Lecturas de la violencia a pie de página

Ante decenas de participantes en el Congreso Internacional de Lectura. Para leer el XXI, Fernando Pérez intenta explicar qué es la violencia. “El tema resulta demasiado amplio y no creo que podamos abordarlo en toda su complejidad”, señala. “Por tanto, estas solo van a ser impresiones a título personal”.

Hecha la aclaración, el reconocido cineasta busca, entonces, aproximarse a una de las problemáticas cardinales de la sociedad contemporánea, sobre la cual se debatió en el panel La lectura de la violencia y la lucha contra la impunidad: crímenes encubiertos y descubiertos, del espacio Conversas a pie de página.

Como parte de su acercamiento al tema, asegura haber encontrado múltiples definiciones relacionadas con la violencia. Algunas le parecen limitadas en su enfoque; otras, sin embargo, son más abarcadoras, y le hacen pensar que puede existir un camino interesante para debatir al respecto y complejizar las reflexiones que alrededor de ese término se generan.

“Nosotros vivimos en un mundo violento, y no me refiero solo a las guerras y los actos de bestialidad que tienen lugar constantemente”, afirma. “Hablo de esa violencia cotidiana que contribuye a que cada individuo se sienta maniatado y actúe por condicionamientos que le obligan a seguir un camino que no es el que quisiera”.

Detrás de cada acto de violencia y sometimiento, hay una fuerza que motiva ese tipo de hechos. La violencia o la contraviolencia generan aún más violencia.Invitado a compartir sus criterios junto a Zuleika Romay, presidenta del Instituto Cubano del Libro, Fernando Pérez reconoce la necesidad de dialogar sobre este asunto e indagar en torno a aquellas circunstancias que lo propician.

“Detrás de cada acto de violencia y sometimiento, hay una fuerza que motiva ese tipo de hechos. La violencia o la contraviolencia generan aún más violencia. No me gusta interpretar matemáticamente los fenómenos de la vida: el ser humano puede comportarse como una bestia o llegar al nivel de los ángeles. Y es precisamente entre esos dos extremos que están todas las manifestaciones posibles de conducta”.

En su opinión, la pérdida de la libertad individual es una de las principales consecuencias del ejercicio de la violencia autoritaria. “Muchas veces se pierden las individualidades en función de los proyectos colectivos. El resultado o el logro de una utopía donde pueda haber una sociedad más equilibrada y justa, debe partir de la felicidad de cada individuo. Si eso no se entiende, entonces se generan incomprensiones, frustraciones y violencias invisibles”, asegura.

Ir contra “la norma” o cómo desnaturalizar la violencia

Zuleika Romay también apela a la noción de pérdida para introducir sus opiniones sobre el eje temático central del panel: “Creo que el resultado de la violencia siempre supone la pérdida de algo, es una laceración del espíritu, la negación de un derecho”. No obstante, se ejerce de la forma más natural del mundo y los sujetos, de una manera u otra, están conformados por ella, explica.

El resultado de la violencia siempre supone la pérdida de algo, es una laceración del espíritu, la negación de un derecho.“Las personas van adaptándose a esa violencia de diferentes modos. Algunas desarrollan mecanismos de ocultamiento de sí mismas y de sus intenciones, pues la violencia crea muchas personas hipócritas, oportunistas y con doble moral. Pero también cobardes, y otras a quienes lo único que les interesa es estar en paz consigo mismas. Las consecuencias de la violencia cotidiana, por tanto, siempre van a encontrar conductas que van de un extremo a otro”.

Según confiesa al público asistente, entre sus preocupaciones fundamentales sobre el tema, están la manera en que los sujetos hemos sido entrenados para ser violentos y los mecanismos que convierten a determinadas personas en objeto de violencias específicas.

“Me preocupan mucho los códigos culturales que tenemos incorporados en función de someter al otro a nuestro dominio, y la forma en que nuestras sociedades, sobre todo las que fuimos colonias de las potencias europeas, ocultamos, disimulamos y le damos a estos procesos otra explicación. La simulación social de la violencia y de las relaciones de dominio de unos sobre otros, me genera mucha angustia; principalmente porque vamos naturalizando maneras de proceder que, poco a poco, se van convirtiendo en la norma.

“En Cuba, esos procesos no son ya tan invisibles”, señala. “En la misma medida que se jerarquiza socialmente, que la posesión de bienes se polariza y la desigualdad se hace más evidente, los escenarios y los espacios donde se ejerce la violencia se van transformando en algo común. La gente, entonces, busca eufemismos para lograr entender este todos contra todos que es cada vez más natural”.

Miradas personales desde el cine y literatura

En la misma medida que se jerarquiza socialmente, que la posesión de bienes se polariza y la desigualdad se hace más evidente, los escenarios y los espacios donde se ejerce la violencia se van transformando en algo común.¿Cómo han abordado el tema de la violencia en sus obras? ¿Desde qué perspectivas pueden confrontarse los actos violentos? ¿Qué sienten Fernando Pérez y Zuleika Romay ante la violencia? Ambos creadores coinciden en lo esencial: crecer espiritualmente y tomar conciencia de aquellas circunstancias que sobre nosotros influyen, podrían ser actitudes vitales para superar uno de los problemas más acuciantes en el mundo de hoy.

“Las sociedades, en general, tienen mucho miedo a reflexionar sobre estos asuntos; siempre tratan de coartar a las personas que inducen esos debates, y casi nunca quieren admitir las magnitudes o la extensión de la violencia que en ellas se manifiesta”, destaca la autora de Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad, Premio Casa de las Américas 2012.

Y como para reafirmar la responsabilidad que en todo ello tiene el contexto del cual formamos parte, agrega: “Unas sociedades invocan las buenas costumbres, las buenas maneras; otras, el sistema político; otras, las democracias; pero lo cierto es que muy pocas veces reconocen que las relaciones sociales se dan en un escenario extremadamente violento.

“Entonces, cuando el arte, la literatura, el periodismo o la política asumen discursos que exponen esa realidad, casi siempre estos planteamientos son confrontados y desvalorizados. A la sociedad lo que le place es creerse su propio discurso de cordialidad y fraternidad. Creo que esa es la manera en que vivimos la violencia cotidianamente: unos, luchando; otros, sometiéndonos; algunos, contemplándola indiferentemente y muchos, tratando de no verla”.

De acuerdo con Zuleika Romay, otra de las formas de enfrentar la violencia es preparándonos para no ser víctimas ni reproductores de ella. “En ese sentido, el arte, la cultura, la pedagogía, la escuela y la familia, tienen un papel principal”, indica.

“Creo que la violencia debe ser confrontada, pero desde nuestra propia humanidad, desde nuestra propia espiritualidad. No hay otra manera de prevenir las manifestaciones de violencia cotidiana y socialmente justificada, que generando anticuerpos contra ella. En las pocas obras que sobre el tema he escrito, trato de prevenir a las personas con relación a eso. Todos los que tengamos una mínima herramienta para generar esa necesaria actitud de prevención, debemos usarla, y pienso que es legítimo que así sea”.

La violencia debe ser confrontada, pero desde nuestra propia humanidad, desde nuestra propia espiritualidad.Fernando Pérez, por su parte, también reconoce la educación, el arte y la cultura como “lo único que nos puede salvar”, y comparte el criterio de que es imprescindible visibilizar la violencia para generar esos “anticuerpos” a los que se refiere Zuleika.

Desde su visión como cineasta, considera que el séptimo arte debe mostrar la violencia, pero no hacer de ella un espectáculo: “Ciertamente, me causa rechazo el audiovisual que convierte a la violencia en disfrute o contemplación. El tema me ha acompañado como una de las inquietudes que me interesa abordar en mi obra, pero siempre desde la defensa de la individualidad y del derecho de cada ser humano a ser lo que quiera ser”.

Conversa entonces sobre algunos de sus filmes y destaca, en particular, La pared de las palabras, un largometraje que presenta “relaciones violentas de separación, incomprensión e incomunicación entre sus personajes”. Ahora —según revela al público— trabaja en una nueva cinta que también aborda la violencia, pero desde otra perspectiva.

“Aunque el ejercicio de la comunicación humana es muy difícil, en cada una de mis películas he tratado de que los personajes y los conflictos que enfrentan logren transmitir la idea de que no puede haber espacio para la imposición de un criterio sobre otro, para el fanatismo y la violencia en las maneras de relacionarnos.

“La película que estoy terminando de hacer —añade— transcurre en una parte de mi país que es con la cual me identifico: los barrios populares, sobre todo de La Habana. Aquí muestro personajes que están sobreviviendo y que, desde un punto de vista ético y moral, son señalados y reprobados en la Cuba de hoy. Sin embargo, trato de encontrar esa otra cara que es la humanidad de estos personajes. Y aunque tal vez puedan incomodar a algunos espectadores debido a su comportamiento, quisiera que no fueran juzgados”.

Casi al final del panel, Fernando Pérez reitera, una vez más, que prefiere no ser absoluto en el análisis del contexto que le rodea. Y es entonces cuando apunta un criterio revelador de las esencias que lo definen: las sociedades siempre van a enfrentar egoísmos, contradicciones y frustraciones, pero es posible salvar lo mejor de cada uno de nosotros. “Confío, realmente, en el mejoramiento humano”.