Las vidas de Fernando Barral

El Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, en sus Ediciones La Memoria, publicó en el año 2010 el interesante título Mis vidas sucesivas, Recuerdos y destino de un niño de la guerra, del médico y rebelde Fernando Barral Arranz, nacido en Madrid en 1928. El libro se encuentra aún disponible en la red de librerías del país.


 

En más de una ocasión se comenta en la obra el hecho de que un amigo del autor le sugirió que entregara el manuscrito a un escritor, consejo que fue rechazado. Por varias razones, debe decirse que no es este un testimonio elaborado según cánones puramente literarios. De hecho, no es la escritura lo que convierte esta narración en un documento recomendable para quienes desean aprender narratología, sino el contenido. Con esto quiero señalar que aunque no estoy de acuerdo con quien afirma que hubiera sido erróneo que un escritor profesional revisara estas páginas y  depurara algunos pasajes (el testimonio, como cualquier otro género literario, merece el cumplimiento de ciertas normas, como la ficción pura), reconozco que la mayoría de los episodios han sido contados con tal pasión, con tanta sobrecogedora autenticidad, y con elementos tan genuinos, que logran atrapar al lector. Más allá de la exigencia de continuar la lectura (debido al interés que suscita), este relato permite aprender.

Conocer de primera mano episodios tan dramáticos como los acontecidos en la Hungría de 1956, la Crisis de octubre en Cuba en 1962, por citar solo dos ejemplos, convierte Mis vidas sucesivas… en un verdadero documento de altísimo valor histórico.

Mucho antes de eso, en los pasajes correspondientes a la guerra de España que dan inicio a la historia de (efectivamente, varias vidas) de Fernando Barral, ya se percibe el doble carácter de testigo-protagonista de este hombre. Proveniente de una familia militante de izquierda (su padre, Emiliano Barral, abatido en la defensa de Madrid y famoso escultor, quien realizara un hermoso busto a Antonio Machado), y convertido él mismo en un revolucionario romántico para el resto de su existencia, convirtió en real la premisa martiana de “El deber de un hombre está allí donde es más útil”.

Su constante peregrinar (dictado a veces por las circunstancias, otras por voluntad propia, a veces cumpliendo orientaciones, y por último, deseos privados) lo llevaron de España a África, luego a Argentina, de ahí a Hungría, hasta establecerse en la Cuba de los años 60, donde participa en más de un proyecto y sufre más de una contrariedad, sin dejar de moverse constantemente. La Habana, El Escambray, Santiago de Cuba, Hospitales, Clínicas, investigaciones en Prisiones, integración al Ministerio del Interior, relaciones con el Che, matrimonios, hijos, frustraciones, alegrías, éxodos familiares, todo es una búsqueda incesante en aras de estar, de colaborar, de brindar lo mejor de sus conocimientos. Es admirable su capacidad de resistencia para soportar incomprensiones, su empeño en erigirse nuevamente luego de intentos por menoscabar la valía de su comportamiento, de sus aportes, de sus entregas sin límites.

El libro, fragmentado en cinco grandes capítulos, permite seleccionar cuál de los tantos avatares padecidos por este curioso hombre entregado al bien común, a la ciencia y a las transformaciones sociales nos motiva más. Así, en “Vida I” (Niñez, adolescencia y juventud) se resumen sus primeros años, la llegada a Argelia y la travesía hasta Argentina. En “Vida II” (Adolescencia en Argentina) se incluyen desde amistades y estudios hasta la prisión y el asilo políticos, mientras que los capítulos “Vida III” y “Vida IV” se refieren al protagonista ya graduado de Medicina. Estos dos acápites comienzan con el texto “Nos encontramos con el socialismo” (En Hungría) y concluyen con “Traslado a Oriente” (luego de integrar el staff de Hospitales como el Calixto García, y de Clínicas pertenecientes al MININT, dedicadas a enfermedades psiquiátricas).

El último de los capítulos, que incluye el llamado Anexo “Elementos para una teoría de la delincuencia” —quizá excesivamente técnico para el lector común— donde ya el autor es oficialmente Investigador social, concluye la trayectoria de muchos años consagrados al trabajo.

Recomiendo la lectura de Mis vidas sucesivas… sobre todo entre nuestro público más juvenil, que podrá acceder al recuento de la Historia desde la perspectiva de un protagonista que optó por lo que Martí llamara el placer del sacrificio. Felicito al siempre inquieto Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, y aunque no lo conozco personalmente, tiendo mi mano al español-cubano Fernando Barral, que tuvo el coraje no solo de vivir momentos intensos, sino de contarlos.

Eso, como sabemos, también exige valentía.