Les vamos a dar doscientos mil pesos

A mediados del mes de marzo de 1959 me encontraba en mi apartamento en la calle L, entre 11 y 13; eran aproximadamente las 12:00 de la noche. Alicia no estaba en Cuba. Sentí que tocaron a la puerta y era el capitán Antonio Núñez Jiménez. Me dice “Vengo con un amigo”. Y le contesto: “Pasen, pasen”. Suben entonces las escaleras y al llegar a mi cuarto me doy cuenta de que el acompañante era Fidel.

Yo estaba en la cama leyendo; allí mismo se sentó Fidel. Núñez tomó una silla, a un lado, y empezamos a conversar acerca de los imperialistas norteamericanos, de la política cultural de la Revolución y de mil temas más. Fidel gesticulaba y en determinado momento una de las manos chocó con sus espejuelos y estos cayeron a la cama. (…).

Estuvimos hablando hasta las dos y pico o las tres, no me acuerdo bien, Fidel miró de pronto uno de sus relojes y exclamó: “Núñez, mira, estamos desvelando a este compañero; vamos que ya es tarde”.

Cuando empezábamos a bajar las escaleras, se vuelve Fidel hacia mí y me dice: "Oye, pero si yo venía aquí para hablar del ballet y no hemos hablado nada de ballet". Rápidamente le contesté: “¡Todavía estamos a tiempo!”. Entonces él me preguntó: “¿Cuánto dinero necesitan ustedes para reorganizar el ballet?” Yo le dije: “Cien mil pesos anuales”, pensando haber puesto una pica en Flandes. Entonces fue él quien la puso: “Les vamos a dar doscientos mil, pero tienen que garantizar que va a ser una buena compañía”.

 

Nota: Texto publicado en el libro Así es Fidel, de Luis Báez.