Lectura y Literatura para cambiar el mundo

La lectura es una actividad que le ha permitido a los seres humanos establecer un lazo íntimo y profundo con la palabra y, por ende, según algunos autores, con el pensamiento. A través de ella se desarrollan habilidades múltiples que pueden enriquecer nuestra vida: hacerla no solo productiva, sino también plena (en el sentido en que somos capaces de tomar decisiones más adecuadas a partir de experiencias más nutridas). Paradójicamente, en la actualidad vemos que se incrementa el analfabetismo funcional promovido por los medios de comunicación, pero también por algunos sistemas educativos deficientes. Esto ha generado que niños, jóvenes y adultos no encuentren placer en el acto de leer, sino la coerción de una actividad académica mecanicista y sin sentido.

Según Felipe Garrido, los procesos de recepción, interpretación y producción del lenguaje, como materialización de otras habilidades (cognitivas, emotivas y sociales) que se disparan en los niños cuando se acercan a la lectura, son particulares y generadores de muchas otras capacidades. Después de observar las aplicaciones de diferentes programas de lectura, planteamos que existe una relación inseparable y estrecha de la lectura, el lenguaje y el pensamiento, ya que si el niño tiene un acercamiento amigable a la literatura, particularmente, desarrolla un sistema lingüístico que le permite no solo optimizar sus procesos mentales, sino replantear su relación con el mundo a partir de una postura crítica, habilitada por la lectura. De esta manera, logra hacer pequeñas transformaciones que le permiten recuperar su capacidad de asombro tan apabullada por la violencia recurrente de los medios masivos; asimismo, su acercamiento a la palabra en su proyección artística (Literatura), lo conduce a entender los planteamientos estéticos del arte y la búsqueda de lo sublime, que lo lleva a experimentar el gozo y la libertad. Según Kant, el arte es el único vehículo que conecta el ser sensible (material) con el ser moral (espiritual) del hombre.

La educación tradicional presenta el proceso de adquisición del conocimiento de forma mecánica y de la misma manera nos enfrenta a la lectura.

La educación tradicional presenta el proceso de adquisición del conocimiento de forma mecánica y de la misma manera nos enfrenta a la lectura. En muchas instituciones educativas no es raro ver, todavía, programas de español o de literatura que contemplan la lectura de “clásicos” que, tanto a nivel formal como temático, nada tienen en común con los lectores de hoy. Pareciera que muchos docentes entienden por literatura una propuesta ajena a la realidad, y mientras más críptica y lejana sea, redundará en formar mejores estudiantes. Con lo anterior no pretendemos descalificar, de ninguna manera, la relevancia de las obras literarias que han sido reconocidas como clásicas en todos los tiempos; al contrario: para que una obra clásica pueda ser no solo entendida, sino disfrutada, es necesario que el lector esté preparado para abordarla. Preparación que solo podrá ser posible en la medida en que la diversión y la apropiación se involucren en la actividad lectora.

En los programas actuales de promoción y fomento a la lectura que se llevan a cabo en México, es muy común encontrar frases que la apologizan, exaltando, entre muchas bondades, la función que tiene como vehículo de acceso a la información, al conocimiento y a la cultura; sin embargo, las funciones de la lectura van mucho más allá de la simple intención didáctica o informativa: cuando leemos, o cuando nos leen, se establece un vínculo que, lejos de unificar criterios [1], condiciona el nivel y la calidad de comunicación que existe, o empezará a existir, entre seres humanos; nos prepara para la vida en comunidad, para ser con el otro.

Cuando leemos, o cuando nos leen, se establece un vínculo que, lejos de unificar criterios [1], condiciona el nivel y la calidad de comunicación que existe, o empezará a existir, entre seres humanos; nos prepara para la vida en comunidad, para ser con el otro.

La mayoría de los programas escolares que pretenden desarrollar el lenguaje del niño se basan en propuestas previamente estructuradas que responden a preguntas, rotulan, señalan, imitan, etc., de forma controlada. El objetivo de toda programación de esta índole, señala Vigotsky, debe ser que los niños inicien y creen su propio estilo en la comunicación (expresión) sin la estructura previa del adulto, ya que para ellos es más importante la expresión que la descripción. A partir de este proceso, se liberará el espíritu creador del niño que lo conducirá a generar evolución lingüística, pensamiento crítico y juicio estético.

Vigotsky propone acercar al niño a las artes, particularmente a aquellas que son expresivas, por lo que no pretenden modelar las respuestas en el niño, al contrario, estas generan una marca invisible que alimentará su goce estético y su juicio crítico posterior, no solo respecto al arte, sino en torno a todas las áreas de su interés: Nuestro cerebro y nuestros nervios, poseedores de enorme plasticidad, transforman fácilmente su finísima estructura bajo la influencia de diversas presiones, manteniendo la huella de estas modificaciones si las presiones son suficientemente fuertes o se repiten con suficiente frecuencia. Sucede en el cerebro algo parecido a lo que pasa en una hoja de papel si la doblamos por la mitad: en el lugar del doblez queda una raya como fruto del cambio realizado; raya que propicia la reiteración posterior de ese mismo cambio. Bastará con soplar el papel para que vuelva a doblarse por el mismo lugar en que quedó la huella.

Es precisamente nuestra capacidad creadora la que nos proyecta hacia el futuro y nos permite contribuir en la creación y perfeccionamiento de nuestro presente.

Nuestra naturaleza nos ha permitido desarrollar la habilidad de componer, combinar el pasado con el futuro, la realidad con los deseos, etc., y con ello hemos potencializado las posibilidades de la imaginación. A lo largo de la historia, se ha visto que esta es una función vital y necesaria para nuestra supervivencia. Es precisamente nuestra capacidad creadora la que nos proyecta hacia el futuro y nos permite contribuir en la creación y perfeccionamiento de nuestro presente. Para ello es necesario entender que la fantasía y la realidad no se contraponen, sino que son complementarias y ambas dan solidez a la imaginación y por ende a la creatividad.

Las imágenes de la fantasía brindan también un lenguaje interior a nuestros sentimientos seleccionando determinados elementos de la realidad y combinándolos de tal manera que responda a nuestro estado interior del ánimo y no a la lógica exterior de estas propias imágenes […] La emoción que despierta la obra de arte se contagia [aunque sepamos que no son sucesos reales sino elucubraciones de la fantasía].

El lenguaje y la literatura para la construcción social a partir del juego

Es indiscutible que el ser humano deja huellas imperecederas y, muchas veces, imperceptibles en su entorno. Para organizar y entender el mundo es indispensable nombrarlo. Lo social impacta directamente en los procesos cognitivos a través del lenguaje y se evidencia mediante las condiciones de producción del discurso; por ello es necesario encontrar vínculos entre el texto literario, producido con lenguaje, y las experiencias del entorno del lector. En este sentido, la literatura crea universos que se imbrican (o deberían imbricarse) con los del lector y le otorga estructuras y herramientas para producir ideas y otros universos. Este proceso, comprendido como la apropiación del texto literario o experiencia vicaria, de acuerdo con Rosenblat es mucho más adecuado y efectivo si se acompaña a los lectores inexpertos por esta ruta. Este acompañamiento, como hemos sostenido en otras ocasiones, debe ser sin imponer modelos y desde la renuncia particular a nuestras propias interpretaciones; de ahí que el juego y las preguntas detonadoras sean fundamentales para crear estas estrategias.

 La literatura crea universos que se imbrican (o deberían imbricarse) con los del lector y le otorga estructuras y herramientas para producir ideas y otros universos. 

Para crear juego-estrategias es necesario identificar las actividades y relaciones sociales de los participantes y los textos seleccionados (a partir de esas mismas necesidades) en un medio ambiente particular. Esta perspectiva, como lo hemos hecho a lo largo de 20 años de integrar las juego-estrategias en la lectura literaria a partir de diversas investigaciones al respecto, ha fundamentado la selección de los textos y los parámetros de observación en torno al lenguaje y al impacto que tienen sus contextos. En general, luego de la implementación de estrategias lúdicas, hemos observado lo siguiente:

1. En los niños existe una capacidad innata para el lenguaje, pero está condicionada por factores externos [2];

2. Las condiciones en que los niños se acercan al texto literario evidencian que el lenguaje es una habilidad que existe en potencia, y que se dispara a partir del contacto integral (formas de lectura diversas) con textos literarios. Esta relación dispara y matiza su capacidad lingüística innata muchas veces hasta la creación artística. De lo anterior, derivamos la siguiente conclusión: 3. El lenguaje es una “herramienta” que organiza el pensamiento, pero además, es materia prima de la manifestación literaria [arte]. Los textos literarios han sembrado la semilla de la interpretación en nuestros grupos experimentales, pero también han disparado su proclividad hacia la creación con intenciones estéticas, además de comunicativas.

El lenguaje es una “herramienta” que organiza el pensamiento, pero además, es materia prima de la manifestación literaria. 

A partir de estas experiencias, hemos confirmado la idea de alfabetización de Freire, quien entiende que esta implica la lectura de la palabra, pero sin deslindarla de la lectura de la realidad, con lo que se obtienen codificaciones particulares para cada texto y entorno. En este sentido, la selección de los textos literarios ha sido fundamental para entender las manifestaciones de recepción de los niños, así como para promover la integración de la lectura en su cotidianeidad, pues de ello depende la capacidad de apropiación de los lectores.

Leer no consiste solo en decodificar la palabra o el lenguaje escrito, antes bien, es una acto precedido por (y entrelazado con) el conocimiento de la realidad. El lenguaje y la realidad están interconectados dinámicamente. La comprensión que se alcanza a través de la lectura crítica de un texto implica percibir la relación que existe entre el texto y el contexto. La ludificación a partir de la lectura permite al niño construir un puente de acceso para interpretar el texto literario a partir de una experiencia de vida, matizada por la experimentación de la estrategia que lo lleva a realizar constantemente lecturas de “su” propia realidad.

Los enfoques tradicionales de ejercitación lectora han estado, casi sin excepción, basados en un método positivista; de hecho, han generado, como dice Freire,  una instancia epistemológica en la cual se exaltan el rigor científico y el refinamiento metódico, mientras la teoría y el conocimiento quedan subordinados a los imperativos de la eficiencia y el dominio técnico; y la historia es reducida a una posición menor dentro de las prioridades de la investigación científica empírica. La exclusión de las dimensiones sociales y políticas de la práctica de la lectura da lugar a una ideología de reproducción cultural que contempla a los lectores como objetos; es como si sus cuerpos conscientes estuviesen sencillamente vacíos esperando que los rellenen las palabras del educador. La literatura y el juego buscan precisamente lo contrario: despertar inquietudes que transformen al individuo en un crítico, ya que la literatura no pretende dar respuestas que llenen los vacíos; sino generar que el ser humano se haga preguntas que lo trasciendan.

 La literatura y el juego buscan precisamente lo contrario: despertar inquietudes que transformen al individuo en un crítico, ya que la literatura no pretende dar respuestas que llenen los vacíos; sino generar que el ser humano se haga preguntas que lo trasciendan.

Freire asegura que el desarrollo, por parte del lector, de una comprensión crítica del texto y del contexto sociohistórico al cual se refiere se convierte en un factor importante de la concepción de alfabetización, como forma de comprender el mundo; en este sentido, el acto de aprender a leer y escribir es un acto creativo que implica una comprensión crítica de la realidad; por lo que deja de existir una separación entre pensamiento, lenguaje y realidad objetiva. La lectura de un texto exige ahora una lectura dentro del contexto social al cual se refiere y ello permite que los lectores se conviertan en agentes activos en la construcción del universo que desean, producto del cuestionamiento y la reflexión profunda.

La lectura de la realidad es un factor indispensable para el juego y para la integración de la literatura a la vida cotidiana, para su comprensión y su enriquecimiento, y viceversa. El texto literario presenta un discurso que permite al lector ser coautor del texto, por lo que su decodificación tiene que estar permeada por sus propias experiencias y condensaciones de la realidad. Las juego-estrategias como vínculo para la experiencia literaria (enseñanza-aprendizaje) pretenden conectar los textos con la realidad y esta, a su vez, con la imaginación y la creatividad de los lectores.

Esta capacidad para el juego y el desarrollo de su capacidad para la invención le permitirá a los lectores, de la edad y el contexto que sea, tener las herramientas cognitivas y la experiencia vicaria de apropiación del universo literario, para producir nuevas realidades que, probablemente, apuntarán a resolver los paradigmas complejos que ha cuestionado a través de su lectura de la realidad.

El acceso a la lectura no solo promueve el desarrollo de habilidades lingüísticas y sociales; incluso cognitivas y emotivas, sino que se convierte, para un mundo globalizado tendiente a la estandarización y a la ignorancia, en una herramienta que le otorga al lector el poder de comprender y transformar el mundo. Las lecturas literarias, además, inciden sobre el desarrollo de la espiritualidad del ser humano al hacerlo entrar en contacto directo con la estética, es decir, con las formas y sus proyecciones. Estas “competencias” (Kerbrath-Orecchioni) modifican la imagen social del individuo, ya que el acercamiento al texto literario le proporciona un capital simbólico que lo llevará a tener acceso a los círculos de poder: un poder que le permite modificar y disfrutar el mundo en el que vive.

Este acceso, además, lo conduce a optimizar las relaciones de comunicación y de expresión con lo que lo rodea; por eso es importante describir y analizar los procesos reales que se suscitan a partir de la relación entre los seres humanos y con su entorno.

 

Referencias:
Freinet, Celestin. Técnicas Freinet de la escuela moderna. México: Siglo XX1, 2002.
Freire, Paulo y Donaldo Macedo. Alfabetización. Lectura de la palabra y lectura de la realidad. Barcelona: Paidós, 1989.
Kant, Emmanuel. Lo bello y lo sublime. La paz perpetua.  Madrid: Espasa, 2002.
Kerbrath- Orecchioni, E. La enunciación de la subjetividad en el lenguaje. Buenos Aires: Hachette, 1980.
Mendoza Fillola, Antonio. La educación literaria. Bases para la formación de la competencia lecto-literaria. Málaga: Ediciones Aljibe, 2004.
Rosenblatt, Louise M. La literatura como exploración. México: F.C.E.- Espacios para la lectura, 2002.
 
Notas:
 
  1. Aunque eso no es lo que se pretende, ya que lo más importante de la lectura es formar lectores críticos que forjen sus propias concepciones e interpretaciones del mundo.
  2. Incluso otros internos que se perciben a través del lenguaje mismo.