La poesía es rentable

No tengo duda: los ingresos superan a los gastos. No argumento a favor de los libros de poemas, sino de la Poesía, y cuando me refiero a ingresos, no pienso en dinero sino en epifanías que nutren las arcas recónditas de nuestra intimidad. Poetizar, supremo acto creativo, no tiene costo. Vivir en estado poético puede que lo tenga, pero vale la pena pagar los tributos que nos cobran por el aparente embeleso y las hondas cavilaciones.
 

 

Las letras son patrimonio intangible y ecuménico: se regalan al bulto, no piden boleto para ocupar palco o platea. Te sientas frente a la computadora, o a la página en blanco, y no has gastado nada, y si logras aunque sea un verso, o una simple frase, ya creaste un bien que, al menos en tu subjetividad, y en la del posible lector, resarcirá cualquier costo. ¿Cuánto demoramos en leer este verso: Hoy es siempre todavía? ¿Acaso dos segundos? Todo el oro del idioma en un simple parpadeo. ¿Qué negocio registra balance más alentador?

Si el concepto de renta en su tercera acepción, según el DRAE, es “Ingreso, caudal, aumento de la riqueza de una persona”, ceñir el concepto de rentabilidad solo al incremento del componente monetario es, cuando menos, reduccionista. No obstante, desde la más remota antigüedad el diferendo de priorizar las finanzas opera de oficio cuando de riqueza hablamos. Quizás por eso Confucio sentenció: “No puede ser bueno quien sólo piensa en acumular riquezas; no puede ser rico quien sólo piensa en practicar el bien”.

Leyendo la poesía de Samuel Feijóo terminé afiliado a un modo de sentirme rico pensando en el bien, aunque con ello contradiga la sabiduría milenaria. En uno de los pasajes de Beth-el expresó el gran estoico-panteísta cubano:

Solitario, en el último camino

miro a lo alto lejanos ojos de oro,

y, lento, caigo,

sobre la hierba, a oír

mi vida, a sentir qué quiero

para ser cierto y sin memoria oscura[1] .

Y muchos años después, en El pensador silvestre:

Mi Bolsa de Valores

siempre anda bien:

ahí tengo la mente

llena de pájaros;

ahí tengo el monte

lleno de arroyos;

ahí tengo los mares,

islas, distancias:

ahí tengo las noches

de estrellas misteriosas.

¿Cómo puedo quebrar?[2]

Henry David Thoreau, con cuyo pensamiento nuestro coterráneo seguramente fertilizó sus letras, dejó dichas en el siglo xix, entre otras, dos frases de las que me sirvo: “Antes que el amor, el dinero, la fe, la fama y la justicia, dadme la verdad”; y “El más rico es aquel cuyos placeres son los más baratos”.  

Sin poesía no tuviéramos país, ni barrio, ni conuco, ni nada. Ahora mismo pudiéramos ser una comunidad de fantasmas hablando simplezas por IMO. Un buen por ciento del PIB espiritual se construye con la materia prima y las herramientas de la poesía: la manita blanca que te dice adiós, la arena donde el inocente escribió sus palabras, el tiempo (dorado por el Nilo y tejido por Dánae), esa otra parte consciente del crepúsculo donde no duele morir y que te olviden, sino morir y no tener memoria, son productos concebidos con materiales de bajo costo y altísima eficacia. Cada persona que consume esos bienes los degusta con su historia personal de respaldo, y le incorpora a cada palabra su manera de sentir la pulsación del universo.

Un ejemplo más: el chileno Gonzalo Rojas, valiéndose de insólitas connotaciones, compuso su inmejorable contracanto a la falsa riqueza, y lo tituló “El dinero”:

Yo me refiero al río donde todos los ríos desembocan,

al gran río podrido,

donde vienen a dar nuestros pulmones que hemos criado para el aire,

al río coagulado que lleva en su corriente sanguínea los despojos

de nuestra libertad: todas las rosas

en sus alcantarillas comerciales,

las rosas del placer y de la dicha, las rosas de una noche

que se abrieron a todos los sentidos

depositadas hoy en las aguas viscosas, donde las siete plagas

nos manchan y nos muelen, nos consumen y nos comen

con sus dientes inmundos bajo el beso de la risa y el encanto.[3]

Una de las grandes ganancias que nos reporta la poesía es el diseño invisible, pero palpable, de ese espacio humano que llamamos Patria, donde las complicidades se dan sin cuota y sin costo y hasta los disensos pueden comulgar con los consensos, siempre que ello no implique negación de las esencias. La Patria es gratuita, pero ha costado mucho. Los bolsillos vacíos y el alma rebosante tipifican un estado particular de solvencia.

El diferendo “poesía versus dinero” alimenta el consabido dilema entre las filosofías del ser y el tener. Si digo que la poesía es rentable no es porque aspire a usurparle territorios de bienestar al pragmatismo sino para atraer a los pragmáticos a esa otra zona de ganancias que tantas veces pierden de vista halados por la tiranía de los objetos.

Es cierto, la poesía no llena bolsillos (salvo excepciones) pero genera bienestar. En mi caso específico, durante décadas viví para ella, y hace apenas una década todo lo que escribo (que no siempre es poesía) me permite vivir. Los primeros honorarios que recibí en mi vida ascendían a 8.40 pesos y los cobré en 1980 por un poema publicado en una antología de talleres literarios en la que me cotizaron a 0.40 el verso. Recuerdo que enmarqué el cheque, porque le atribuí magnitudes simbólicas. Así lo mantuve durante años, hasta que se puso demasiado achacoso y desleído y, más que un símbolo, parecía un canto a la condición miserable del poeta. Entonces lo saqué de su encierro y ya ni sé si existe o fue devorado por el implacable devenir, o por la desidia.

Con el tiempo alcancé mejores tarifas, pero estas nunca condicionaron mi entrega, no solo a la creación sino también a la lectura (digamos la aventura) de la poesía. Y curiosamente, cada día valoro mejor la más pobre: esa de los bardos populares. Consumo en grandes cantidades suculentas décimas olvidadas por donde desfilan, bañadas de ingenuidad, todas las glorias y excesos de la historia del arte.

Bastarían, quizás, estos ejemplos: del tan mal visto premio 26 de Julio en décimas de la década del setenta, me sobrecoge la vivacidad plástica (graciosamente tremendista en un caso) de dos espinelas:

Del libro Estampas en blanco y negro (Premio 1973) de Bernardo Cárdenas:

Me gusta ver cuando toma

la tarde un color trigueño

pasar pintona de sueño

la flecha de una paloma.

Y observar desde la loma

el sol –enorme diadema–

a las seis, cuando no quema

y da, allá en el infinito

la impresión de un huevo frito

que muestra solo la yema [4].

De libro Recordando, comparando (Premio 1976) de Pablo Marrero Cabello:

He visto el río arrancar

lo árboles de la orilla

y llevar fango y arcilla

hasta el corazón del mar.

He visto el río temblar

con furias de terremoto

cuando por un alboroto

de ciclón y lluvia nueva

sobre las espaldas lleva

los huesos de un puente roto.[5]

 Aclaro que mi preferencia por este tipo de composiciones no implica que desdeñe las joyas de los que consideramos clásicos, bien sean románticos, surrealistas, vanguardistas, trascendentalistas, coloquiales o del Siglo de Oro; ni las de quienes ahora mismo emergen a la vida literaria con propuestas experimentales y de mayor complejidad discursiva. Pero ya que hablamos de valores, aseguro que si tuviera que pagar, estaría dispuesto a desembolsar, por alguna de esas décimas, lo mismo que por cualquier otro libro.

Con el dinero se construye, pero también se destruye. El dinero se autoconsume: un peso comido por la polilla pierde todo su valor, pero un poema igualmente depauperado, como no depende del soporte material, sigue valiendo lo mismo, y muchas veces más. La buena poesía transita intacta por el tiempo, y aunque este es tan relativo que en sus oscilaciones por momentos la sepulta para luego rescatarla, sus valores se equiparan cuando confirmamos que ambos comparten (aquel como dueño y esta como beneficiaria) la misma cuota de eternidad.

Santa Clara, 25 de octubre de 2017

Notas:
 
[1] Samuel Feijóo: «Beth-el», en Ser fiel (Edición definitiva 1948-1962); Editora del Consejo Nacional de Universidades, Universidad Central de Las Villas, 1964, Santa Clara, Cuba, p. 19.
[2] Samuel Feijóo: «Valores fieles» en El pensador silvestre; Editorial Letras Cubanas, 2007, La Habana; ISBN 978-959-10-1173-2, p 92.
[3] Gonzalo Rojas: «El dinero», en Contra la muerte y otras visiones, Fondo editorial Casa de las Américas, 2007, La Habana; ISBN 978-959-260-231-1, pp. 232-233.
[4] Bernardo Cárdenas Ríos: «Sencillas» en Estampas en blanco y negro, Editorial Arte y Literatura, 1974, La Habana, p. 77.
[5] .Pablo Marrero Cabello: «El río» en Recordando, comparando, incluido en el volumen Décimas, edición compartida con Amado Raúl García Gómez para el premio y primera mención del concurso 26 de julio de 1976, Editorial Arte y Literatura, 1977, La Habana, p.35.