Las cenizas del Cóndor

“Este libro aterra”, me ha dicho una colega, refiriéndose a la impresionante novela de Fernando Butazzoni (Montevideo, 1953), Las cenizas del Cóndor, ganadora del Premio de narrativa José María Arguedas de Casa de las Américas en 2016, y recién publicada por el Fondo Editorial de dicha institución.


 

Hay muchas maneras de acercarse a la lectura de estas cenizas de Cóndor, porque son diversas las enseñanzas (que no didactismos) que de ella se desprenden, como el polvo de las alas que deja ese animal carroñero, también llamadoBuitre del Nuevo Mundo. Es una novela histórica (el autor acude a la memoria de sucesos tan siniestros que si no fuera por la estela de muerte, dolor y tragedia que la perpetúan, parecería difícil de creer); es un testimonio de amor en sus más diversas formas (amor carnal, filial, de amistad, de fidelidad, amor propio, intuitivo, amor ético, esencial), y es, también, la contribución al pago de una inmensa deuda. A las interrogantes de quién la contrajo, cuándo, cómo y, sobre todo, quiénes pretenden cumplir el compromiso de la necesaria luz (quizá la más pragmática herramienta) que alcance sacar a flote las miasmas de dicha deuda, deben darle respuesta los lectores.

Estructurada en dos grandes partes, cada una de las cuales contiene tres capítulos, para terminar con una suerte de epílogo (“Después de las cenizas”), donde Butazzoni hace gala de su cortesía hacia el público —muestra datos acerca del destino de la mayoría de los personajes reales que utilizó para conformar su historia— y hacia todas las manos que lo apoyaron en la búsqueda y análisis de los cuantiosos documentos que revisó, la novela, que además de histórica y de amor, es también un suspense exquisitamente hilvanado, posee unmisterioque pocos autores logran.

Desde la primera página, el momento en que un joven desconocido acude al narrador (el propio Butazzoni: es su voz la única en primera persona, es el periodista, el escritor, el que vivió en Cuba, el que ya se ha hecho famoso por su novela El tigre y la nieve) y pronuncia la terrible frase “Tengo información sobre enterramientos”, hasta 682 cuartillas más adelante, cuando el padre adoptivo deese mismo muchacho responde: “No sé qué va a pasar ahora”, resulta imposible apartarse de la lectura. Las razones de esta suerte de encantamiento macabro son múltiples, y cada quien encontrará las suyas propias. Me atreveré a esbozar las mías, en aras de incitar al público.

Me suscribo al listado de quienes aprenden más de Historia a través de la Literatura, que de textos puramente científicos. Así,Las cenizas del Cóndor ofrece una visión de cómo fue empollado el animal que más tarde dio nombre a un Plan terrible, el cual, aunque haya sido denunciado en más de una ocasión (sin ir muy lejos, en nuestro país se publicó el documentado libro de Stella CalloniLos años del cóndor), nunca será suficiente. Es tan profundo el tajo que produjo la garra de ese buitre, tan inmenso el rencor, y tan injustas sus consecuencias, que no existe mejor homenaje a las víctimas que contándolo una y otra vez.

No basta con saber que el Plan Cóndor fue creado el 28 de noviembre de 1975 en Chile, en el marco de una reunión de seguridad presidida por Manuel Contreras —jefe de la policía secreta chilena— y en la que participaron militares de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay, conPinochet como su principal impulsor. Ni consultar la cifra de víctimas que dejó a su paso. Dependiendo de la fuente, las muertes provocadas por el Plan Cóndor se cuentan desde varios cientos hasta 60 mil (algunos incluyen la totalidad de los 30 mil desaparecidos durante la llamada "guerra sucia" en Argentina). Todo esto pertenece a la estadística, a la frialdad de un conteo, por doloroso que resulte.

Butazzoni logra armar una novela de suspense partiendo de estos datos, de los nombres reales de los dictadores, de los asesinos, del complot internacional para eliminar figuras prominentes del constitucionalismo como Carlos Prats y Orlando Letelier; desnuda a los chilenos Pinochet y Contreras, a Perón, al brujo López Rega, a Castiglioni, a Campos Hermida, estos últimoscriminales argentinos y uruguayos, como una venganza del mismo cóndor, que ahora remonta vuelo al revés de como fue planeado.

Tres personajes (además de, como ya dije, Butazzoni-periodista-narrador) se encargan de armar una poderosa intriga, en la que, como diría un cubano, “no queda títere con cabeza”: una uruguaya simpatizante de los Tupamaros, llamada Aurora Sánchez ytambién Rosa Chaínez Jara; una siberiana agente de los servicios secretos soviéticos, que responde a María Eugenia Romero, a Agente Luna, a Teresa Capdevila y, al parecer, se llama EkaterinaLiejman, y un hombre, Manuel Docampo, capitán de artillería uruguayo, entrampado en una serie de acontecimientos, algunos de los cuales son magníficos y otros repugnantes, nos llevan de la mano, de sorpresa en sorpresa, y en vilo todo el tiempo.

Por si no bastaran estos argumentos para explicar la capacidad de agarre que muestra el autor de Las cenizas del Cóndor, otro elemento salta a la vista: la transfiguración y fuga de eventos históricos simultáneos. Más de una vez aparecen, como si se tratara de una melodía in crescendo, varios sucesos que ocurren al mismo tiempo en sitios tan distantes como Addis Abeba, Buenos Aires y Montevideo (p. 452), o en otras locaciones, como Santiago de Chile y Maiquetía (p. 467). Se trata de una “danza lúgubre”, como bien apunta el escritor. Personas que se mueven en diferentes geografías, con el propósito de cumplir diversos objetivos —uno de los cuales puede ser asesinar, o prevenir, o simplemente sobrevivir—, giran ante mi pasmo de lectora, que ya conoce el final. Este factor, ya saber cómo terminó en la vida real el criminal proyecto, me causó la doble sensación de estar disfrutando de una excelente obra literaria basada en hechos reales, pero cuyo nuevo giro ansiaba conocer. Butazzoni “confiaba en construir una historia tridimensional, con la profundidad necesaria para volverla verdadera, además de real. Ya estaba harto de las historias planas, de los héroes y villanos que poblaban los relatos sobre la dictadura. En la vida todo había sido bastante más entreverado y, por lo tanto, más difícil de aprehender” (p. 418).

Si tuviera que seleccionar el personaje más complejo y bien logrado de todos, escogería a María Eugenia Romero, la espía del KGB que pronuncia el castellano como si fuera madrileña,que se llama de mil maneras, y que termina por ser fiel a sí misma, al margen de orientaciones, de amenazas y de compromisos. En ella también puede apreciarse la fuga, la transfiguración de su identidad según la circunstancia:“Katia piensa como si fuera María Eugenia Romero […]. Pero la agente Luna se interpone” (p.355); “Katia Liejman, disfrazada de María Eugenia Romero, persevera” (p. 576), aunque el mejor ejemplo sea cuando se convierte en testigo de un asesinato en plena calle: “Luna ya se ha convertido en María Eugenia Romero y se agacha contra un portal, pues ve venir el tiroteo y teme que una bala perdida la lastime. Sin embargo, Katia observa y registra todos los detalles. […] María Eugenia se horroriza y Katia Liejman graba la escena para siempre en su memoria” (p. 298).

Tiene razón mi colega, estamos ante un libro aterrador. Y en el miedo que provoca, en la legitimidad de sus criaturas (sean ficticias o no), y en la maestría de su autor, radica la magia que impide apartarnos de devorar (más que leer), sus casi 700 páginas. El peruano cuyo nombre lleva este Premio de narrativa estaría orgulloso.