Le acompaño en su sentimiento

La historia del arte cubano está hecha, en buena medida, de circunstancias y coyunturas. Si por algún raro episodio de su balbuciente talento, el artista logra instituirse como vaca sagrada, lo será por mucho tiempo, gracias a la vaporosa levedad de la eternidad insular. Los críticos, las instituciones, los promotores gozosos nos convertimos en una solícita cámara del eco encargada de amplificar hasta la perdurabilidad lo que posiblemente fuera chispazo pasajero. Como el reverso de la amnesia: un exceso de memoria festiva y liviana que se inventa su trascendencia. Digamos, todavía hoy repetimos con énfasis tan machacón como acrítico una serie — lo subrayo — una serie de créditos que, tenemos por caso a los estridentes años 80, removieran nuestro impresionable paisaje plástico: sin embargo, cuántos nos hemos ocupado de comprobar cuáles de esos precoces geniecillos siguen siendo a la fecha verdaderamente vanguardia, quienes ya se plegaron al imán de la rutina, el comercio o el turismo político, en fin, ¿quiénes aún viven y cuáles se esfumaron ya en aleccionadora muerte prematura? No importa, eso no es importante. Tenemos un fichero frondoso y el marasmo del eco nos enardece. Por suerte, la historia finalmente nos recupera del marco: revisemos las publicaciones de los 60 y entretengámonos un rato con la cadencia fonética de múltiples nombres, qué más da, hoy solo se recuerdan a penas tres o cuatro.

Pensaba precisamente en la ironía de nuestra soberbia vanagloria, cuando me encontré el otro día a Don Agustín Bejarano con una carpeta de pinturas que me dejaron lelo, aunque sin demasiadas rupturas en las esencias y concepciones tecno-expresivas, pues los grabados del creador han sido siempre pictóricos, una pintura nueva, fresca, de un expresionismo intimista mucho más personal. Bejarano que con sus escasos 29 años ya tiene asegurado un cómodo espacio en la cámara del eco del arte cubano dado que, en efecto, es uno de nuestros mejores grabadores, como fue capaz de arriesgarse en semejante y escabrosa ventura: ¿cómo reaccionarán los torvos especialistas acostumbrados para siempre a la percepción de su huracanada gráfica, tan diestra en extraer las más espléndidas sutilezas expresivas de la técnica? Con el giro, ¿su lugar en la cámara continuará igual de holgado? Difícilmente habrá penas ni olvido  -por lo de la eterna levedad- pero pudieran agredir decepciones efímeras, hirientes depresiones, querellas folklóricas.

La Flor Blanca, 2001, técnica mixta sobre lienzo
 

Quizás el autor comprendió, no obstante, que se estaba convirtiendo en un animal del grabado, en tanto su destreza se permitía acaso el prescindir de la aspiración, y entonces quiso mejor recordar, tirándolo todo a la porra, que él es  — valga el inocente retorno — un artista.

Aunque antes, se decide a exhibir esta “etapa final” de la lógica estética que lo consagró anunciando de hecho su metamorfosis, confirmando su estirpe. Y por supuesto se despide en grande, con una excelente exposición que ha de funcionar como catálogo resumen o recordatorio a las puertas del cambio que se avecina. Entonces esta última muestra es como un velorio. Pero a la usanza de esas otras culturas en que se bebe y se come sin reservas. Un velorio para la expansión del alma, tropical y cubano, solo si nos remitimos a la cada vez más extinta animación de nuestras veladas fúnebres de café con leche.

Como de un compendio se trata, lógicamente aparece el discurso en torno a la orgánica unidad de la existencia, en que la vida vegetal, animal y humana, los procesos naturales y los relativos al hombre se integran en invisible jolgorio cosmogónico. Es esa una vertiente notoria en la plástica cubana de este siglo, con paradigmas en Lam, Bedia, Olazábal, pero sí en Lam, por ejemplo, reviste un protagonismo insoslayable la lucumbrada intelectualización de las asociaciones, la erótica de Bejarano potencia más que todo el carácter físico de las metáforas-nexos, el disfrute de la vívida materia de las confluencias, en otra filosofía notablemente visual, intuitiva, visceral e irrefrenable de estimulante vocación hedonista. Y para agradecer en su caso, la austeridad cromática, la firmeza y síntesis del dibujo que felizmente lo alejan del atorrante telurismo exótico y epidérmico.

De tal suerte que, si el entierro es para bien y así de elegante, me despojo de los falsos desgarramientos luctuosos, y le digo jocoso al Bejarano que cuente desde ya con mi voz en la parte fundada de la que parece irremisible cámara del eco.