La sonrisa como Ășnica manera de estar vivo

Una mañana, allá por los remotos 80, los NOS-Y-OTROS fuimos a casa de Zumbado a proponerle un nuevo relato para la sección La Bobería, de Bohemia. Enardecidos, le leímos el texto, que creo recordar era de Luis Felipe. Se trataba de un falso ensayo histórico; en cierto momento, el personaje iba al hipódromo y apostaba todo su dinero a un caballo al que apodaban La babosa lenta. A nosotros nos parecía graciosísimo, pero a Zumbado no tanto.

Su humor no era feroz aun cuando hiciera pedazos la petulancia del burócrata, la obtusa fidelidad del funcionario.La idea es buena, nos dijo, pero el chiste se pasa, es excesivo, farsesco; hay que buscar una variante más sutil. Primero discutimos —yo sobre todo, pues Felipe es de talante más bien dulce— pero aun haciéndolo empezamos a buscar lo que nos exigía el maestro. Al cabo, di con que al caballo lo llamaran Software. Eso es, dijo Zumbado, Software dice lo mismo, pero deja que el lector ponga de su parte, lo hace sentir inteligente al descifrar el pequeño acertijo que le proponemos, ¿se dan cuenta? Elegancia, insistió, esa es la clave.

Elegancia sería, desde luego, una buena palabra para definir a Héctor Zumbado. Y no en meros asuntos de vestimenta. Zumbado era un tipo con clase, eso se notaba al tratarlo y, sobre todo, al leerlo. Su humor no era feroz aun cuando hiciera pedazos la petulancia del burócrata, la obtusa fidelidad del funcionario. Hay un montón de textos suyos que uno quisiera haber escrito, clásicos absolutos que te llevan a pensar coño, después de esto ya uno puede morirse. Pero Zumbado tomó la muerte sin prisa y el absurdo con la sonrisa en los labios. Para mucha gente, la sonrisa es un arma social, como el auto o el móvil; para el humorista, su estado natural, la única manera de estar vivo.

Zumbado ejerció ese suave magisterio —que no necesita de aula, aunque probablemente de un mojito— con cuantos le rodeaban. Con NOS-Y-OTROS fue particularmente gentil. Nos hizo una entrevista para Somos Jóvenes allá por 1986, escribió una crónica para Juventud Rebelde en 1988, por el sexto aniversario del grupo. Desde luego, a esas alturas él no lo necesitaba para rellenar su currículum vítae; nosotros sí. Nos integró al consejo de redacción de La Hiena Triste, una revista de la Sección de Humorismo de la UNEAC, junto a figuras legendarias como Juan Ángel Cardi, Evora Tamayo o él mismo. Nos llamó a colaborar en La Bobería cuando le ofrecieron dirigir la sección. Vio, o creyó ver, algo en nosotros, algo que lo llevó a apostar por el grupo una y otra vez. Y en ese entonces éramos mozalbetes de 22, 25 años, que aún no habíamos demostrado nada. O casi nada.

Para mucha gente, la sonrisa es un arma social, como el auto o el móvil; para el humorista, su estado natural, la única manera de estar vivo.Como tuvimos frecuentes reuniones en su apartamento, alguna vez me asomé a su cuarto y vi encima de la cama un enorme cartel, que seguramente había tomado prestado por ahí, que rezaba: “Aquí no se rinde nadie”. De nuevo elegancia, intertextualidad, ingenio.

La cubanía de los textos de Zumbado está fuera de duda. Hay fenómenos y tipos sociales que definió, clasificó y nombró como un Adán, como Ortiz, Cuvier o Humboldt: el sinflictivo, Chapucio, la muela, el guaguabol, Don Quijote de la Cancha, el anti-pan, el asereaegypti, la harakrítica, Audacio, Timoncio, Festivaldo… Si Vampiros en la Habana, de Juan Padrón, ha sido la película que mayor cantidad de frases populares ha recogido o convertido en tales, los textos de Zumbado son su equivalente literario.

Limonada (1978), Riflexiones (1980), Amor a primer añejo (1980), ¡Esto le zumba! (1981), Prosas en ajiaco (1984), Riflexiones II (1985), Nuevas riflexiones (1985), Kitsch kitsch bang bang (1988)…, por ahí quedaron esos y otros libros, esas crónicas de sencillez inigualable que permanecerán en el gusto de la gente mientras lean y recuerden. En ellos se encuentran piezas concretas que otros humoristas como Virulo y Carlos Ruiz de la Tejera (EPD) llevaron a escena o arroparon con música: La guagua, El hombre que quería enlatar el sol, La croqueta, Amor a primer añejo… Después de graduarme de Historia del Arte en 1985, trabajé por un tiempo en el Ministerio de Cultura, primero en la Dirección de Divulgación y luego en la de Aficionados; allí tuve un jefe, Leyva, con espíritu creativo, que se las arregló para fundar un boletín del centro. Para el primer número me pidió hablar con Zumbado para que nos  escribiera algo especial. Lo hice, y el buen samaritano encontró tiempo para pergeñar Riflexionando acerca de las Casas de Cultura, un texto breve que hasta el día de hoy permanece inédito, fuera, claro, de los límites del boletín Hontanar (nombre un poco rebuscado, de acuerdo).

Hace muchos años Zumbado tuvo un accidente acerca del cual circularon rumores: que si estaba borracho y se cayó, que si lo atacaron, que si fue una emboscada… Lo cierto es que el suceso le dejó secuela, le costaba trabajo comunicarse, hilvanar sus palabras. Desde entonces dejó de ser noticia, no volvió a publicar, se convirtió en otro de esos grandes de la cultura cubana (en el sentido amplio, esto es, incluyendo a científicos y deportistas) de los que la gente y las autoridades pronto se olvidan, aunque todavía citen sus frases y sus hechos. Para variar, hace un par de años aparecieron dos antologías casi simultáneas; tengo una de ellas, la compilada por Antonio Berazaín, que me parece estupenda. El 24 de octubre de 2012 el Centro Promotor del Humor le hizo un homenaje en la sala Llauradó en ocasión del lanzamiento de Un zoom a Zumbado (la mencionada antología del Bera) al que asistió, vacilante y casi mudo, pero todavía sonriente, el anciano genial. Allí, admiradores y discípulos escucharon a Carlos Ruiz, Virulo y Osvaldo Doimeadiós contar anécdotas y escenificar textos de Zumbado. Fue la última vez que lo vi.

Pero nunca dejaré de leerlo.