La Omara que conozco
Fotos: Tomadas de Internet
 

Escuche su nombre por vez primera a comienzos de los años 70 del siglo XX, fue en un programa de la emisora Radio Internacional y para mis recién estrenados siete años me sorprendió tanta dulzura en una voz. Por aquel entonces la radio y el tocadiscos eran los medios que nos acercaban a la música de nuestros intérpretes favoritos. Era la única artista no norteamericana que pasaban en el programa Now; tal vez uno de los más escuchados en aquel entonces.

Todos la conocían, aunque el grueso de las simpatías favorecía a Elena Burke, a la que solo ella pudo sustituir en el cuarteto de Orlando de la Rosa como voz segunda. Y es que Omara tiene una de esas voces que te hablan al oído desde lo lejos. Es una voz agradecible.

Pero eso no importaba. Elena era el total desenfado, Omara era —debo decir es— “la aristocrática mulatez del canto”, incluso desde la época en que cantaba sones y guarachas como parte de la Orquesta Anacaona.

Sin embargo, existía un antes en la carrera de Omara. Estuvo su paso como parte del grupo Loquibambia; el mismo que según palabras de Frank Emilio Flynn “…fue una dulce locura sonora…”; pero aquella aventura fue su primer gran paso por el filin. Nadie como ella para cantar las canciones de Tania Castellanos, de José Antonio o las difíciles armonizaciones de Cesar Portillo de la Luz. Alguien dijo que Omara era la “novia del filin” y no se equivocó.

Cantar y bailar han sido parte de su vida. Entonces una vez se le vio como parte de “Las mulatas de fuego”; la formación femenina más trascedente dentro del mundo del espectáculo en toda la historia de Cuba; después bailó con Rolando, bajo las luces del Cabaret Tropicana. El mismo Tropicana donde durante muchos años hizo el segundo show toda vestida de blanco; aunque para ese entonces Rodney era una leyenda y Santiago Alfonso llevaba las riendas del cabaret más famoso de Cuba.

Después vendría la gran aventura musical con Aida Diestro, “la gorda”, y el mejor cuarteto vocal femenino que ha existido en toda la historia de la música de esta Isla. Omara, Elena, “La mora” y Haydée Portuondo, su hermana, de quien se dice poseía una voz deslumbrante. Pocas personas logran superar el embrujo que les provoca la versión del tema “Profecía” de Adolfo Guzmán, cantado a capella y con una armonización en las voces que no se ha vuelto a repetir en la música cubana. Y así llegamos a “La era”.

Cantó “La era”; un tema de Silvio Rodríguez. Cantó a capella. En ese entonces pocas personas entendían qué era la Nueva Trova —conceptualmente— pero en el habla cotidiana era común escuchar a cualquier transeúnte decir que  “…estaba matando canallas…”, cuando quería referirse a algún hecho o acontecimiento relevante, tanto personal como social.

La Nueva Trova fue ascendiendo en el gusto de los cubanos y por momentos su voz regresaba. Esta vez era aquellos de  “…andes lo que andes… ándate por los Andes… caminante…”; no tan popular como su versión de la canción de Silvio. Así llegan un día las canciones del regreso de Alberto Vera y Omara pone de moda en Cuba aquello de “… lo que me queda por vivir…”, que saltó de la canción a la vida cotidiana y por segunda vez volvía a estar en boca de todos.

Los años 80 avanzan y Alberto Vera escribe la canción de la nostalgia y reúne nuevamente en un estudio a Omara, a Elena y a La Mora. Recuento de la vida de tres mujeres que inspiraron sueños a compositores, que provocaron divisiones familiares en cuanto al preferir a una cantante, o intérprete, según el caso.

Alguien tiene la hermosa idea de hacer un documental sobre Omara y entonces algunos comienzan a amarla, sobre todo por aquello de que es cubana… y pide al guajiro de su bohío que no la olvide. Pero vuelve ella a la carga y pone de moda nuevamente temas difíciles de Cesar Portillo, sobre todo “Canción de un festival”. Y pocos lo recuerdan pero da un concierto donde se hace acompañar por la orquesta Aragón.

Omara se silencia a comienzos de los 90. Su voz es grande y hermosa aún pero es una mujer de años. Aparecen nuevas cantantes, pero ninguna le alcanza en estatura y en humildad. Algún que otro trasnochado piensa que su sus 15 minutos de fama quedaron para los libros de Historia.

Los epatantes de moda ni siquiera la miran, ella parece no existir hasta que nuevamente despliega sus alas y el mundo se rinde a sus pies. Le llaman la “diva del Buenavista Social Club”. Voto a su favor y suscribo que regresó con la fuerza de un huracán.

Volvió cantando aquella canción que la que sus padres se enamoraron y la convirtieron en fruto de su amor; “Veinte años”. Y entonces aparecieron los fanáticos de café con leche y los trasnochados —unos más, otros menos—buscaron su voz y su tiempo.

Ella es el símbolo de una historia musical. Ella es la música en persona, pero sabe que indefectiblemente el tiempo está en su contra; la vida puede jugar una mala pasada y no se detiene en su pasión por cantar y esa pasión le ha llevado a dejar testimonio de su voz y de su capacidad para asumir cuanto estilo le sea posible. Por tal motivo se le vuelve a escuchar acompañada de Martín Rojas —en viejas grabaciones—; o permitiéndose el placer que Rolando Luna o Roberto Fonseca o Harold López-Nussa; hoy por hoy tres de los mejores pianistas jóvenes cubanos—se turnen para acompañarla.

Me sigue asombrando su voz, sólida e inamovible y me sonrío cuando le veo llegar al escenario, donde deja la vida y sonreír a todos los presentes, no importa si es la primera vez que se cruzan sus miradas.

La Omara que yo conozco, ya no canta “La era”; en Cuba nadie mata ya canallas; sin embargo todos la siguen amando y esperan con gozo otros 20 años de su voz.