¿Libertad de expresión versus institución?

De la Declaración del ICAIC acerca de no admitir la exhibición de la obra en progreso Quiero hacer una película, me llamó la atención de modo positivo su defensa del derecho institucional a pronunciarse y decidir. Es algo que se admite apenas sin respingos en la industria corporativa del mercado del arte, pero que no se acepta en instituciones que prefieren la pobreza, y hasta la quiebra, antes que negar las posibilidades de financiamiento y desarrollo. Ese es el don esencial y primigenio de la institucionalidad revolucionaria cubana. En su largo camino existe, cómo no, el accionar errático, como en todas y cada una de las obras humanas, incluido en ello la obra en evolución de creadoras y creadores. No hay institución perfecta. Aunque sí ha sido perfecta la voluntad de no desfallecer, de no abandonar los preceptos primarios del proceso revolucionario cubano: que la ciudadanía toda tenga igual derecho, e igual posibilidad, de acceder a la cultura genuina. No es el ICAIC una excepción.

 Quiero hacer una película
Imagen promocional del filme. Foto: Internet

 

La corta información de que disponemos los que estamos ajenos al accionar institucional interno, y aspiramos solo al resultado concreto de las obras —artísticas e institucionales, que ambas son imprescindibles—, revela, también, un error de buena voluntad institucional que más parece una trampa: compromiso tácito con una obra de la que nada se sabía y con muy escaso tiempo para el análisis y menos material de información que sustentara su aceptación. La propia organizadora lo revela en su muro de Facebook, pues se niega a entregar el material que la propia institución debe asumir como parte del proyecto que auspicia y que financia y, sobre todo, que legitima y autentifica.

¿Por qué, si no es así, insisten estos realizadores jóvenes en insertarse en la plataforma del ICAIC? ¿Para qué necesitarían al lobo feroz de los censores si, simplemente, no lo necesitaran?

Hay en este caso, y una vez más, un comportamiento de disidente botellero; o sea, de adolescente (artístico y mental) que sólo puede mostrar su rebeldía a través de la propia familia que, aún así, lo protege. Curiosamente, el ICAIC, es decir, la familia simbólica, financia y legitima, en tanto el realizador adopta a la familia que lo oprime; como que no juega la estructura significacional con las piezas en curso, revueltos en su olimpo Levy-Strauss y Barthes, por ejemplo.

Por mi parte, dudo de que alguien que es capaz de pastichar un diálogo semejante en una película, pueda sostener un debate profundo acerca del pensamiento martiano, de sus orígenes, desarrollo e, incluso, sus circunstancias de legado. Para no hablar de que esa seudointertextualidad superficial que revela anuncia apenas un simple gesto análogo a lo que llaman perreo en la música urbana. Lo que parece reflejar el insultante diálogo (insultante, aclaro, no desde el punto de vista del personaje, que se muestra como un verdadero imbécil, sino desde el punto de vista del realizador, quien se desliza como un verdadero oportunista) es una reacción contra el uso del legado, acaso contra la simplificación estándar que la enseñanza retransmite. Este tópico, dicho sea de paso, es obsesión de la institucionalidad educacional, aunque no es fácil lograr que la humanización de la enseñanza histórica se expanda con una herencia burguesa de métodos educativos.

No obstante, la reacción en redes atrae el apoyo de intelectuales que cierran filas en contra de la institución que ha validado y protegido su obra, desde que empezaron y hasta los momentos en que le lanzan sucesivas coces. Para ellos la postura es a priori. En nombre de una libertad de expresión que predican, sin convencer, aplican la censura más férrea a la institución revolucionaria. No van, digamos, a la institucionalidad cristiana que rige la moral ni a la institucionalidad ideológica burguesa que rige el espíritu de lo tolerado, aunque incómodo, no; se encaraman de plano, y muy ramplonamente, al foco de agresión de guerra cultural: el accionar cultural que el proyecto revolucionario cubano ha sostenido a pesar de toda crisis.

También, cómo no, niegan la ideología de plano, como si la ideología no fuese también, en el más chato de los casos, una disciplina científica, un objeto de estudio. Se adhieren, con docilidad pasmosa, al patrón desideologizador de la ideología post, hegemónica y depredadora, precisamente, de la libertad de expresión.

¿No cabe la posibilidad de equilibro en sus juicios? ¿No han existido personas de talento y capacidad de valorar y discernir en las instituciones? Se deduce que no de sus salidas públicas. El maniqueo ejercicio de los buenos y los malos les allana el camino de la desatención, del apoyo a la falta de respeto por tal de hacer un nuevo mérito de rebeldía ilocutoria.

Acaso el error primigenio de este absurdo se halle en el propio título que ha dado origen al conato de guerra cultural. El camarada Yimit quiere hacer una película; que lo logre es harina de costales diversos. Ya lo decía Guillén, Nicolás, el poeta nacional: “Comprendo joven, su desesperación y prisa, pero antes de deshacer un soneto, lo anterior es hacerlo”.

Y para seguir con Guillén, parafraseando a mi albedrío alusivo: “si escasea demasiado el talento en el Uno, por favor, respeten alguna que otra vez, tanto a Martí, como a la luna”.