Las imágenes de Irma (y un poco más)

Nunca he suscrito a pies juntillas aquella aseveración de que una imagen vale más que mil palabras. Resulta un comodín. Un análisis serio revela que una palabra también es capaz de evocar mil imágenes. En todo caso, el concepto imagen no es solo aquello que nos entra por los ojos, no es el equivalente a una fotografía. Una imagen va más allá de lo que es capaz de captar la retina.

El calentamiento global no es gratuito ni su efecto reconoce fronteras. Vivimos entre ciclones. Lo mismo azotan a la pequeña isla de San Martín que a Norteamérica. Cuba no es excepción, naturalmente. Cada azote trae sus propias historias y deja sus propias huellas. El esfuerzo del país resulta inmenso para salvaguardar el patrimonio, en primer lugar las vidas, que son su patrimonio esencial.


Cada vida perdida duele, sobre todo cuando algunas de esas víctimas
son resultado de la negativa a evacuarse. Fotos: Sonia Almaguer

 

Cada vida perdida duele, sobre todo cuando algunas de esas víctimas son resultado de la negativa a evacuarse, alternativa inexcusable dada la precariedad de parte de nuestro fondo habitacional o la proximidad de muchas viviendas a las zonas costeras.

Yaguajay, Esmeralda, Sagua La Grande, Falla, Punta Alegre, Caibarién… no suelen ocupar grandes espacios en los medios cubanos. Ahora han saltado. Se han visto igualmente destrozos en pedraplenes y cayos, como para recordarnos que Cuba es un archipiélago. El huracán Irma se ensañó con esas y otras localidades.

Hemos visto lágrimas y asombro, pero también disposición. Muchos jóvenes de verde olivo, como siempre, cortando y sanando. Y los linieros, trenzando cables para que vuelva el amanecer.

Al borde de lo increíble, por ejemplo, fotografías de la entrada a una de las secciones del túnel de La Habana y de la Tribuna Antimperialista convertidas en verdaderas piscinas por las penetraciones del mar. Y en otro orden, cuatro personas en medio de las inundaciones jugando dominó, aparentemente concentrados...

Las interpretaciones resultan disímiles. ¿Olvidados del peligro porque se sienten seguros o una forma muy singular de vacilar la situación, de aquel choteo del que hablara Mañach y que acompaña a los cubanos en las situaciones más inesperadas? ¿Un extrañamiento al estilo brechtiano? ¿Puro excentricismo? ¿Un descuido imperdonable? ¿Un riesgo innecesario?

Yander Zamora sigue marcando con su flash. Toma el momento en que un niño salva, abraza un busto de José Martí, el Héroe Nacional cubano. El simbolismo arrasa.

Quiérase o no, estos testimonios gráficos y tantos otros, forman parte ya de la memoria de la nación y, curiosamente, necesitan ser protegidos.


Inundación en el Malecón de La Habana

 

La radio es imbatible. Lo he dicho una y otra vez. Las caraterísticas de su señal, su sistema extendido a todo el país y la disposición de sus trabajadores, mantuvo a la gente informada en todo el país. Cuando el resto (televisión o Internet) había colapsado, allí estuvo, con su servicio inestimable. Fue el asidero.

A la radio hay que cuidarla más, aquilatarla más. Brilló, como rotundo mentís a aquellos que la minimizan, que la subestiman.

Irma azotó instalaciones de la cultura. Tiembla uno al pensar cómo un huracán puede dañar para siempre testimonios materiales y espirituales que forman parte de la memoria de la nación. Existe en Cuba una cultura de preservación, aunque siempre hay imprevistos y se han detectado algunas irresponsabilidades.

Y los cubanos aquí seguimos, en el medio del Nuevo Mundo, en este “manjuarí dormido a flor de agua”, como calificara la poeta Dulce María Loynaz a su patria. Oteando el horizonte, con el agua por todas partes, según la circunstancia piñeriana. Creando, tratando, aprendiendo, soñando…