidarse, por supuesto, el costo de los recursos materiales vinculados a la industria poligráfica, los encargos de libros imprescindibles para la educación y las obsolescencias tecnológicas; junto a factores subjetivos.

El esfuerzo es enorme, mas el handicap mayor, a mi modo de ver, radica en la concepción misma del convite. Tal vez sea hora de comenzar a ver la Feria como una fiesta más que como una meta. El apremio es un tósigo.  Mejor es sostener esa atmósfera durante todo el año en las librerías a lo largo y ancho del país. Que no estén allí, esperando que la gente entre; sino que hagan que la gente quiera entrar.

Todo no le toca a la poligrafía, en modo alguno: es preciso acabar de asentar planes editoriales en estudios de consumo contemporáneos —que mezclen armónicamente las propuestas y los intereses de los lectores, en un verdadero toma y daca—, y revitalizar, actualizar, dinamizar la labor de promoción.


Foto: www.ahs.cu
 

La promoción desempeña un papel capital. Suele ser llevada y traída, pero pocas veces entendida en su verdadera dimensión. Hablar de promoción es referirse al conjunto de acciones realizadas para informar, recordar y persuadir a los públicos acerca de los productos y servicios que se ofertan. Es una tríada inseparable. Cuando este último acápite es relegado y la improvisación se impone a la estrategia planificada, solo es posible obtener magros resultados.

La promoción del libro requiere una alta cuota de ingenio y seducción. Es hora ya de pasar del papel pegado en el cristal, de la lectura en carretilla del programa de una feria delante de un micrófono, a las estrategias que expriman lo que cada libro tiene, a convencer y enamorar. Es hora del por qué y del cómo, y no tanto del qué. No basta recalcar la importancia de un libro, hay que demostrarla.

En vez de ser momentos estrellas, las presentaciones parecen calcadas unas de otras. Caen por decantadas, por aburridas. Cada libro es singular y representa una oportunidad. Promoción es comunicación, por antonomasia, y debe apuntar a todos los públicos posibles. Hay extravíos: los especialistas o equipos de promoción no son la cola de una casa editorial, el motor para vender lo que ya se hizo; sino que han de participar de sus estrategias desde el inicio.  

Por eso, analizar el diseño de las ferias es también un camino a recorrer. La música tiene su espacio, para animar, nunca para molestar. El público asistente y el programa teórico andan muchas veces demasiado separados. He vivido momentos mágicos con autores en salas semivacías. Las ternuras y angustias de la poesía de Lina de Feria; el mundo de la tradición y el folclor de Rogelio Martínez Furé, fueron estremecedores. Momentos capaces de tocar al menos lector de los mortales.

Por otro lado, el mundo de hoy es interactivo, interconectado, virtual. Se lee más y se lee menos, decía un colega. El mundo de la pantalla es voraz. El mundo wifi, el mundo blog,  el mundo móvil, el planeta Facebook, arrasan. Los minirrelatos y las microcrónicas han invadido el mercado. Y eso ha de usarse a favor de la lectura, aunque el texto no ande impreso en papel. Obviarlo sería suicida.

Perdóneseme que hable de una experiencia cercana, pero tal vez esta, como ninguna otra, me ha convencido de cuánto representa un libro. Por eso la comparto. Hace un lustro estamos al frente de la organización del Concurso Caridad Pineda In Memoriam de Promoción de la Lectura, cuyas bases  puede encontrarlas en esta y otras publicaciones digitales.  Auspiciado por la UNEAC en Santiago de Cuba y con la participación de otras instituciones, solo se pide un texto libre de hasta cinco cuartillas acerca del libro que marcó la vida de cada quien.

Uno se emociona hasta las lágrimas cuando lee, contado por su propios protagonistas, cuánto puede significar un libro para el crecimiento personal, para la experiencia de un niño o un joven inexperto, para alguien que tiene una meta o una pasión en la vida, para una persona ciega o limitada; para alguien que está lejos, que está solo, que está preso…

Un libro puede convertirse en sostén y camino para un ser discriminado por el color de su piel, su orientación sexual o sus creencias; para un anciano, para alguien que ha perdido a una persona querida, para la reconciliación de una familia. Es útil y entrañable para aquel que necesita y ama la lectura. No son ejemplos tomados al azar, son textos que hemos visto en el Concurso.

Por eso, más allá de la Feria, durante todo el año celebro la existencia de los libros, de aquellos que los escriben, los editan, los componen, los diseñan, los imprimen, los promocionan, los venden. Hay que cuidar la fiesta que tenemos para que ese amigo que nos espera, siempre esté.