La soledad de un hombre íntegro: Lara

En aras de llegar a serios intentos de acuerdos para la paz en Colombia (y por otros motivos, desde mucho antes, incluyendo intereses comerciales), se han escrito libros, se han transmitido incontables seriales y películas, varios documentos salen a la luz: disímiles han sido los intentos por mostrar al mundo el horror de la violencia sufrida por ese hermano país, cercano a Cuba debido a más de una razón. Podría ejemplificar esta sentencia a través de la mención de la forma más popular y difundida entre nosotros: las series colombianas (El patrón, Los Caines, Tropa Élite, Bloque de búsqueda, La viuda negra, Narcos, Tiro de gracia, El cartel de los sapos, Los pecados de mi padre, La niña, El mexicano) o de otros países, que inevitablemente relacionan el tema de la droga con Colombia (El señor de los cielos, Señora de acero, La reina del sur, El capo, El túnel, etc.)

Sin embargo, el vehículo más perdurable es la literatura. Desde libros clásicos como La virgen de los sicarios (1994), novela del escritor colombiano Fernando Vallejo, que fue posteriormente llevada al cine por Barbet Schroeder, y que aborda las drogas, las mafias y la violencia que caracterizaron el Medellín de los años 1990, hasta los más recientes Chuzados, Pablo Escobar, mi padre (escrito por el hijo del narcotraficante que modificó —para mal— la historia de su país), Amando a Pablo, odiando a Pablo, de la periodista Virginia Vallejo; la memorable novela Rosario Tijeras, de Jorge Franco, y muchos más, integran una extensa lista. Como el arte imita a la vida, y ha sido largo y cruento el camino del narcotráfico y sus espantosas secuelas, así es de profusa la creación artística que intenta denunciar los crímenes que se derivan de este despiadado negocio.


Foto: Coretesía de la Autora


Uno de los ejemplos literarios más depurados y nobles es la novela Lara, del escritor Nahum Montt (Barrancabermeja, 1967, Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá en 2004 por El Eskimal y la Mariposa), publicada por Prisa Ediciones en 2013. Es una breve novela que, utilizando las claves vertiginosas del suspense, rinde homenaje al ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por sicarios de Escobar el 30 de abril de 1984, en las calles de Bogotá.

Amigo de otras figuras importantes, también víctimas mortales de la violencia desatada por Escobar y sus secuaces, como el prestigioso periodista, dueño y director del periódico El Espectador, Guillermo Cano (asesinado en diciembre de 1986); el Coronel Ramírez, quien dirigía el grupo de Antinarcóticos (muerto a balazos un mes antes de Cano) y, sobre todo, de Luis Carlos Galán, candidato presidencial abaleado en una plaza pública en agosto de 1989, Lara se destacó por su inmensurable coraje, la firmeza y la lealtad que mantuvo al cumplimiento de la ley, aun sintiendo la peor de las soledades: el abandono de sus propios colegas.

En la novela, además de percibirse el ambiente de franco terror que se respiraba en toda Colombia, Montt deja al descubierto las patrañas de las que fue objeto el ministro de justicia. Asesinato de carácter, explicó Santofimio a Escobar, “maniobra más antigua que Maquiavelo. Consiste en desacreditar al rival sembrando dudas sobre su comportamiento, ya sea privado o público, personal o político, no importa. Cuando se descubre que todo es falso, el daño ya está hecho. La duda queda” (p. 124), lo cual recuerda otro consejo, también antiguo y malévolo: Calumnia, que algo queda.

Lara, quien fundó junto a Luis Carlos Galán el llamado “Nuevo liberalismo”, cuyos postulados incluían el cese del narcotráfico y de la violencia, se quedó solo cuando la campaña para desacreditarlo surtió el efecto que sus detractores pretendían. Justamente este detalle convierte la novela de Nahum Montt en una obra diferente a las demás, en las que, o se ficciona en exceso, alejándose del núcleo trágico que en términos macrosociales constituye el negocio de la droga, o se busca sensacionalismo al abordar un tema que, sin dudas, despierta interés (malsano o no) en el público. Montt, contenido, sin desbordes, sin aprovechar publicidad ni motivar sordidez, se limita a narrar factualmente los acontecimientos que condujeron al intento de desprestigiar a un hombre honorable, y el éxito que al cabo tuvieron sus enemigos. Acribillado en plena calle, Rodrigo Lara Bonilla se desangró, ante la mirada atónita de los guardaespaldas sobrevivientes al atentado. Ya lo había dicho Guillermo Cano, su amigo periodista: “decir en Colombia que un hombre es peligroso es lo más próximo a decir que es un hombre honesto” (p. 95).

Muchos años más tarde, a mediados del 2000, Juan Pablo Escobar, hijo del asesino, contó que durante el rodaje de Pecados de mi padre, “les escribí una carta a los hijos de Luis Carlos Galán y de Rodrigo Lara en las que les pedí perdón por el daño que mi padre les había causado. Ellos me consideraron también una víctima de la violencia en Colombia” (p. 468 de Pablo Escobar. Mi padre).

Mucho se ha escrito sobre el narcotráfico, y mucho se hará en materia de arte. Por lo pronto, sin menospreciar los títulos señalados, sugiero acercarse a un hombre digno, ejemplar. Lara, de Nahum Montt, es un libro a tener en cuenta, que desde mi postura de lectora, y debido a mi avidez por la Historia de Latinoamérica,  agradezco profundamente.

 
A mi buen amigo colombiano Álvaro Castillo Granada, que mantiene vivo mi amor por su país.