Las Escenas norteamericanas de José Martí: un espacio de pugna estética

Cada vez que me adentro en los sutiles intersticios de la obra literaria de José Martí estoy más convencida de que para él, como también pensaba Aristóteles, todos los géneros de la literatura eran géneros de la poesía. Piénsese al examinar la afirmación anterior en sus Escenas norteamericanas, que comenzó a escribir y a publicar a principio de la década de los 80 del siglo XIX en diversos periódicos latinoamericanos, donde los poderosos y complejísimos basamentos de su conformación dan fe de una pensadísima estrategia, del despliegue titánico de una concepción del mundo. Piénsese también, más allá de sus innegables garras contextuales, en que su “condición de texto autónomo dentro de la esfera estético–literaria no depende ni del tema ni de la referencialidad, ni de la actualidad”. Ya se ha dicho que muchas de las crónicas modernistas, al desprenderse de ambos elementos temporales, han seguido teniendo valor como objetos textuales en sí mismos. Es decir, que perdida con los años la significación principal que las crónicas pudieran tener para el público lector de aquel entonces, son discursos literarios por excelencia” [1]. ¿Qué subyuga entonces a un lector contemporáneo? ¿Qué lo motiva a un nuevo develamiento de lectura? En mi caso no es otra cosa que aquello que Proust denominaba esa señal de transformación que el pensamiento del escritor hace sufrir a la realidad, es decir, el estilo [2].

 

Entrar en las Escenas norteamericanas es entrar en un bosque de signos, de intenciones, bosque cruzado de lenguajes que a cada momento muestran y ocultan sus orígenes. Esas texturas multiplicadas me hacen sostener que el “problema del estilo solo puede tratarse en relación a lo que llaman `el hojaldre del discurso´; y, para seguir con las metáforas alimenticias, resumiré estas opiniones diciendo que, si bien hasta el presente se ha visto el texto con la apariencia de un fruto con hueso (un albaricoque, por ejemplo) cuya pulpa sería la forma y la almendra sería el fondo, hoy conviene verlo con la de una cebolla, organización a base de pieles (niveles, sistemas), cuyo volumen no conlleva finalmente ningún hueso, ningún secreto, ningún principio irreductible, sino la misma infinitud de envolturas, que no envuelven otra cosa que el mismo conjunto de superficies” [3].

Para legitimar las numerosas vías de su acceso, para delimitar un punto conjugado de su geografía, y probar la coherencia y multiplicidad de una estrategia, he escogido las Escenas norteamericanas. Dichos caminos permiten comprender que las también llamadas crónicas nos entregan una variada gama de texturas que se constituyen en inusuales paisajes literarios, con lecturas en permanente despliegue.

Una peculiar textura o “capa de materia absorbente”, siguiendo la idea de Barthes, conforma en las Escenas el impulso ético. La escritura martiana lleva lo ético en su tuétano: las Escenas, con su multiplicidad de asuntos y problemáticas, dan a cada paso fe de ello. Observemos si no el énfasis en la relación entre ser y deber ser en los hechos que trata. Martí, para el engrandecimiento ético, sublima los hechos y los legitima a través de comparaciones con grandes personajes o hechos de la historia de la humanidad —lo que Julio Ramos llama citas del Libro de la Cultura [4]—. Es fácil advertir igualmente la mezcla del impulso ético y el espíritu ciudadano. En ese afán nacen sus afilados mosaicos o viñetas, que pueden ser sacados de contexto y aplicados a cualquier época, a toda sociedad: “Aquí, como en todo cuerpo social, los pobres aspiran a la justicia, los ricos al abuso, los perezosos a la holganza, los empleados a la perpetuidad, los políticos al despotismo, los sacerdotes a la agorería” [5].

Muchas veces lo que se narra está cobijado en su cólera ética. Martí reflexiona a menudo como si estuviera escarmentando a alguien desde una voz omnisciente, y en algunas circunstancias es perceptible la relación de la omnisciencia narrativa con la incuestionable eticidad. Incluso la ira ética puede detener momentáneamente la narración para dar salida a esos retratos de seres llenos de oquedades espirituales que tanto llamaban su atención. No solo Martí hace la radiografía de un carácter, como en sus elogiadas semblanzas, sino también de una actitud. Su pluma a menudo canta a los ejemplos, fustiga deshonestidades. Propone una razonable hidalguía que debe penetrar a fuerza de fuego en los tiempos modernos. En tal sentido es lógico concluir que en las crónicas se imbrican el discurso fenoménico y el discurso ético, superponiéndose este último en incontables ocasiones. Pues no “es Martí tipo sobre el cual pueda darse cátedra, y frente a un hecho moral que se muestra por la escritura queda en un plano secundario la indagación de las características formales”. Martí como “hombre-ejemplo” elude la clasificación regalona. “A veces [...] hay más belleza”, porque Martí no busca la belleza sino que la halla siempre, “en una nota íntima y como preparatoria de un decir más pleno, que en un documento pensado para muchos” [6].

Yo diría que todos sus razonamientos tienen una raíz ética; es estrecha la relación entre la descripción y el impulso moral [7], pues la emplea sutilmente para insuflar juicios, muchas veces éticos, de los personajes y hechos que recoge [8]. Además, estaba apercibido “de que `el periódico tiene algo de sacerdotal´, porque en la vida moderna ha llegado a ser guía de millares de hombres; en consecuencia, debe ser tal, que los lleve por el mejor camino y debe tener en cuenta que lo es particularmente para los que de por sí no pueden juzgar” [9]. La descripción en Martí también contiene una alta carga ideológica. Fijémonos en el siguiente fragmento cómo la utiliza para juzgar a la mujer norteamericana y distinguir entre la rica y la humilde, realzando a esta última:

Los ojos, por supuesto, no se iban tras ellas, sino tras los vestidos de sedas claras, sin más adorno que el supremo de la natural belleza, favorecida por el amplio uso del tul [...] Más que el lujo impropio de la mayor parte de los trajes, era de notar, en el paseo de viudas acaudaladas, de esposas resplandecientes, de ilustres herederas, la degeneración, si no ausencia total, de aquella beldad de Diana y Juno de la mujer de Norteamérica, antes de la mezcla desconsiderada de las razas y los afanes de una prosperidad violenta y excesiva. Y las pocas que por su hermosura llamaban la atención, eran en lo general gente nueva, recién venida del trabajo, del emigrante, del minero, del piloto, del campesino: porque las de familia más rica y antigua se conocían, no por la soltura y majestad del trato, sino por lo descolorido de la tez o la espalda gibosa, o el cuerpo infeliz o el perfil embebido de Carlos I el Hechizado [10].

Esto y más cobija el universo célere de las crónicas. Martí sabía que “la vida es movimiento y el movimiento está relacionado con lo que hace mover al hombre... la ambición, el poder y el placer. El tiempo que el hombre dedica a la moralidad debe quitárselo forzosamente al movimiento del cual forma parte. Tarde o temprano se ve obligado a elegir entre el bien y el mal. Porque la conciencia moral se lo exige para que pueda vivir consigo mismo mañana. Su conciencia moral es la maldición que tuvo que aceptar de los dioses, con el objeto de conseguir de ellos el derecho a soñar” [11].

También en las Escenas las caracterizaciones de los personajes tienen un fundamento ético. Si son hombres buenos, reluce el verbo describiendo grandezas, si no lo son, el énfasis peyorativo va de lo físico a los vericuetos oscuros de su espiritualidad. Martí gusta de describir buenas acciones y comportamientos éticos: una forma analógica de reproducir y expandir su propio pensamiento y su propia conducta. Le preocupa el por qué de los móviles humanos. Penetrar sutilmente en la naturaleza humana, eso intenta y consigue Martí en sus abundantes retratos sicológicos a modo de viñetas dentro de las Escenas. Él no suele enjuiciar de un plumazo a un corrupto: dinamita sus cimientos a través de un sutilísimo retrato que hace padecer más que a todo a sus propias entrañas y a lo mejor de los hombres, entre sus lectores. Para Martí la naturaleza humana es sondable, pero infinita, por eso penetra en ella, sobre todo en sus semblanzas —que son primero crónicas—, como en una cueva imantada, reveladora de tesoros con su ojo magno y su ojo de hormiga. El instinto y la intención profundamente humanos en sus crónicas se revela abiertamente, siempre participando expone su poética: “Vale más un detalle finamente apercibido de lo que pasa ahora, vale más la pulsación sorprendida a tiempo de una fibra humana, que esos rehervimientos de hechos y generalizaciones pirotécnicas tan usadas en la prosa brillante y la oratoria. Complace más entender en sus actos al hombre vivo y acompañarlo en ellos” [12].

También le seducen los parlamentos éticos, tanto, que no puede sustraerse de citarlos, e imagino que manipularlos en función de su punto de vista [13]. En tal sentido el punto de vista en las Escenas es un elemento fundamental, pues Martí desea insuflar ideales éticos a sus lectores [14].

Notas:
1. Susana Rotker. Fundación de una escritura: Las crónicas de José Martí. Casa de las Américas, 1992, La Habana, p. 136.
 
2. “El estilo es el medio de trabajo que  diferencia al escritor,  como el color al pintor, de otras prácticas sociales, institucionales, que usa la lengua como medio. La estilización es una de las marcas de la especificidad mediante la cual la literatura, siguiendo las normas del régimen de la especialización, busca delimitar un territorio propio y una función social insustituible. La estilización paradójicamente individualizadora se convierte en un mecanismo institucional”. Julio Ramos. “Maquinaciones: literatura y tecnología” en Desencuentros de la Modernidad en América Latina. (Literatura y Política en el siglo XIX.) Fondeo de Cultura Económica, México, 1989, p. 173.
 
3. Roland Barthes. “El estilo y su imagen” en El Susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura. Ed. Paidós, Barcelona, 1987, p. 159.
 
4. Recordemos en tal sentido lo que hace en la escena referida a la inauguración de la Estatua de la Libertad. “Martí trabaja con emblemas, con paisajes de cultura que en la crónica cumplen la función de reintroducir elementos cristalizados de la cultura canónica que precisamente era desplazada por la modernización. Las continuas alusiones bíblicas y la oratoria sagrada que por momentos determina la entonación son otros ejemplos de representaciones, de citas de ese Libro de la Cultura”. Julio Ramos. “Maquinaciones: literatura y tecnología” en Ob. Cit., p.163. Es necesario advertir que Martí emplea estas citas del libro de la Cultura no sólo para legitimar escenas que cuenta, sino también para rebajarlas, para enfatizar el descalabro ético. Veamos el siguiente ejemplo:
Porque no es esta porfía de los andadores como aquel animoso estadio griego, donde a ligero paso, y dando alegres voces justaban en las fiestas por ganar una rama de laurel los bellos jóvenes de Delfos; sino fatigosa contienda de avarientos, que dan sus espantables angustias como cebo a un público enfermizo, que a manos llenas vacía  a las puertas del circo los dineros de entrada que han de  distribuirse después los gananciosos.
 
5. José Martí. “Varios sucesos. Trabajos preparatorios de los partidos políticos” O.C, T. 11, p. 255.
 
6. Juan Marinello. “Españolidad literaria de José  Martí”, citado por Edberto Almenas en “Prosa última: Algunos aspectos formales”, José Martí y los Estados Unidos, C.E.M., 1998, La Habana, p. 124.
 
7. En el lapso de tiempo que se analiza hay crónicas más intelectivas que otras, hay casos de meras observaciones, narraciones de sucesos ordinarios de los que deriva razonamientos profundísimos de raigambre ética, útiles para la vida siempre, en cualquier espacio o tiempo, que develan al escritor apóstol, al ingenio virtuoso.
 
8. Las sutiles metáforas también participan muchas veces de su afán ético, por ejemplo, para caracterizar y ridiculizar a Chauncey Depew, político advenedizo muy referido por Martí en las crónicas, utiliza una muy original: “dueño sólo de la centella de sus ojos” que satiriza su ambición, constituyéndose tanto en metáfora innovadora como en enjuiciamiento ético. Por otra parte, es necesario apuntar el regocijo que desborda la escritura martiana en las Escenas. Dijérase que se viaja de la indignación ética —inevitable por los sucesos ineludibles que describe— al regocijo por los que prefiere: Una escritura instintiva y emocional.
 
9. Frida Weber. “Martí en La Nación de Buenos Aires (1885 – 1890) en El Periodismo como Misión, Centro de Estudios Martianos y Editorial Pablo de la Torriente Brau, 2002, p. 265.
 
10. José Martí. ”Un Gran Baile en Nueva York”, Obras Completas, T. 11, p. 395.
 
11. William Faulkner. Confesiones de escritores. Narradores. Librería Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1996 (Entrevista de Jean Stein).
 
12. José Martí. “Estudio indispensable para comprender los sucesos venideros en Estados Unidos”, Otras crónicas de Nueva York, p. 68.
 
13. Véase un ejemplo, una de sus citas, para tener idea: “[...] El que comercia con un truhán, es un truhán. El que desciende hasta el bribón, desciende. El que roba el derecho de todos para sí, roba. El que degrada a los demás, se degrada”. Obras Completas, “Historia de un proceso. Aspero Verano “, T. 11, p.229.
 
14. Precisando la afirmación, y sin decir lo mismo: El punto de vista ético preside la esencia del pensamiento de todas las Escenas. Las peculiaridades del proceso de corrupción política que Martí describe en las Escenas coinciden con las esencias inoperantes del sistema político de todos los tiempos: sus análisis no son sagaces, son sobre todo éticos.