La ópera de los malandros

A los cubanos no les es ajena la actualidad brasileña. Si no fuera por la tragedia que representaría la consumación de un golpe de estado como el que pretende derrocar a una presidenta legitimada por la voluntad popular, cabría calificar la maniobra urdida contra Dilma Rousseff como una burda y pésima chanchada. 

El guión del impeachment —hasta hubo que apelar a una palabra ajena a la cultura idiomática lusobrasileña— rezuma los peores tópicos de una ópera bufa. Acusadores acusados, cazadores cazados en una trama de corrupción que los ha llevado a la desesperación.

Politiqueros que se hacen pasar por políticos, personajillos que medran al amparo de ciertos poderes, lobos disfrazados de corderos. 
Yo estaba en Brasilia en diciembre del año pasado cuando comenzó a moverse la maquinaria del impedimento contra la Presidenta. Para quienes asistíamos a un foro sobre el Decenio Internacional de los Afrodescendientes, nos pareció un despropósito la jugada, pero no imaginamos que las cosas llegaran tan lejos.

Advertimos la turbiedad de los manejos de Eduardo Cunha. Las miserias de este personaje salieron a la luz. No es la izquierda la que ha aportado el dato, sino las autoridades suizas: el suspendido Presidente de la Cámara de Diputados guarda cinco millones de dólares en cuentas secretas en bancos de ese país. Perjura acerca de que esos dineros provienen de fondos de inversión que él no controlaba. Cunha debería leer mejor la Biblia que tanto gusta citar y verse en el espejo de los mercaderes expulsados del templo por Jesús.

Nunca se ha visto en este mundo a un mandatario interino que de golpe y porrazo, luego de actuar como segundo de la fórmula presidencial, pretenda hacer tabula rasa de las pautas de su predecesora. Es tanta la voracidad de Michel Temer que se ha creído el presidente real de todos los brasileños, cuando no es más que un advenedizo, rodeado de oligarcas, oportunistas y  corruptos. Un dato revelador: el 30% de su equipo está investigado por corrupción, el 70% tienen un total de 250 000 hectáreas de tierra y un tercio es propietario de diversos medios de comunicación.

A duras penas Temer reconoció su propia imagen política disminuida al enterarse, a menos de un mes de su amañada ascensión, que solo un 2% de la población votaría por él en las urnas, mientras un 60% pide su renuncia.

Agnese Marra, corresponsal del semanario uruguayo Brecha, en Sao Paulo, dibujó a Temer con una imagen a tomar en cuenta: un tipo frío, sibilino, anodino, que apenas cambia el gesto y que no suele decir lo que piensa. Aseguran que ni siquiera es seguidor de algún equipo de fútbol, un hecho que en Brasil se entiende como algo poco menos que sospechoso.

Un notable escritor latinoamericano, el nicaragüense Sergio Ramírez, ha comparado la puesta en escena de los enemigos de Dilma, el Partido de los Trabajadores y las grandes mayorías brasileñas, con La ópera del malandro, renombrada obra dramática musical de Chico Buarque. Ramírez, como se sabe, está libre de toda sospecha de ser afín a la izquierda radical. Después de su cercanía al sandinismo en los años de la insurrección contra Somoza, escoró inexorablemente hacia el antisandinismo. Pero como tiene ojos para ver y mente para discernir, describió el espectáculo golpista con estas palabras: “Un alegre y ruidoso escenario de vodevil. Hay en las cámaras 28 partidos políticos, que los electores no saben distinguir porque tienen nombres muy parecidos, entre los que se repite la denominación ‘cristiano’, pues no pocos son apéndices de sectas religiosas. El payaso Tiririca ganó su asiento de diputado con bastante más de un millón de votos, y su mensaje electoral fue simple: ‘¿Qué hace un diputado? La verdad no lo sé, pero si votas por mí, te lo diré’. La sesión donde se desaforó a la presidenta Rousseff fue un reality show insuperable, transmitida en vivo y seguida como si fuera un partido de futbol en los hogares, plazas y bares, cada voto de los diputados cantado a viva voz, en versos rimados o en prosa, y dedicado a ‘la familia cuadrangular’, a la secta evangélica de pertenencia, a la madre querida, al hijo por nacer, al cumpleaños de la tía solterona. Y a los torturadores del tiempo de la dictadura”.

No es poco lo que está en juego. Dilma lo ha dicho alto y claro: “Este golpe tiene dos motivos: detener la investigación del caso Lava Jato e impedir que continúen las políticas de inclusión social”. A lo que cabría añadir: retrotraer a Brasil a épocas pasadas, cuando por obra y gracia de la oligarquía local era una de las piezas mimadas del imperialismo. 

Ante tal estado de cosas, en Cuba muchos hemos recordado, sin embargo, otra canción de Chico Buarque que hizo época allá y aquí: “A pesar de usted mañana será otro día”. En la construcción de ese nuevo mañana los brasileños no están solos.