La tragedia del Morro Castle, Renée Méndez Capote y una entrevista olvidada

Este 12 de noviembre Renée Méndez Capote cumpliría 115 años. El hecho de su nacimiento, ocurrido en 1901, explica por qué se le sobrenombra “la cubanita que nació con el siglo”. Contrariamente a la preferencia generalizada entre sus contemporáneas —la de escribir poesía— Renée optó por la prosa coloquial y sin rebuscamientos, por desempeñar el rol de testimoniante de una época, su época, que conoció bien como partícipe misma de la historia de Cuba. “Yo nací inmediatamente antes que la República —apuntó. Yo en noviembre de 1901 y ella en mayo de 1902, pero desde el nacimiento nos diferenciamos: ella nació enmendada y yo nací decidida a no dejarme enmendar”.

Aunque hija del doctor Domingo Méndez Capote —general del Ejército Libertador, presidente de la Asamblea Constituyente de 1901 y vicepresidente de la república durante el gobierno de Tomás Estrada Palma— tanto Renée como sus hermanos recibieron en el propio hogar buena parte de su instrucción, con los mejores educadores de la época.

“A la edad en que otros niños solo habían leído a Salgari, mis hermanos y yo conocíamos la mitología griega y el martirologio cristiano, los grandes maestros de la pintura universal, la teoría de la evolución, la posibilidad de más mundos habitados y habíamos leído El Quijote, La Divina Comedia, El Paraíso Perdido y los dramas de Shakespeare en ediciones especiales para niños”, escribió.

No fue ella de carácter acomodaticio y su espíritu antidictatorial la enfrentó al régimen de Gerardo Machado. Pasó jornadas en el Reclusorio de Mujeres por su adhesión a la huelga decretada por los estudiantes universitarios y luego generalizada a otros sectores, en marzo de 1935.

Conocido —pero tal vez no tanto— es el episodio vivido por Renée cuando se la nombró para trabajar en la Legación cubana en París, hacia donde embarcó vía Nueva York en la motonave Morro Castle, que naufragó frente a las costas norteamericanas.

El lujoso crucero trasatlántico fue devorado por un incendio generalizado que causó la muerte de decenas de pasajeros ahogados frente al litoral de Nueva Jersey, Estados Unidos. La tragedia ocurrió el 8 de septiembre de 1934 y pese a la movilización de naves de rescate, muchos pasajeros quedaron atrapados por las llamas en sus camarotes. Aún ardiendo, el buque embarrancó frente a las costas ante el espanto de todos y allí permaneció durante años como derrelicto capaz de atraer las miradas de los curiosos, hasta finalmente ser desarbolado y vendido como chatarra.

Como no viene al caso, no nos detendremos en recoger las posibles y variadas hipótesis sobre las causas del incendio; entre ellas, la más aceptada hoy día es aquella que lo da como resultado de un sabotaje de un miembro de la tripulación. Apuntaremos solo un detalle: en el naufragio murió heroicamente el deportista cubano Franz De Beche, cuyo nombre lleva el estadio de béisbol de Guanabacoa, quien cedió su chaleco salvavidas a una pasajera porque confió en mantenerse vivo entre las frías aguas mientras llegaba el rescate, pero no resistió.

La prensa cubana dio abundante cobertura a un suceso como aquel, que conmovió al mundo en su momento.

En su edición del 23 de septiembre de 1934, Bohemia incluye un reportaje y entrevista bajo el título “La tragedia del Morro Castle —Narración exclusiva para Bohemia por Renée Méndez Capote, sobreviviente del Morro Castle”. Del trabajo, profusamente ilustrado, entresacamos algunos fragmentos que seguramente desde entonces han naufragado entre el polvo y el olvido.

Todavía anonadada declaraba Renée:

“Es difícil que yo sepa en estos momentos lo que voy a hacer en el futuro.  Me siento paralizada. Y además, este terrible incidente ha venido a demostrarme una vez más que el futuro siempre trae lo que uno no espera”.

Más adelante comentó:

“Estoy bajo la impresión del que ha vuelto a nacer. El egoísmo de conservar la existencia, después de haber estado en tanto peligro de perderla, parece ser la sensación dominante en cuantos han visto la muerte tan de cerca y tan terriblemente implacable como la he visto yo”.

Contó, además, los pormenores de cómo fue rescatada y pudo salvarse:

“Sentí gente de la tripulación corriendo por el puente y grité con todas las fuerzas de la desesperación demandando auxilio. Un hombre de la tripulación, que más tarde supe se trataba de Carl Pryor, y al que nunca olvidaré, me dijo: ‘No tenga miedo, señora, no pierda el control. Trate de abrir la ventana que es lo importante por ahora’.

“Yo traté con todas mis fuerzas de abrir la ventana de la derecha, pero estaba trabada. Entonces acudí a la de la izquierda. El hombre que desde afuera estaba atento a mis movimientos, me añadió: ‘Pruebe por la otra ventanilla’.

“Con gran esfuerzo logré bajar el cristal de la segunda ventana. Con la ayuda de Prior logré saltar por el hueco. Aquel pedazo de puente era un infierno dantesco. Un barco envuelto en llamas es algo muy difícil de describir (...) Llovía persistentemente, había un fuerte viento huracanado que agitaba las llamas como la roja cabellera de una extraña mujer”.

El relato, que ocupa varias páginas de la publicación, ganó el interés de los lectores aun cuando no se trata de un texto literario, sino de una crónica pormenorizada de un drama que para Renée representó el compromiso consigo misma, tal como expresó el periodista, de “seguir trabajando, seguir luchando, seguir viviendo”.

Esta divisa de la entonces incipiente escritora se materializó en una abundante producción literaria, en la cual se cuentan los libros Memorias de una cubanita que nació con el siglo, 1963; Relatos heroicos, 1965, con anécdotas de la Guerra del 68 y la del 95;  Dos niños en la Cuba colonial, 1966; De la maravillosa historia de nuestra tierra, 1967; Episodios de la Epopeya, 1968; Cuatro conspiraciones, 1972; Por el ojo de la cerradura, 1977; Che, comandante del alba, 1977; Cuentos de ayer y Lento desarrollo de la colonia, 1978; Fortalezas de la Cuba Colonial, 1979; Amables figuras del pasado, 1981; Hace muchos años, una joven viajera, 1983, todos en tiradas masivas al alcance del público juvenil.

Renée murió el 14 de mayo de 1989, cuando se aproximaba a las nueve décadas de vida. Nació en La Habana el 12 de noviembre de 1901. “Nací grande y gorda, alegre, sana, rebelde y vigorosa”, dijo de sí en sus Memorias. Así mismo la recordamos 115 años después.