La tradición bibliográfica cubana en revistas: Anuario Bibliográfico Cubano

La tradición cubana en materia bibliográfica tiene larga data. Hay una inicial preocupación por ofrecer cierto estilo de compilación bibliográfica de la producción escrita por los cubanos hacia el segundo tercio del siglo XVIII, cuando solo había ligeros intentos de expresión literaria en la Isla, y era más que incipiente cualquier tipo de expresión libresca. Por esos años el erudito habanero fray José Fonseca entretenía sus ocios en la búsqueda de libros publicados o escritos por los ingenios criollos. Este fraile, profesor de teología y rector de la Universidad de La Habana, fundada en 1728, pudo revisar las escasas bibliotecas existentes en la ciudad y hacer recuento de libros de insulares que había en ellas, pero su “Noticia de los escritores de la isla de Cuba” ha permanecido inédita.

No fue hasta la cuarta década del siglo XIX que surgió, en verdad, una preocupación bibliográfica en Cuba. Aunque se reconoce la primacía de Antonio Bachiller y Morales, justamente llamado “el padre de la bibliografía cubana”, se sabe que cinco cubanos se le habían adelantado en el tiempo: Felipe Poey (“Sobre algunos historiadores de Cuba”, perdido como manuscrito), Domingo del Monte (“Biblioteca cubana. Lista cronológica de los libros inéditos e impresos que se han escrito sobre la isla de Cuba y de los que hablan de la misma desde su descubrimiento y conquista hasta nuestros días”, que no apareció hasta 1882); Luis Arcadio de Ugarte, oscuro poeta que redactó una “Memoria bibliográfica de todas las producciones literarias publicadas en esta Isla”, igualmente extraviada, pero que tiene el mérito de ser el primer texto de esta naturaleza que utiliza en Cuba la palabra bibliografía; Pedro Guiteras, quien había ido reuniendo información para un inédito “Diccionario bibliográfico americano” y, por último, Andrés Poey, que pensó publicar, pero solo quedó en el intento, un “Boletín Bibliográfico Cubano”. De modo que Antonio Bachiller y Morales, con sus Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública (1859-1861), se convierte en el que primero que puede llevar a buen término una obra de tal naturaleza.    

Lo que podría llamarse la segunda época de la bibliografía en Cuba se inicia con el advenimiento de la República. El matancero Carlos M. Trelles, con su monumental Bibliografía cubana del siglo XIX (1911-1915), en ocho tomos, entre otras muchas que realizó, Domingo Figarola-Caneda y Luis Marino Pérez, son nombres relevantes en este campo. También sobresale la obra de Fermín Peraza, autor de diversos títulos, entre ellos la Guía bibliográfica sobre José Martí (1938) y la Bibliografía martiana. 1853­-1953 (1954); asimismo, confeccionó numerosos índices de revistas, como el dedicado a Cuba Contemporánea (1940). De modo que el surgimiento del Anuario Bibliográfico Cubano se suma, como un empeño más, a esta labor callada y sistemática, nacida de una faena, lamentablemente, muy poco reconocida.

Esta publicación, redactada, editada y distribuida por su director, Fermín Peraza Sarauza, publicó el primer volumen en abril de 1937, donde hacían constar que circularía en el mes de enero de cada año. En dicho número también se expresa:

Esta compilación ha querido traer a estos trabajos un espíritu de amplitud que los haga abarcar no solamente la relación escueta de las listas de libros, sino también otras relaciones de actos e instituciones creadas en el año, que ajenos a lo impreso, completan, por decirlo así, el panorama cultural de la nación.

Además, “aspira a ser un vehículo de conocimiento del libro cubano, dentro y fuera del país”.

La concurrencia de varias secciones fijas sirvió de vehículo para exponer  los abarcadores propósitos que animaban a esta publicación anual: libros y folletos (por autores y materias), conferencias, revistas y periódicos, bibliotecas y un índice general de nombres al final.

Desde su segundo volumen, correspondiente a 1940, presentó también una bibliografía martiana y, más tarde, una bibliografía cubana.

El Anuario Bibliográfico Cubano desapareció en 1959. Su meritoria labor la continuó la Biblioteca Nacional José Martí, que compiló hasta comienzos de los años 80 la bibliografía cubana, labor que ha continuado hasta nuestros días, aunque en los últimos tiempos ha dejado de aparecer en soporte de papel.

Publicación de valor esencial para investigadores y estudiosos de la cultura cubana, el Anuario Bibliográfico Cubano, que en su momento recibió los más altos elogios de reconocidas instituciones cubanas y extranjeras, continúa siendo hoy una obra de consulta inapreciable no tan solo por la información que acumula, sino por la forma en que está dispuesta, atendiendo a los más novedosos métodos que, en materia bibliográfica, acumulaba su principal promotor, Fermín Peraza, quien amplió sus intereses a otras ramas de la bibliografía, como se mencionó antes, además de mantener, por tantos años, este anuario que hoy todos apreciamos en su verdadero valor.