Las erratas de Paradiso

 

 En aquella lejana tarde de 1991 existía un atractivo más para adquirir un ejemplar de la novela. Su edición era fiel hasta el detalle al manuscrito lezamiano y salvaba las numerosas erratas y omisiones que en ediciones extranjeras se repetían desde su primera publicación en Cuba.


Foto: Internet
 

Chillidos, gritos estentóreos, lágrimas y ataques de histeria —como en un concierto de rock en su punto culminante— caracterizaron la presentación en La Habana de 1991 de la segunda edición cubana de Paradiso, la gran novela de José Lezama Lima. Fue una verdadera batalla campal en que cada uno de los asistentes se mostraba decidido a conseguir un ejemplar de la obra a como fuera y actuaba en consecuencia.

La ensayista y traductora italiana Alexandra Riccio, el poeta César López y el autor de esta página debíamos presentar aquella tarde la novela que aparecía con el sello de la editorial Letras Cubanas. Nos disponíamos a hacerlo cuando el público, joven en su mayoría, cada vez más numeroso e inquieto, ahogó las palabras de Alexandra con lo que primero fue un rumor sordo y luego un grito a voz en cuello. ¡Paradiso! ¡Paradiso! ¡Paradiso!,   repetía sin cansancio aquella multitud que desbordaba el amplio portal del Palacio del Segundo Cabo, sede del Instituto de Libro, en La Habana Vieja, y que para garantizar que no hubiera discursos hizo desaparecer de su soporte, en un golpe de manos sorpresivo y audaz, el micrófono que utilizaríamos, solo para devolverlo cuando se convenció de que los tres oradores habíamos desistido del empeño.

Publicada originalmente en 1966, cuando los cinco mil ejemplares de la tirada se agotaron en un decir amén, Paradiso no había vuelto a editarse en Cuba. Lo que siguió fue al acabose. Ante la multitud que rugía, se retiraron de prisa los ejemplares dispuestos para la venta. Se dijo que el libro se vendería en el interior del edificio y hacia allá se disparó la gente, que regresó al portal, decepcionada. Allí volvió a intentarse la venta, pero tampoco pudo llevarse a cabo con el público encimado sobre las vendedoras, pese a que se hizo saber que habría libros para todos.  Al fin se decidió lo que parecía más prudente y la venta se hizo a través una ventana protegida por barrotes.

Publicada originalmente en 1966, cuando los cinco mil ejemplares de la tirada se agotaron en un decir amén, Paradiso no había vuelto a editarse en Cuba. Y en aquella lejana tarde de 1991 existía un atractivo más para adquirir un ejemplar de la novela. Su edición era fiel hasta el detalle al manuscrito lezamiano y salvaba las numerosas erratas y omisiones que en ediciones extranjeras se repetían desde su primera publicación en Cuba.  No era una edición más de Paradiso aquella que se ponía a la venta. Era el Paradiso  recobrado.

Pantagruélico, desmesurado, voraz

Tres años antes había aparecido en la Colección Archivos de la Literatura Latinoamericana, del Caribe y África del siglo XX, auspiciada por la UNESCO, la edición crítica de Paradiso. Fue un trabajo arduo que aunó esfuerzos de críticos e investigadores de varios países, quienes debían  establecer el texto fidedigno de la obra y la valoración específica de sus variantes, así como elaborar un dossier exhaustivo sobre el autor y someter el libro a análisis textuales y contextuales. Figuramos en ese equipo, entre otros, Julio Ortega, de Perú; Benito Pelegrín, de España, y los cubanos  Raquel Carrió, Roberto Friol, Severo Sarduy y quien esto escribe, todos  bajo la conducción de Cintio Vitier, que confiaría el prólogo de la obra a la ensayista española María Zambrano, la autora de Claros del bosque. La edición cubana de 1991 reprodujo el texto establecido en la edición crítica, aunque prescindió de su aparato erudito. 

Para la edición de la Colección Archivos, Vitier y su esposa, la poetisa Fina García Marruz, cotejaron el manuscrito de Paradiso con la copia del original mecanografiado que Lezama Lima envió a la imprenta en ocasión de la edición de 1966. Lo cotejaron además con el texto de la edición príncipe de Unión, de La Habana, y con el de la editorial Era, de México, que publicó la novela en 1968, y que se consideraba hasta entonces como la más cuidada de todas. Tan fatigosa tarea llevaría a Cintio Vitier a conclusiones curiosas e inquietantes.

En su confrontación, el autor de Lo cubano en la poesía encontró que las erratas comenzaron, presumiblemente, desde el original mecanografiado que Lezama entregó a Ediciones Unión. Luego, la imprenta incorporó otras. Cuando el escritor tuvo en sus manos el libro impreso, con aquella bellísima cubierta de Fayad Jamís, corrigió muchas de ellas, pero solo la tercera parte: 225. Contando nada más que las que afectan o modifican el sentido del texto, la edición de Unión tiene 798 erratas. La mexicana, 892, y algunas de estas, advirtió Vitier, son verdaderos arreglos para homogeneizar o regularizar  el texto o resolver problemas de redacción que eran propios de Lezama.

Cuando traductores y editores extranjeros preguntaban al autor sobre erratas de bulto que advertían en Paradiso, Lezama no respondía o daba respuestas evasivas e insatisfactorias.

Cuando traductores y editores extranjeros preguntaban al autor sobre erratas de bulto que advertían en Paradiso, Lezama no respondía o daba respuestas evasivas e insatisfactorias. En ningún caso se molestó en volver sobre su manuscrito para dilucidar las dudas. De eso hay pruebas irrefutables. Y es que Lezama, pantagruélico, desmesurado y voraz, podía permitirse esos y otros “lujos”, y salir ileso y airoso siempre.

Sirva de ejemplo esta “perla”. Didier Coste, el traductor de Paradiso al francés, le escribe. Trabaja, por recomendación de Lezama, con la edición mexicana de la novela, y no comprende, no puede comprender, este pasaje del capítulo VI. Dice:

“Baldovina, Violante y Cemí pasaban las mañanas, eran los reflejos, los tonos intermedios, que hacen que se retengan más semanas de vacaciones, en la azotea o en la playa”.

En la edición crítica, fiel a la letra del manuscrito y de la edición príncipe de Unión, se lee, en cambio:

“Baldovina, Violante y Cemí pasaban las mañanas, eran semanas de vacaciones, en la azotea o en la playa […]”.  Siguen varias líneas y añade  el autor: “[…] aquella miel de los cabellos de su hermana, parece mostrar en él como unas manchas violetas, más sensibilidad para los reflejos, los tonos intermedios, que hacen que se retenga más en el recuerdo la cabellera después que ha desaparecido la figura”.

¿Qué había pasado? La línea 12 de la página 157 de la edición de Era es repetición, por error de imprenta, de la línea 30 de la misma página. Pero consultado por el traductor sobre el pasaje incongruente, Lezama  explica el error como si no lo fuera. Le dice en una carta: “Esos tonos intermedios, reflejos, prolongan las vacaciones, llevándonos a pasear por las playas o por las azoteas”. 

¿Olalla u Olaya?

A Lezama lo deslumbró la edición mexicana de Paradiso. Ese texto, del que Era ha hecho hasta ahora unas diez reimpresiones, se tomó para las traducciones al francés, como ya vimos, y también al inglés, italiano, alemán y polaco, y fue la base para las de Aguilar (Obras completas de Lezama Lima) y de Cátedra, aunque para la de esta última Eloísa Lezama Lima, según confesó, la cotejó con un ejemplar de la edición de Unión con las correcciones  anotadas por su hermano.

El hecho de que la edición de Era estuviera al cuidado de Carlos Monsiváis y, sobre todo, de su gran amigo  Julio Cortázar, conmovió profundamente a Lezama. Cortázar, en Nueva Delhi, y Monsiváis, en México, trabajaron en las galeras de la edición mexicana de la novela. El argentino tenía a la mano la edición cubana de Paradiso con las correcciones de Lezama, pero no el manuscrito que le hubiera ayudado a solucionar numerosos problemas, y por otra parte, Lezama, desde La Habana, recordaba Monsiváis, tampoco respondía en forma satisfactoria a las consultas que se le hacían.

En una carta que remitió a Emmanuel Carballo, uno de los ejecutivos de Era entonces, Cortázar afirma que en su revisión enfatizó en la puntuación  lezamiana y que prestó atención especial a todas las citas en lenguas extranjeras, donde, dice, “había las fantasías más sabrosas”. En cuanto a lo primero, advierte a Carballo que Lezama, en complicidad con los tipógrafos cubanos, “conspira abiertamente contra sí mismo por la frecuente insensatez de su puntuación”. Aclara enseguida que en esto, como en todo lo demás, procedió a la vez con gran respeto y con gran franqueza. Un descuido advierte el argentino. En los primeros capítulos de la novela el autor utiliza el nombre de Olalla para la familia materna del protagonista; un Olalla que a partir de determinado momento transforma en Olaya hasta el final.

Pero  Cortázar, en su intento de “arreglar” ciertos pasajes, provocó errores y a ellos se sumaron las erratas de la edición de Era. En resumen, tras el fatigoso cotejo de las ediciones cubana y mexicana con el manuscrito,  decía Cintio Vitier: “El total de erratas advertidas en la edición mexicana es de 892, de las cuales 489 proceden de la edición cubana, lo que indica la rectificación de unas 84 no corregidas por Lezama y el añadido de 403, de las cuales habría que rebajar unos 70 presuntos ‘arreglos’. Estos arreglos se presumen por no ajustarse a las lecciones correspondientes de la edición cubana, ni del manuscrito, y porque traslucen el propósito de homogeneizar o regularizar el texto, o de resolver problemas de redacción que son propios de la escritura lezamiana”.

Lezama Lima, sin embargo, no parece haber visto esas erratas. Cuando se publicó la edición de Era, escribió presuroso a Carballo:

“Mi querido amigo: saboreo el Paradiso mexicano, en su impecable edición, cuidada por todos lados y hecha con una amistad generosa. Enseño el libro, y me gana el gusto de todos. Es una edición que a todos nos engendra placer, por su artesanía, por la cantidad del más fino trabajo que atesora. La portada muy bella, los tipos convenientes, los márgenes adecuados, la deleitosa calidad del  papel, todo ha contribuido  a una edición donde está el verdadero Paradiso. Yo lo muestro orgulloso y reviso mil veces sus cuidados primores (…)”

Esa carta, aunque sin fecha, debe corresponder a mediados de septiembre de 1968. Retengamos la larga relación de elogios que encierra, y comparémosla con la que el 25 de febrero de 1970 Lezama remite a Didier Coste, que trabajaba ya en la traducción de Paradiso al francés:

“[…] Sí, la edición de Paradiso, hecha en La Habana, está llena de erratas. Pero la que yo le envié a la casa Seuil, está revisada cuidadosamente por mí. Después, para obviar dificultades, aconsejé que se utilizase la edición mexicana, la de la casa Era, que es, supongo, sobre la cual usted trabaja. Yo creo que dado el cuidado con que se hizo, sus erratas deben ser pocas, aunque yo no la he leído, pues la revisión de la misma me fatigaría”.

Ya sabemos a qué atenernos cuando Lezama Lima afirma que el ejemplar de la edición cubana —superior sin duda a la publicada en México, aunque no lo reconociera— que envió a la editorial francesa estaba revisado cuidadosamente por él. Lo cierto es que habría que esperar a 1988 para que la edición crítica publicada por la Colección Archivos restituyese el verdadero Paradiso. Esta edición fue la que siguió en su texto aquella edición cubana de 1991 que entre chillidos, gritos estentóreos, lágrimas y ataques de histeria reclamó el público con verdadera avidez.