Leonel López-Nussa: el crítico y el artista

Cuenta Eduardo Galeano que en su juventud se presentó ante Onetti —figura cardinal de las letras uruguayas de su tiempo—, para que le diera una valoración profesional de sus primeros cuentos. Este los recibió y leyó, y en un segundo encuentro, Onetti concluyó: “Puedes llegar a ser escritor, pero márchate de tu pueblo. Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, no habría pasado de ser el director de la Banda Municipal de Tacuarembó”. Y esto fue lo que hizo el joven Leonel López-Nussa, cuando el límite imperioso que a sus aspiraciones artísticas y literarias le impuso la mediocridad pueblerina, lo alentó a dar su primer gran paso, el cual tuvo como destino lógico a La Habana.


Fotos: Cortesía Krysia López-Nussa


Leonel llega a la capital cubana en el convulso año de 1935. Aquí inicia estudios de artes plásticas en la Academia de San Alejando, de donde lo “botaron”, según expresión suya, al identificarse de inmediato con los reclamos de la parte más beligerante del estudiantado. Por si fuera poco, le ocupan un revólver. Ante este fracaso intenta ingresar en la escuela técnico-industrial de Rancho Boyeros, pero es rechazado por “subversivo”. Con tal ficha académica, deja a un lado sus aspiraciones de realizar estudios relacionados con su vocación artística y matricula en el Instituto de La Habana, donde “a duras penas” se hace bachiller. En tanto, su posición política se radicaliza y lo lleva a formar parte del equipo de artistas e intelectuales de izquierda que fundan el periódico Noticias de Hoy —comúnmente llamado Hoy—, órgano del Partido Socialista Popular. En Hoy se inicia como crítico de arte, disciplina que, a la postre, llegaría a interesarle tanto o más que la literatura. Sin embargo, su situación personal y la reinante en el país no eran las mejores. La madre, previsora, decide enviarlo a México.


 

En tierra azteca, Leonel entra en contacto con el muralismo, por entonces, el primer movimiento artístico nacional reconocido a nivel continental e internacional. Otra aventura empieza a ordenarse en su espíritu. Atiende el valor que le conceden al dibujo sus artistas más sobresalientes, siempre en aras de actualizar y legitimar una poética visual que tiene sus raíces en la sociedad e historia mexicanas. Comprende que para refundar un estilo nacional desde las artes plásticas y gráficas de la modernidad, la línea es esencial; ella está presente en el origen de todo lo creado en términos de visualidad y, a  la par del verbo, en tanto escritura, imagen de la voz.

Comprende que para refundar un estilo nacional desde las artes plásticas y gráficas de la modernidad, la línea es esencial; ella está presente en el origen de todo lo creado en términos de visualidad y, a  la par del verbo, en tanto escritura, imagen de la voz.

Sobre las paredes de los edificios más emblemáticos de la gran urbe y del país, opera una revolución de forma y contenido que no es ajena a la revolución social. Podría decirse que el colorido del pueblo mexicano llena las áreas que deja el dibujo, entre narrativo e historicista, de los llamados muralistas. Así lo había entendido Diego Rivera, uno de sus más notorios cultores, cuando en su viaje de aprendizaje a Italia comprendió que antes de la policromía, la perspectiva atmosférica y el claroscuro, entre otros logros del período Clásico, el Renacimiento se había levantado desde el dibujo de los grandes pintores del Cuatrocientos, también muralistas en grado sumo. Así debió de verlo, de sentirlo nuestro futuro artista, si nos atenemos a la importancia que luego tendría el dibujo tanto en su obra grabada como en la pictórica, sin obviar la propiamente teórica, la cual alcanzaría su expresión más personal en el tratado El Dibujo (1964), donde desarrolla una suerte de poética de la línea. Me parece ver al espigado joven, aún más delgado que de costumbre, con los ojos bien abiertos, enfrentarse complacido a una escala arquitectónica y, por consiguiente, dibujística y pictórica, que sobrepasaba con mucho la de las ciudades y obras plásticas —preferentemente, de caballete— del país donde había nacido y vivido hasta hacía poco menos de un año, aun cuando en ellas había ordenado su caos y perfilado su sensibilidad, entre descalabros y esperanzas efímeras.


 

Con el fin de la segunda guerra mundial, concluye su primera estancia en México. Lo visto en pintura en este país, le renueva su interés por dicha manifestación, además de avenirse con su decisión de viajar a Nueva York, devenido nuevo polo del mercado de arte y centro artístico de primer orden a nivel mundial. Aquí vive su hermana Melita, guitarrista de profesión, cuyo esposo estaba al frente del Westchester Conservatory of Music, donde residirá Leonel. La música “lo envuelve”, como diría él… Y  también el amor, la más envolvente de las músicas. Entre las alumnas se encuentra una joven francesa, Wanda, con la que se unirá para siempre. Música, amor y pintura se convertirán en las Tres Gracias de Leonel por lo que resta de la década del 40, amablemente neoyorkina para él. En tal ambiente da inicio a sus dibujos relacionados con la música. En esta temática tienen un espacio preferente los referidos a instrumentos musicales, en particular, la guitarra, que le sugiere alegorías del cuerpo femenino. En 1949 realiza su primera exposición de pintura en el propio local del Conservatorio. Óleos y temperas, por primera vez, cierran un ciclo de su vida y abren otro, donde el amor y la pintura le darán nuevo rumbo a sus pasos, esta vez, mucho más lejos de lo acostumbrado, aunque acompañados por los más ligeros de Wanda.

 

II                                                                

La pareja llega a Francia a inicios de los 50. Las secuelas dejadas por la guerra no le impiden a París seguir siendo la capital de las llamadas vanguardias del siglo, aun cuando en ella solo queden destellos de tan significativo momento de la historia del arte moderno. Leonel, sin embargo, no está para patrañas mediáticas de consagrados. Para él solo importa darse a conocer y, sobre todo, conocerse a sí mismo. Y para ello nada mejor que exponer lo hecho durante su estadía en tierra gala, la cual se extiende algo más de dos años.


 

El resultado no se hará esperar; en noviembre de 1951, en la galería L′ Art Pictural, de la calle Campagne-Premiere, expone sus óleos. Y lo que es aún más relevante, esta segunda exposición será visitada por Wifredo Lam y Pablo Picasso. Tal testimonio lo da el propio Leonel. He aquí nuestra interpretación del mismo. Lam recién había llegado de Cuba, no era todavía el pintor que pronto sería reconocido a nivel internacional; pero sí tenía la amistad y el reconocimiento de Picasso desde antes de la guerra, quien le había dado el mejor de los espaldarazos. También de esta etapa era su amistad con el joven Leonel, a quien había conocido antes de su viaje a España. De ahí que no tuviera nada de particular que informado de la exposición del pintor compatriota en París, algo que no era habitual entonces, el “Chino” se interesara por visitarla y, de paso, llevara consigo a Pablo. Al término de la visita, Lam le sugirió a Leonel continuar dentro de la tendencia del surrealismo.

Es de inferir las razones que llevaron al autor de La jungla a sugerirle tal tendencia estética, al corroborar in situ la importancia que su conocido expositor le concedía al dibujo en sus pinturas y entresijos oníricos, sobre todo, si se tiene presente que el surrealismo es el único movimiento de las llamadas vanguardias en restituir la figuración. Tampoco el surrealismo era del todo ajeno a la plasmación de la realidad objetiva, aunque la subvertía, trastocando la experiencia que se tenía de las cosas representadas en las obras, en particular, aquellas signadas por las asociaciones que este movimiento establecía con el subconsciente y el sueño. Cuando Dalí —el imprescindible Dalí— pintaba un huevo frito, era un huevo frito lo que pintaba, solo que este no aparecía servido en un plato, sino sobre la rama de un árbol. Picasso, según López-Nussa, le aconsejó no imitarlo; observación más que plausible, tratándose de quién era el que aconsejaba y la juventud del aconsejado, amén de una trayectoria que aún estaba en sus inicios.


 

Sea como fuere, de cierto queda la admiración que siempre manifestó Leonel López-Nussa por la obra de Lam y Picasso. No por casualidad, dos de los grandes del arte del pasado siglo en hacer un uso más consciente y sostenido del dibujo, como expresión base de sus respectivas poéticas visuales. Admiración, en principio, que llevó consigo de regreso a México, junto a sus dos hijos: Krysia y Pablo; y que lo inspiró, decenios después, a escribir un texto para jóvenes y adolescentes que tituló Picasso mío, aún inédito.

En 1958, luego de 17 años de ausencia, regresa a La Habana, con el fin de visitar a la madre y darle a conocer su esposa, sus tres nietos y un cuarto que venía en camino. Nace Ernán… Como a toda familia cubana, este hecho histórico también le dará un vuelco a la de Leonel. Él, cuya movilidad lo había llevado a vivir en tres países en menos de dos décadas, fija su residencia en Cuba. En tanto, “la parte rica” de la familia, como la llama en su breve autobiografía, abandona el país, no sin antes hacerle la pregunta de rigor: “Y tú, ¿te quedas?... No tuve nada que pensar —recuerda Leonel—, ya estaba decidido. .

 

III

A  fines de los 80 coincidimos en varias reuniones, que no por relacionarse con nuestro perfil profesional, tenían mejor ambiente para exteriorizar nuestras reflexiones. El cara a cara con Leonel era todo un desafío, en particular, para un joven recién iniciado en tales artes. La cultura, sin pedantería ni pose, es una de las cualidades primeras que admiro en una persona. Y si la acompaña la honestidad, es mi ideal, aunque ello haga más difícil el acercamiento inicial. Lamentablemente, no siempre cultura y honestidad andan juntas. Pero, al menos, en las citadas reuniones, en lo que respecta a López-Nussa, siempre anduvieron cogidas de la mano, independientemente de la aceptación o no de sus razones.

Comprendí por qué su crítica, a veces, pasaba de la opinión cortante a la ironía y hasta el humor, sin perder el filo mínimo para hacerla pertinente a los efectos del argumento esgrimido. Para él, como para todo verdadero crítico, la crítica tenía un componente importante de orientación; hacer ver del otro lo que no veían los demás, en tanto argumento propio de elección y ejercicio del criterio. Entendió que criticar se le hace muy fácil a los que no saben hacerlo, lo que, en ocasiones, deriva en un acto de petulancia y supuesta superioridad intelectual, que atenta contra el propio oficio del crítico. 

Su crítica, a veces, pasaba de la opinión cortante a la ironía y hasta el humor, sin perder el filo mínimo para hacerla pertinente a los efectos del argumento esgrimido. 

La crítica verdadera no solo es parte del arte y la literatura de una época y país, sino que es en sí misma literatura y arte. Incluso, Historia, con mayúscula, aunque muchos lo nieguen. No es casual que algunos de los críticos que hicieron época en el arte y la literatura de su tiempo, fueran notables filósofos, poetas y artistas. A Charles Baudelaire sus contemporáneos lo consideraron un crítico y, solo en segundo lugar, poeta; hoy día su poesía está a la par de su crítica de arte, y viceversa. Asimismo, con frecuencia olvidamos que gracias a la crítica de arte, José Martí pudo sobrevivir y darse a conocer en los círculos intelectuales de dos de las ciudades que más incidieron en su accionar político y literario: Ciudad México y Nueva York. Y Alejo Carpentier no fue menos en sus inicios.

Para López-Nussa la crítica era también enseñar. Dotado de una amplia cultura, sedimentada en su experiencia personal como escritor, pintor y grabador —disciplina en la que se reinició a partir de 1970 en el Taller Experimental de Grabado de la Plaza de la Catedral—, sabía de lo que hablaba con mucho más tino que algunos de los críticos de ocasión de su tiempo —y de todos los tiempos—, porque antes lo había constatado en la práctica. Así parece reafirmarlo la siguiente anécdota de juventud, cuando alguien le dijo: “Tienes buen ojo para las artes plásticas, puedes hacerte crítico; te lees cuatro libros y ya. ¡He tenido que leerme cuatro mil y todavía!”.        

Sus críticas de arte en revistas y periódicos durante toda la segunda mitad del pasado siglo, llevan en sí esta impronta, es decir, la consanguinidad del acto de leer y escribir con el de dibujar, pintar y grabar. La experiencia derivada de la lectura y del hacer era en él ineludible. Ambas se complementaban. De ahí que no tenga del todo sentido escribir un texto sobre López-Nussa crítico de arte y López-Nussa pintor o grabador, aun cuando siempre se consideró un crítico de segunda clase y un dibujante de primera. El verdadero sentido, en todo caso, radica en escribir sobre López-Nussa creador, en el más amplio sentido del término. Y de ahí, también, que el crítico de arte llegue a explicarse mejor desde la importancia que el dibujo tuvo en la consecución de su obra plástica en particular y en su quehacer creador en general.


 

El dibujo era en él el camino para llegar a toda verdad plástica y gráfica. Era su Ley primera. A ella le dedicó su ya citado ensayo El Dibujo, o “libro de ideas”, como gustaba llamarlo, con las que se pueden estar de acuerdo total o parcialmente, pero cuya rotundez a los efectos de una muy personal propuesta reflexiva, las solidifica, dándoles la necesaria fijeza y atención. Al menos, no fue culpable de repetir verdades ajenas, como siempre demandó Martí de los hacedores de cultura. He aquí, a manera de ejemplo, dos de estas ideas: “Sin dibujo la vida es un desorden. El dibujo es el esqueleto, los músculos y la piel de la pintura”. De lo que se infiere que la sangre sea el color. Para sustentar tal ideario se apoyó en argumentos de escritores y estetas de la talla de Goethe y Baudelaire, y de pintores como Miguel Ángel —tan acendradamente escultor, que parecía pintar con el cincel—, Goya, Gauguin y Kandinsky.

El dibujo era en él el camino para llegar a toda verdad plástica y gráfica. Era su Ley primera. 

Las posibilidades expresivas de la línea no solo eran factibles de plasmarse como dibujo, sino como pintura, imponiéndose con responsabilidad profesional la subordinación del color al dibujo. Tal accionar dibujístico devino en él adicción, en el que mano y cerebro suscriben una experiencia, una embriaguez que solo calma una nueva creación. Sus primeras experiencias con el surrealismo y el cubismo durante su estancia en Francia, refuerzan esta elección. Aunque soy del criterio de que siempre hubo en él un interés por desenmascarar o, al menos, diluir el barniz desvirtuador de la verdadera personalidad de los personajes que abordaba en sus dibujos y pinturas, los que en no pocas ocasiones acercaron la matriz de su poética visual a las posiciones del expresionismo grotesco. Sobre este aspecto en particular, me parece reveladora la respuesta que le diera a la periodista francesa María Poumier: “


 

En fin, suma de influencias y experiencias, que al respirar a través de su espíritu y sensibilidad, darían lugar a una forma de hacer para un decir que vino a llenar ciertos espacios hasta entonces sin visibilizar por nuestras artes plásticas. Así lo ilustra la trayectoria expositiva que desarrollará entre 1962 e inicios del presente siglo, en la que vuelve una y otra vez sobre tópicos de iniciación como la música, los músicos, la mujer y el amor, pero reformulados en cada nueva exposición desde la fantasía y la expresividad cortante de su rastro dibujístico, no exento de ironía ni del mejor humor criollo. En esta línea merecen destacarse Músicos y músicas (1978), Quasi una fantasía (1984) —inspirada en un concierto de Leo Brouwer—, Los músicos de López Nussa (1999), El Danzón (1999-2000) y Eros-Nussa (2002).

Cabe comentar, por último, su interés por los juegos semánticos, los cuales se manifiestan en los textos que inserta en las obras o en los títulos de las mismas, en tanto complemento y calce de su decodificación y sentido último. Un buen ejemplo es la serie de dibujos concebidos bajo el título Las majas desnussas, correspondiente a la última de las exposiciones citadas. Mientras que el uso del blanco, el negro y el gris, como gama cromática dominante en el conjunto de obras expuestas bajo el título El Danzón, pone de manifiesto otra manera de manifestarse en su pintura la influencia de Picasso, sobre todo, si recordamos que estos tres “colores” fueron los usados por el gran pintor malagueño en su obra más representativa, el Guernica. Lo que sorprende, si es que cabe el término, es que el Guernica tiene por asunto un genocidio fascista, y las pinturas de la citada exposición, el baile nacional —a propósito, casi en extinción, como el almiquí—. Por si fuera poco, inserta en una de las obras el siguiente comentario de índole familiar: “A mi abuela le gustó el danzón, pero enloqueció con el charlestón”. Sin dudas, la música y Picasso, entre otras cosas, influyeron en López-Nussa y en su descendencia… ¡Y de qué manera!


 

IV

A López-Nussa siempre se le reconoció en su doble condición de crítico de arte y pintor. Hacemos con toda intención este recordatorio, porque pone de manifiesto una constante de su particular evolución como artista, en la cual se turnan las letras y las artes y, llegado el caso, se diversifican en consonancia con las exigencias que a su prolífica actividad creadora le imponían las circunstancias. Esto explica, como tantas otras veces después, sus inicios en el ámbito mediático de la Revolución como dibujante y redactor de la revista INRA; lo que no impidió que de manera paralela llevara la página cultural del periódico Hoy y colaborara con Lunes de Revolución, Verde Olivo, Signos y La Gaceta de Cuba. También fue miembro fundador de la UNEAC y la UPEC.

La fusión de Hoy con Revolución, órgano del Movimiento 26 de Julio, en 1965, daría lugar a Granma, diario al que se incorpora como crítico de cine y teatro, bajo el seudónimo de Alejo Beltrán. Esta nueva variable de su labor como crítico, al igual que sus colaboraciones como ilustrador para diferentes órganos de prensa, en alguna medida responde tanto a su ya comentada cultura literaria y visual, como a la dinámica que el proceso revolucionario en marcha le imponía al sector periodístico de la época, en el que despuntaba López-Nussa como uno de sus cultores más activos en el campo del periodismo cultural, destaque que lo llevará a escribir en El Mundo, decano del periodismo cubano. Con el cierre definitivo de este diario pasa a Bohemia, última publicación del período republicano en permanecer hasta nuestros días, con la que venía colaborando de manera intermitente desde antes.

En la galería Dodecaedro, de la emblemática revista, realizará su exposición Los mambises (1968), tema dominante entonces a nivel nacional, en ocasión de conmemorarse el centenario del inicio de nuestras luchas independentistas. En la misma es de observar cierta influencia del pintor peruano Espinosa Dueñas, quien había conocido durante su estancia en París, y que por esta época impartía clases en la Escuela Nacional de Arte. En cuanto al tema, si bien no fue el más recurrente en su trayectoria artística futura, sí tuvo horizonte inmediato en las ilustraciones que le inspiró el libro La tierra del mambí, del periodista irlandés James J. O′ Kelly, y que con motivo del citado aniversario reeditó el Instituto Cubano del Libro. Con tal trabajo López-Nussa obtuvo la Medalla de Plata en la Feria Internacional del Arte del Libro de Leipzig (otrora República Democrática Alemana), en 1970. La novela Paradiso, de José Lezama Lima, también fue objeto de su interés como ilustrador, tal y como se constata en la selección de una de estas ilustraciones para la Antología visual de José Lezama Lima [2].

En Bohemia, López-Nussa desarrollará uno de los momentos más representativos de su carrera como crítico de arte. Como es notorio, los 80 trajeron otros aires en lo que concierne a las técnicas y tendencias del arte a nivel internacional, las que influyeron en el ámbito artístico nacional, marcando un momento de cambio entre lo hecho en las dos décadas anteriores y lo que restaría de siglo. En consecuencia, la crítica de arte no pudo ser ajena a tales cambios y, mucho menos, remisa a abordar esta realidad en su legitimidad y mutabilidad formal y conceptual.

En Bohemia, López-Nussa desarrollará uno de los momentos más representativos de su carrera como crítico de arte.

Cerca de un centenar de artículos escribirá López-Nussa en Bohemia durante el decenio, en los cuales sus análisis críticos atenderán por igual a los artistas consagrados, pasados y presentes, y los representativos de la generación actuante. Tampoco faltarán en sus trabajos acontecimientos y eventos que marcarían este período, como el Primer Salón de Pequeño Formato (1981), el Primer Salón de Paisaje (1982) y la Primera Bienal de Arte de La Habana (1984). De este último evento dijo: “Lo único que me parece destacable de las bienales es que sigan, a pesar de las dificultadores”. Sobre López-Nussa, el también pintor y crítico de arte Pedro de Oraá, escribió: “Sus críticas alentaron contra viento y marea, y por muchos años, un ámbito casi desértico del pensamiento en esa especialidad, al punto que su impronta, luego de su retiro de la práctica periodística, es aún recordada” [3].


 

A inicios de los 90, López-Nussa recesa en su labor como crítico de arte, para dedicarse por entero a la pintura y el grabado. En esta última manifestación también se había destacado en los 80, atrayendo la atención de la crítica internacional. Así lo ilustra una crítica aparecida en el órgano parisino Le Trait, en 1981, bajo la firma de Jean Dubreville: “La obra gráfica de López-Nussa es una síntesis de tres misterios en lucha: el subconsciente como delirio, la línea como una fuerza bruta, y el Caribe como un eco lejano”. En no poca medida, su pintura también sintetizará estos tres misterios en pugna. En el 2000 recibe el premio Guy Pérez Cisneros, el más alto galardón que se le concede a un crítico de arte por la obra de la vida. El 28 de abril de 2004 fallece en La Habana; contaba al morir 88 años, de los cuales más de 70 los dedicó a la creación artística y literaria —crítica de arte incluida. Algo de William Blake siempre vagó por su espíritu.

 

Notas:
1. Poumier, María: “Entrevista a López- Nussa”, en: Vericuetos (Revista Literaria Bilingüe francés- español).  (París) (9): 126-134, segundo semestre, 1993, p. 128. Toda cita entre comillas sin referencia bibliográfica en el texto o a pie de página, ha sido tomada del resumen autobiográfico de Leonel López-Nussa y la antes citada entrevista que le hiciera la periodista francesa María Poumier.
2. Bermúdez, Jorge R.: Antología visual: José Lezama Lima en la plástica y la gráfica cubanas. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010, Galería II, p. 103.
3. Oraá, Pedro de: Artecubano Ediciones. Colección “Premio”, La Habana, 2000, pp. 94- 96.