La primavera de Acosta Danza

Guardo con celo los programas de todas las funciones a las que asisto por trabajo y por placer, principalmente las de danza. En varias carpetas los clasifico por estrictos motivos de organización mental y laboral, pero con Acosta Danza sucede casi siempre que no sé dónde ubicarlos: igual los coloco en la de ballet que en la de danza, y al final se traspapelan. Al leer el nombre de Carlos Acosta, automáticamente una piensa: “carpeta de ballet”. Empero, a estas alturas ya es inútil clasificar. Esa costumbre vuelta manía de querer ponerle etiqueta a todo cuanto existe, termina por intoxicarnos.


Twelve, de Jorge Crecis. Fotos: Kike


Lo mismo ocurre con Acosta Danza; luego de un año de fundada, hablar de bailarines clásicos y contemporáneos para referirse a sus integrantes va perdiendo sustento y sentido. No es menos cierto que todavía son evidentes las diferencias entre unos y otros, pero es esa diferencia la que les aporta en gran medida diversidad, y la vez los une cuando se complementan.


Belles Lettres, coreografía de Justin Peck. Estreno en Cuba.


He asistido, y espero continuar haciéndolo, a casi todas las temporadas de la compañía desde su premier mundial en abril de 2016, en la Sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso (GTHAA). En cada función han ido seduciendo al público y a una parte de la crítica. Sus integrantes echaron por tierra prejuicios, resquemores, como también nos han dejado con varias interrogantes aún en el tintero. No obstante, les queda mucho por demostrar para dar por sentado certidumbres, o mejor dicho, con apenas un año de vida les queda todo por demostrar.

Hace pocos días presentaron la Temporada de Primavera en el GTHAA, en un fin de semana no exento de contratiempos debido a las fuertes lluvias y afectaciones técnicas que obligaron a correr la función del sábado para el día siguiente. So pena de las condiciones climáticas adversas, la compañía se presentó el domingo con doble función.


El cruce sobre el Niágara, de Marianela Boán.


En este programa repusieron El Cruce sobre el Niágara, de Marianela Boán, pieza que cumple 30 años de creada. La obra puede carecer del mismo impacto rompedor que cuando se estrenó, pero la lección espiritual y humanista que emana de ella es una sacudida rotunda, tan contundente para un espectador de hoy como lo fue tres decenios atrás. En contraste con ella, la creación de Jorge Crecis, Twelve, es de corte experimental, con influencia del deporte y la matemática. Abierta a la improvisación, 12 bailarines se desplazan a lo ancho de la escena en un juego interminable, donde casi todo el tiempo se lanzan pomos de agua. Cual partido de béisbol, por momentos juegan, rivalizan, se apoyan, fallan los tiros, calculan, bailan o enumeran.


Twelve, de Jorge Crecis.


La aparición de Carlos Acosta en el escenario sorprendió a muchísimos espectadores. Horas antes de la primera función, anunció que bailaría nuevamente después de varios meses sin salir a escena. Interpretó un solo titulado Two. Como es natural, ya no posee el físico de antes, pero incluso en el ocaso de su carrera no puede obviarse que Acosta es de esos seres humanos que nacen con un don natural para determinados fines. El suyo, obviamente, es bailar; si bien no es tan buen coreógrafo como danzante, intuyo a posteriori que sin importar qué tipo, Carlos sería el formidable bailarín que ha sido lo mismo en contemporáneo, que en folklor, baile español o danzas árabes.

Del mismo modo, Carlos tiene en Mario Sergio Elías uno de sus émulos más aventajados. He aquí otro que nació con aptitud innata para la danza. En el estreno Belles Lettres, de Justin Peck, más que increíble fue gratificante ver a un bailarín de base contemporánea asumir un papel neoclásico al más puro estilo Balanchine. Durante el intermedio escuché decir a una bailarina en el público, que para un contemporáneo resultaba más difícil bailar ballet que viceversa. Como dije al principio, volver sobre las diferencias sería en vano; sin embargo, este bailarín marca un punto claro de discernimiento.  


Belles Lettres, de Justin Peck.


Carlos Acosta ha sido bastante atinado en la selección de los elencos. A cada uno(a) les brinda espacio, oportunidades para proyectar en escena su personalidad y lo que tienen para mostrar como entes creativos. Una de las decisiones plausibles que tomó al concebir su colectivo danzario, más allá de la fusión de estilos, fue ofrecerles a sus bailarines la suficiente libertad artística para poder desenvolverse tanto en los procesos de montaje como en la escena, e incluso fuera de ella. Independientemente de que esa libertad pueda a la postre derivar en resultados desafortunados, al menos gozan del beneficio de la duda y la posibilidad de equivocarse. En estas lides cometer errores puede costar caro, pero es en el entrenamiento, en el ensayo de prueba y error, donde se extraen las experiencias aleccionadoras, las que paso a paso les hacen crecer.


Anadromous, de Raúl Reinoso.


Acosta tiene entre sus miembros a dos jóvenes y talentosos coreógrafos: Ely Regina Hernández y Raúl Reinoso, quienes debutaron ya con obras propias en los programas de la compañía. El exprimer bailarín del Royal Ballet confía en ellos y eso dice mucho para bien. Los dos han sabido aprovechar esas oportunidades, tanto como para ni siquiera desperdiciar la ocasión de introducir arreglos a sus creaciones. Reinoso perfeccionó Anadromous, estrenada en aquella primera temporada; mientras Ely Regina presentó Avium en la penúltima. Aunque esta segunda pieza resultó un éxito en cuanto al desempeño de los bailarines, no fue así para su creadora en términos de novedad coreográfica ni imaginativa. La reapropiación del cisne en tanto imagen y símbolo es ya demasiado frecuente en el ballet, al punto de ser trillada.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la primavera es esa etapa en la que algo o alguien se encuentran en su mayor vigor y hermosura. Nombre más acertado para esta temporada de Acosta Danza, imposible.