Leer en Cuba: ┬┐un anacronismo?

Las estadísticas lo dicen: al menos los jóvenes cubanos leen menos que en décadas anteriores. Habría que preguntarse si los adultos han perdido también un hábito que la transformación educacional realizada por la Revolución convirtió en un acto de primera importancia.

Un artículo publicado por el diario cubano Juventud Rebelde sacó a la luz una encuesta realizada entre más de mil estudiantes universitarios en la que se reveló que, aproximadamente, el 66% de los interrogados lee solo de vez en cuando o muy raramente, lo que constituye un síntoma alarmante.


Foto: Kike


El fenómeno no es privativo de esta Isla. Se conoce que en todo el mundo el audiovisual y las nuevas tecnologías han desplazado al hábito de la lectura, de tal manera que acudir a la literatura parece un anacronismo en este planeta globalizado.

Las instituciones cubanas se muestran preocupadas ante la avalancha de materiales seudoculturales que consumen, sobre todo los jóvenes, a través, entre otras vías, del llamado “paquete semanal” que mantiene a un público cautivo, a pesar de las diferentes estrategias que el Estado desarrolla a diario en su afán de incrementar el interés por los libros y la buena literatura.

No obstante, entre los encuestados por Juventud Rebelde, se señalan como causa del desinterés por la lectura aspectos como el alto precio de los libros, lo que, si bien es cierto en comparación con el que estos tuvieron antes del período especial y la crisis de los noventa, todavía son muy bajos en relación con los estándares internacionales. Vale decir que el libro en Cuba todavía se subvenciona.

Otros de los motivos que alegan estos jóvenes es la falta de tiempo y la carencia de la literatura que les interesa en las librerías y bibliotecas, así como la poca tirada de aquellos que concitan su atención.

En este sentido, las editoriales del país deberían reformular un poco sus políticas editoriales en busca de los potenciales lectores, porque es cierto que todavía se piensa muy poco en el receptor al momento de concebir los planes de publicación.

Ello no quiere decir que haya que hacer concesiones desde el punto de vista de la calidad. Sabemos que los gustos se forman, pero existe, sin duda, una literatura nacional e internacional que además de sus valores estéticos posee la virtud de ser atractiva, y podría pensarse mejor cuáles son las opciones que cumplen estos dos fundamentales requisitos.

Una editora guantanamera, Careisy Falcón, interrogada por la prensa, se refería al papel de los padres y maestros en el empeño de hacer que las nuevas generaciones se acerquen a los libros como nos acercábamos los que ahora somos sesentones.

Están —decía Falcón— los padres que ya no les cuentan historias antes de dormir a sus hijos, que han suplantado a los juegos de relaciones por otros fríos, distantes, y los maestros que instruyen, pero no educan, porque esa “asignatura” (la de leer) no se las miden los metodólogos.

Otros especialistas abogan por un cambio en el soporte. Piensan que la digitalización de la literatura contribuiría a acercar más a los jóvenes a los libros y, de esta manera, se ganaría en nuevos públicos lectores.

De todos modos, parece ser que de todas las manifestaciones literarias es la poesía la que menos atractiva resulta. No se vende, insisten los involucrados en el asunto.

Según Juventud Rebelde, solo un 7,87% de las personas que encuestaron decían preferir la poesía, mientras los géneros de mayor aceptación fueron el cuento y la novela.

Confieso que este resultado me alarma, puesto que la lírica es quizás la manifestación literaria que mejor contribuye a la formación de una sensibilidad en los adolescentes. ¿Habrá pasado la época en que todos los jóvenes escribíamos nuestros poemas de amor?

Quizás los propios escritores tengamos parte de responsabilidad en este desinterés. Existen muchos poetas que han olvidado la función comunicativa de su escritura y entregan textos, más que difíciles por experimentales, de un rebuscado cripticismo que conspira contra su nivel de aceptación.

El hecho de que leer se haya convertido en el mundo en un acto poco frecuente, no debe justificar a los cubanos para que en este país ocurra lo mismo.

Debemos buscar las vías para que el libro vuelva a tener en nuestra sociedad la importancia que tuvo hace unas décadas, cuando los entonces jóvenes de mi generación acudíamos masivamente a las librerías en busca de las numerosas novedades que se ofertaban en ellas.

Es cierto que los factores económicos tienen un importante papel en la falta de consumidores de literatura. Pero tenemos que buscar maneras para que la lectura no sea vista como un anacronismo suplantado por las horas frente a la computadora compartiendo en redes sociales lo que podría compartirse con el mejor amigo que puede tener un ser humano: el libro, sea cual fuere el soporte en el que nos llegue su mensaje enaltecedor.