Leontina y los inesperados pasajes de la ambigüedad

Por un lado, hay unos niños que intentan conseguir pintura para ganar el trampeado concurso de un campamento de verano. Por otro, ellos llegan a un extraño pueblo lleno de gente triste y pusilánime, un lugar gris regido por una malvada esclavista y sus acólitos, quienes tienen prohibido, al parecer, el juego y la risa en libertad.

A Leontina, el segundo largometraje de Rudy Mora (Y, sin embargo…) habrá que agradecerle al menos —a pesar de sus dos líneas narrativas que jamás llegan a vincularse en un todo, y al embrollado y a veces incomprensible sistema tropológico— su empeño por desandar los caminos del tópico, eludir el cubaneo tradicional, y oponerse decididamente a las evidencias tonales, conceptuales, espaciales y narrativas que gobiernan el cine cubano.


Fotos: Cortesía del ICAIC
 

Rara avis en el contexto cubano, el filme intenta alzar el vuelo a los aires de la hibridación entre los géneros fantástico y de aventura, pero la desatención a elementos narrativos como los recorridos del héroe, y el nítido perfilado de motivaciones, objetos del deseo, metas, antagonistas y auxiliares diluye el posible impacto dramático (pues el espectador apenas comprende lo que está ocurriendo), mientras que la obvia intención tropológica, que aporta símbolos y digresiones significativas, obstaculiza muchas veces el fluir de la trama.

Junto con Esteban y Conducta, Leontina se encuentra entre los filmes generados por el ICAIC y RTV Comercial, pero Rudy Mora se desmarca del realismo y la contingencia, de modo que nunca se remite a una época exacta o país determinado, y por ello fue necesario realizar un arduo y lento trabajo de posproducción digital, extendido durante varios años.

También existía la dificultad agregada de que los actores hicieron sus papeles delante de telones verdes, para luego incorporar los elementos virtuales, y además se sumaba el problema de los muchos niños que intervienen en el filme (seis protagonistas y muchas decenas de extras), junto con ciertos efectos especiales factibles solo desde la edición, pues las filmaciones tuvieron lugar Santa Cruz del Norte.

Leontina exhibe el notable trabajo de un equipo donde brillaron, entre otros, Ernesto Calzado a cargo de la excelente fotografía, Aramís Balebona como Director de Arte, Osmani Olivare en el diseño sonoro, Juan Carlos Rivero en la música y Carlos de la Huerta como Director de Producción, de modo que el aspecto visual y el sonoro clasifica entre los más notables vistos en una película cubana reciente.

El problema mayor, que lamentablemente pudiera eclipsar el trabajo de todos, proviene del desconcierto conceptual, la incoherencia temática, la imposibilidad de la mayor parte de los espectadores para relacionar emotiva o intelectualmente el título del filme con su trama, el argumento turbiamente expuesto y temas tal vez dominantes como la alegría, la libertad, el juego y el despotismo.

Finalmente, una vez que se disciernen los temas con los que lidia trabajosamente Leontina, solo aparecen atisbos sobre el propósito o mensaje que el realizador intenta comunicarnos. Y ocurre que las aventuras fantásticas suelen ser incompatibles con tales ambigüedades y precisan de la fabulación más certera y nítida, a la manera de filmes como Brazil (1985, Terry Gillian), El señor de los anillos (2001-2003, Peter Jackson), La ciudad de los niños perdidos (1995, Jean-Pierre Jeunet) o Stalker (1980, Andrei Tarkovski), entre muchos otros, todos ellos capacitados para sugerir la inmersión en fantasías apocalípticas plenas de resonancias filosóficas provenientes, siempre, de las acciones, relaciones y propósitos de los personajes.

A su favor, Leontina cuenta también con un elenco grande y de lujo que incluyó, aparte de los seis niños protagonistas, a Corina Mestre, Blanca Rosa Blanco, Hilario Peña, Fernando Echevarría y Jorge Alí. Y además, inserta apariciones especiales, sin texto, o con muy poco texto, de notables intérpretes, no siempre reconocidos como se debiera: Alden Knight, José Corrales, Frank González, Carlos Padrón, Norberto Blanco y Samuel Claxton.

Por si fuera poco, aparecen también varios artistas, no actores, como la bailarina y directora de su propia compañía Irene Rodríguez, la profesora y coreógrafa Rosario Cárdenas, el artista de la plástica Arturo Montoto, el director de Danza Contemporánea de Cuba, Miguel Iglesias y el músico y compositor Edesio Alejandro. Tampoco es que tales apariciones le aporten un sentido especial a la trama, pero siempre se agradece la voluntad de reconocer a los creadores importantes de este país mediante el cine.

A pesar de que Leontina extravía la coherencia y la legibilidad por los caminos de la pretensión filosófica, la metáfora altisonante y cierta obstinación por lograr a toda costa la imagen bizarra o grotesca, chocante o sugestiva, este crítico apuesta con los ojos y el instinto abiertos por las próximas obras de Rudy Mora una vez superados los traumáticos aprendizajes de sendos filmes fantásticos, un reality show cubanizado que logró conquistar el éxito (Sonando en Cuba) y decenas de muy valiosos videos musicales a lo largo de un par de décadas.

Su próxima serie para la televisión, titulada Primera clase, quizá pueda estrenarse el verano que viene. Narra la historia de un grupo de personas cuentapropistas que viven en un edificio, y seguramente traerá de vuelta a un realizador ávido por problematizar nuestra cotidianidad como demostró en sus anteriores teleseries Diana, Doble juego y La otra cara.

En cuanto al cine, Rudy Mora trabaja en el guion de la próxima película que quiere hacer (sin niños ni efectos especiales) y tiene como título de producción Gris, sobre un hombre que pasa, de un día para otro, del más alto estatus social hasta el más bajo en el lugar donde trabaja. Estoy seguro de que en estos próximos empeños, Rudy Mora conseguirá vincular dosificadamente experimentación visual y voluntad alegórica, fantasía y realismo crítico, influencias asimiladas y capacidad para narrarnos un cuento brillante y sugestivo. Sin lugar a duda, creo en su talento.